Estafa

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Nada como pasar un ligero catarro que te obligue a quedarte en casa, tumbado en el sofá frente al televisor para agitar la conciencia social, cabrearte y, si la fiebre no te lo impide, armarte de lo que sea y salir a la calle a protestar, a destruir esquemas y lo que se tercie, o a buscar qué hacer y cómo hacer para librarse de tanto delincuente como abunda por este país.

Y no me refiero a lo que comúnmente se llama delincuente. No me refiero a ese ochenta y muchos por ciento que supone la población reclusa condenada por “tráfico de drogas”, aunque en realidad se trate de pobres mulos y mulas de carga o gente que se ha visto abocada al menudeo, porque la Ley condena el consumo de estupefacientes, aunque permita el de estupefacientes legales – con patente multinacional de esos comerciantes del dolor que son las farmaceúticas– y por supuesto, el enriquecimiento de bancas y empresas de usura que ven aumentar su capital con ese comercio ilegítimo –para algunos-, pero siempre rentable.

Ni tampoco hablo de los miles de inmigrantes hacinados en los CIES, auténticos campos de concentración inventados para reprimir ese gran delito llamado hambre y que obliga a los mejores habitantes del mundo que está más al sur de los mundos, a los más fuertes y más preparados, a abandonar casa y familia para intentar quitársela de encima viajando a este otro mundo, el rico, construido a partir del saqueo de sus bienes.

Ni de los que creyeron que la riqueza creada con su trabajo iba a ser repartida, que su silencio y barriga llena no iba a pasarles factura; que un montón de ladrillos en el aire, un piso, y un coche recién estrenado les igualaba a los patronos, pero que ahora se ven despojados de todo, arrojados a la calle, endeudados de por vida y como tal, ilegales.

Hablo de esos obscenos cargos públicos cuya única bandera es la avaricia; usando tarjetas negras, firmando facturas indecentes, cambiando favores por bienes comunes, cobrando sueldos astronómicos y sobresueldos aún mayores, permitiendo desmanes de todo tipo con tal de tener más, con tal de asegurarse un puesto en el olimpo del capitalismo.

Son ellos contra los que ahora se ha desatado la ira y, desgraciadamente, los que incitan a crear chanzas en vez de a construir guillotinas. Para ellos el clamor popular pide cárcel. Con gesto adusto, sus antiguos compinches, hacen acto de contrición y dicen que la corrupción es una lacra a extirpar, que se avergüenzan, que tomarán medidas, bla, bla, bla…

Pero ¿y el dinero acumulado a nuestra costa?, ¿el que han robado, a veces mediante trucos contables, a veces a las claras, sin pudor alguno?, ¿ese dónde está? ¿No debía repartirse entre todos nosotros, víctimas de sus delitos, a partes iguales? Pues no. Ese botín pasará a aumentar las arcas de la misma banca que ha amparado sus robos para así, aumentando sus tentáculos, poder seguir robándonos.

¿Y todos esos jueces, presidentes, consejeros, inspectores, policías, periodistas, intelectuales, diputados y demás personal que no sólo sabían del inmenso desfalco, sino que además participaban de sus migajas? ¿No son también ellos cómplices? ¿O es que solo han pillado a una parte de la banda? ¿Cómo el rey, cualquiera de los cuatro que tenemos, habla de honestidad, si ha compartido con todos mesa y mantel? Aún suponiendo su inocencia, hay algo que no podríamos obviar. Si no lo sabían, si es que no se habían percatado de tamaña estafa, entonces sólo queda una cosa, entonces es que son química y puramente estúpidos.

Y entonces, ¿en qué estamos pensando al seguir manteniendo a una legión de estúpidos?

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