Es tan infrecuente que no podemos resistirnos a comentar la buena noticia que ha deparado la taquilla de las películas españolas en el mes de septiembre: nada menos que situarse en torno al 24% de cuota de pantalla. El fin de semana del 7 de octubre, incluso, se alcanzó un espectacular 67%, resultado histórico del que casi no se tiene memoria. Tres han sido los filmes que han seguido la senda que en los últimos tiempos había marcado Ocho apellidos vascos (recordemos que el filme de Emilio Martínez Lázaro superó todos los registros de recaudación con más de 53 millones de euros): Torrente 5 (Santiago Segura) superaba el millón de espectadores, La isla mínima (Alberto Rodríguez) llegaba a los 700.000 cuando entregamos este artículo y El niño (Daniel Monzón) sumaba 2,3 millones de espectadores; obviamente, con plazos diferentes desde los respectivos estrenos. Especialmente significativo el caso del título dirigido por Alberto Rodríguez porque sus dimensiones de producción e inversión publicitaria son mucho más modestas que las de los otros dos, y también porque sus características lo hacen a priori mucho menos comercial. En Mundo Obrero ya hemos glosado las virtudes de esta película (con sus distintas capas de lectura, entre las cuales florece una metáfora subterránea de los equilibrios dialécticos entre pasado y presente de la etapa de la transición política española agazapada bajo las tortuosas relaciones que mantienen el policía de pasado franquista y el joven comisario que pretende respetar las reglas del nuevo orden democrático), que hemos calificado de obra maestra. Junto a ella la comedia del casposo Torrente, mucho más valiosa como apunte sociológico y como objeto de recreo que como obra cinematográfica, y la resultona, pero liviana, aventura de un pícaro al que engulle el cenagal del narcotráfico en el Estrecho, conforman un trío que abarca un amplio espectro; al que previsiblemente vendrían a sumarse de manera inmediata la ganadora del Festival de San Sebastián, Magical Girl, de Carlos Vermut (aún menos comercial que las anteriores, aunque no puedo entrar en detalles porque aún no he podido verla) e incluso Relatos salvajes, que hemos comentado también aquí, coproducción hispanoargentina que ha batido los récords de taquilla en el país austral y bien podría tener un recorrido similar en nuestro país.
Es curioso que cuando peor es la coyuntura políticoeconómica, cuando peor es la situación desde el punto de vista industrial, favorecida por la tradicional inquina de la derecha gobernante hacia un sector al que identifica como infectado por el enemigo, se produzca el pequeño milagro que comentamos inyectando una bocanada de optimismo en el mercado. Naturalmente, sería insensato creer que se trata con seguridad del comienzo de una etapa nueva, que por fin se está consiguiendo desterrar los prejuicios arraigados en muchos espectadores en contra del cine español, y que ya no se repetirán los fines de semana en que ninguna película producida en España entra en algún puesto digno en la lista de las diez más taquilleras, pues lo más probable es que al buen tiempo le sucedan los días grises. Pero el optimismo fundado en hechos positivos es oxígeno para la voluntad de resistencia y perseverancia. Si algo se demuestra una vez más con las cifras aquí apuntadas es que no son el talento y las ganas lo que faltan (“lo que hacen falta son las buenas películas, señorías”, dijo el impresentable ministro de Hacienda y Administraciones públicas, señor Montoro, en el Parlamento insinuando que el cine español era malo de por sí) y que con un biotopo más favorable nuestro cine podría alcanzar algún día a superar de una vez por todas la maldición de las Conversaciones de Salamanca, aquella sentencia de triste memoria con la que Juan Antonio Bardem realizaba en mayo de 1955 una foto fija que se ha ido corrigiendo en cada uno de sus términos: “políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo, industrialmente raquítico”. Hoy en términos generales la asignatura pendiente es la referida al último apartado. Del próximo gobierno, que nos saque de la noche oscura del PP, se espera (entre tantas otras cosas por rehacer) que siente los cimientos para superarla.
RECOMENDACIONES
PERDIDA. David Fincher, 2014. Tan tramposa como The Game (D.Fincher, 1997), tan resultona y agradable de seguir –y de dejarse engatusar- y tan floja y anticlimática en el desenlace como aquélla. Lo más interesante, el vitriólico retrato de la sociedad norteamericana.
MAP TO THE STARS. David Cronenberg, 2014. Brillante y fría como un escalpelo que penetra en los tejidos corruptos, envueltos en oropel, de la industria. Al estilo de El juego de Hollywood, tan mordaz e incluso tan sangrante como Robert Altman (1992).
MI VIDA AHORA. Kevin McDonald, 2013. Un cuento de hadas antibelicista. El azúcar y el vinagre combinados, un camino de iniciación que bruscamente se ve interrumpido por el estallido de la guerra (la tercera mundial).
CUANDO DESPIERTA LA BESTIA. Jonas Alexander Arnby, 2014. Una historia con cierto parecido a Déjame entrar (Thomas Alfredson, 2008), pero con mujeres lobo, en lugar de vampiras. Semejante ritmo, pausado, semejante aspiración poética para hablar de la soledad del monstruo, semejante resolución, el amor puede con todo, semejante tono…







