La desregulación económica, la peor arma de destrucción masiva

La bolsa de Chicago, el paradigma de la especulación sobre alimentos, es responsable de miles de muertes por hambre.

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En la historia de la humanidad determinadas decisiones políticas han desencadenado consecuencias catastróficas para la civilización al igual que otras derivaron en avances importantes en el bienestar y felicidad de las personas.

Así, en la Segunda Revolución Industrial (1873-1914), las potencias industriales acordaron expandirse hacia territorios de África y Asia sometiendo a los pueblos indígenas para saquear sus materias primas y colonizar millones de hectáreas, con el objetivo de garantizar la acumulación del capital de los grandes monopolios y de la banca.

Las decisiones políticas de aquella época en Inglaterra, Francia, Alemania, Bélgica o Italia al optar por políticas coloniales tuvieron repercusiones muy negativas muy lejos del centro de la decisión de las metrópolis, en Singapur, el Cabo, China, Indochina.

Asia, África y Oceanía fueron sometidas, expoliadas y empobrecidas. Millones de seres humanos fueron esclavizados a sangre y fuego en las colonias, mientras que la clase obrera europea a duras penas conseguía avances significativos en sus condiciones laborales y salariales.

Hoy, la Humanidad es incapaz de librarse del azote de la guerra, de la enfermedad, del hambre, de la pobreza y desigualdad no porque no exista capacidad económica y científica para garantizar la felicidad de las personas, sino por la firme decisión de las élites económicas de globalizar la economía sin globalizar los derechos humanos, garantizándose así una acumulación de capital, que se convierte a su vez en una acumulación del poder y decisión.

Actualmente 25 personas acumulan la misma riqueza que 1.086 millones de habitantes de los países más pobres, el equivalente al PIB de los 53 países más empobrecidos del planeta.
En la evolución y desarrollo del capitalismo las formas de dominio, de búsqueda de su hegemonía han variado.

Desde los 80 del pasado siglo, las élites dominantes, expresión de las oligarquías económico-financieras, entendieron que el dominio, el poder, la explotación se debería hacer sobre la base de la desregulación completa de la actividad económica-financiera.

La desregulación de los mercados, la liberalización del comercio internacional, las privatizaciones del sector público, la disciplina presupuestaria, la liberalización financiera, las reformas impositivas, concretaba en 1989 What Washington Means by Policy Reform (lo que Washington quiere decir por políticas de reformas). Y se pusieron a ello.

Esa decisión política necesitaba trasladarse a las fuerzas políticas y sociales, que actúan como gerentes del capitalismo en su actual fase de desarrollo en el conjunto del planeta para garantizarse una hegemonía, para legitimar la visión del mundo desde la no-intervención pública de la economía.
Desde entonces, en los países más industrializados, salvo alguna excepción, la desregulación es hoy una realidad y en nuestro entorno, en la Unión Europea, se convirtió en el pilar fundamental, que sostiene toda la arquitectura económica, financiera y social de la Unión.

Las consecuencias derivadas de esa opción política están siendo calamitosas para la condición humana, para la vida y la sostenibilidad del planeta.

El triunfo de la economía sobre la política, de la oligarquía sobre la democracia conduce inexorablemente a un retroceso sin precedentes de los derechos de las personas, de su calidad de vida, del trabajo, en los países más desarrollados como en los empobrecidos.

La desregulación ha “contaminado” al conjunto de relaciones internacionales (económicas, políticas, sociales), y ha afectado al propio cumplimiento de la Carta de Naciones Unidas en una de sus materias más sensibles como es la reglamentación del uso de la fuerza de los Estados para dirimir conflictos.

Hoy, es ya habitual que un Estado o grupos de Estados, actúen militarmente en cualquier parte del mundo sin la autorización expresa del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Las 70.000 muertes diarias por vivir en condiciones de insalubridad hay que anotarlas en el balance de la desregulación.

La Bolsa de Chicago, el paradigma de la especulación sobre alimentos, es responsable de miles de muertes por hambre.

Pero, en nuestro entorno, la desregulación se está llevando por delante a los salarios, pensiones, servicios públicos, empleo, vivienda.

El reciente caso de contaminación del virus del Ebola es una expresión concreta y trágica de las consecuencias de la desregulación.

El primer brote de infección por virus del ébola ocurrió en 1976 a orillas del río Ébola en la República Democrática del Congo y por tanto, en estos 40 años transcurridos, los organismos sanitarios internacionales han tenido tiempo suficiente para estudiar el comportamiento de esta enfermedad y de implantar medidas para la mejora del sistema sanitario en África.

Desgraciadamente, por encima de las personas enfermas africanas está el negocio de la salud y de las industrias farmacéuticas en cuyo horizonte sólo se contempla convertir la enfermedad en un negocio.

Lo que impide que el continente Africano cuente con un sistema sanitario básico, que incluya a toda la población para controlar la infección del virus del ébola, de la hepatitis, del VIH o de la malaria, la mortandad infantil y materna; lo que impide mejorar las condiciones de vida y el desarrollo económico africano es precisamente la no intervención pública de la economía, el aumento sustancial en cooperación y el intercambio de mercancías sobre la base del respeto a los derechos humanos.

Sí, hoy, la desregulación se ha convertido en la principal arma de destrucción masiva.

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