La alquimia del soul, jazz y blues

A la memoria de Horace Silver y Gerry Goffin

No son pocos los que lo han intentado y sí escasos los que han obtenido un resultado satisfactorio. La transmutación maravillosa e increíble (segunda acepción de ‘alquimia’) de unos estilos musicales en sí definidos en una nueva mezcla de la que brota la “espiritualidad del soul, la intensidad del blues y la estética del jazz”. Tal entrecomillado no se me ha ocurrido a mí, sino que figura en el libreto del nuevo disco de Natalia M. King, con el acertado título ‘Soulblazz’ (soul+blues+jazz). Es una mujer con raíces francesas y estadounidenses, que tiene en su haber su triple faceta de cantante, compositora y guitarrista. Es loable el intento, máxime cuando no tira de repertorio clásico para hacer versiones, sino que firma todos los cortes excepto dos. La grabación es muy atractiva en la faceta instrumental. Suena de maravilla; los arreglos y solos instrumentales muy soul brillan a gran altura con acompañamientos de piano muy jazzy y unos tempos rítmicos en la bancada del blues. Quiero decir, que me encanta todo lo que en el disco es instrumental. No tanto el lado vocal, porque aquí la cuestión es mucho más delicada.

En la voz no hay posibilidad de mezclas como con los instrumentos. O suena a blues, o es soul o es jazz. Natalia M. King se ha inclinado principalmente por la tesitura jazzística y eso son palabras mayores. Mi sensación es que ha optado por el bando equivocado, porque suena con más garra en las escasas piezas en las que se va al blues o se arropa con coros para dotar al tema de una textura soul. Es ésta una cuestión interesante que me lleva a recuperar algunos títulos de archivo cuya senda indaga en esta fusión.

El primer nombre, con letras de oro, es Nina Simone. Ella era todo exuberancia en la voz mientras deslizaba las manos por un piano que destilaba el aroma del primer jazz. Pero es que cuando cantaba en la modalidad blues ya era la repera. En ella había pasión, espiritualidad, ternura, rabia. Era una voz perfecta y a tal grado sólo llegan unos pocos. Otra de las voces que se movió entre el blues y soul (también el rock) fue la de Janis Joplin, a quien se encasilla con excesiva ligereza en el marco de una música hippie de finales de los sesenta. Cómo olvidar cantando una versión inolvidable del ‘Summertime’ de los hermanos Gershwin. Es casi irreconocible y uno cree que las cuerdas vocales de Janis Joplin se van a romper. Convierte una nana en un grito lacerante, al contrario de ‘Little girl blue’ donde el blues se esconde tras una interpretación suave de nana hasta un punto conmovedor.

Pero si he de quedarme con un disco en el que la alquimia del soul, jazz y blues es perfecta elijo ‘Soul to Jazz II’, del baterista Bernard Purdie, mejor en todo respecto al primer volumen de esta serie. Este hombre estuvo al servicio de grandes del soul como King Curtis o Aretha Franklin, espoleado en las sesiones de grabación del sello Atlantic. Por tanto, versado en el soul, el blues y el funky. Para este disco escogió varios títulos y a grandes músicos (Stanley Turrentine, Hank Crawford, Vincent Herring, Junior Mance, Cornell Dupree, etc.) y registró una obra maestra, esta vez sí con la espiritualidad del soul, la intensidad del blues y la estética del jazz, a lo que añadió un ritmo funky en algunos temas. Con el tema de apertura, ‘Motherless Child’ paraliza los sentidos y, a partir de ahí, ya tiene el campo libre para hacerte disfrutar con un ritmo envolvente imposible de esquivar.

Confieso que he usado este disco cada vez que alguien me decía que no le gustaba el jazz. Algo de trampa tiene, pero no se lo digas a nadie.

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