“Qué vamos a hacer con tanto / tratado del alto cielo. / Ayúdame, Valentina / ya que tú volaste lejos / diles de una vez por todas / que arriba no hay tal mansión; / mañana la ha de fundar / el hombre con su razón / mamita mía, con su razón”.
(‘Ayúdame, Valentina’, Violeta Parra – Isabel Parra)
Tengo el “extraño” vicio de interesarme por las sedes del PCE/IU, supongo que es una manía como otra cualquiera que, a fin de cuentas, tendrá mucho que ver con los años, las vivencias, las emociones, los recuerdos… Las paredes –sobre todo las paredes- de estos lugares son espacios donde quedan reflejados la sucesión de aconteceres político/sociales, así como los rostros de aquellos compañeros y compañeras que los forjaron.
Visitar las sedes es un ejercicio que recomiendo por lo bien que le sienta a la memoria –tan perjudicada a veces por el hoy por hoy-, y por la cura de humildad de incorpora, pues te conduce directo a la –para algunos- traumática sensación de ser muy poquita cosa o, dicho de una manera menos áspera, de formar parte de un todo, lo mismo que en ‘Los patos’ de Galeano: “Cuando se cansa el pato que hace punta, baja a la cola de la bandada y deja su lugar a otro pato (…) Y cuando alguno, exhausto, se queda en el camino, dos patos se salen del grupo y lo acompañan y esperan, hasta que se recupera o cae”.
Vienen estas notas a colación de una visita que hice a la sede del PCE/IU de Laviana, en la muy asturiana y minera cuenca del río Nalón. Allí, por ejemplo, destaca la cuidada presencia de unos cuadros que recogen todas las candidaturas municipales desde las primeras elecciones allá por 1979. Otra serie de paneles recogen testimonios gráficos de la actividad guerrillera –muy intensa en aquella zona- y, de forma especial, de Manolín el de Llorío, el llamado ‘último guerrillero de Asturias’. Mundo Obrero también está presente con un poster muy poco frecuente, aunque la factura de su diseño es de una calidad realmente destacable: se trata de un niño que escucha a través de sus cascos el sonido que anuncia el como la “la voz de la izquierda”.
No obstante, lo que más me llamó la atención en aquel rincón asturiano fue la presencia de un cuadro con una gran fotografía que reproduce el rostro de Valentina Tereshkova, una ingeniera y cosmonauta rusa, a la postre, primera mujer que viajó al espacio exterior, el 16 de junio de 1963 a bordo de la nave Vostok 6… La pregunta era obvia: ¿quién colgó ahí ese cuadro?, ¿por qué motivo ese alguien consideró interesante mantener a Tereshkova entre sus recuerdos e iconos más queridos? Nadie de las personas a quienes pregunté me dio pistas sobre la voluntad y la intencionalidad que materializaron aquella presencia espacial…
En un apretado resumen… El 16 de junio de 1963, Chaika (gaviota, en castellano) volaba más alto de lo que ninguna otra mujer lo había hecho jamás. Valentina Tereshkova (Chaika era su alias en la misión) se convertía en la primera mujer cosmonauta en la historia al pasar 2 días, 23 horas y 12 minutos orbitando la tierra a bordo de la nave Vostok 6. Tenía 26 años. En los Estados Unidos no hubo una mujer astronauta hasta 1983, cuando Sally Ride salió al espacio a bordo del transbordador Challenger.
Tereskova, experta paracaidista, fue seleccionada de entre más de 400 candidatas para formar parte de la carrera espacial soviética, que ya había logrado poner al primer hombre en el espacio (Yuri Gagarin, 12 de abril de 1961). Tras la misión espacial estudiaría en la Academia de la Fuerza Aérea de Zhukovski, y se graduó como ingeniera espacial en 1969. En 1977 recibió el doctorado en ingeniería. Debido a su prominencia desempeñó diversos cargos políticos: de 1966 a 1974 fue miembro del Soviet Supremo, de 1974 a 1989 formó parte del Presidium del Soviet Supremo, y de 1969 a 1991 perteneció al Comité Central del Partido Comunista. En 1997 se retiró de la fuerza aérea y del cuerpo de cosmonautas.
Sin duda, quien alzó y puso a Valentina Tereshkova en la sede de Laviana era admirador y valoraba los logros del programa espacial de la URSS, emblema de un cambio que en apenas cincuenta años pasó de la edad media al espacio… Todo ello me trae a la memoria un cuento de O. Henry, titulado ‘La habitación amueblada’: “Tal como ocurre con las palabras cruzadas que se van descifrando, los pequeños indicios que la procesión de huéspedes habían dejado en el cuarto amueblado revelaron, uno tras otro, algún significado”.








