Obra: La fiebre.
Autor: Wallace Shawn; versión de Israel Elejalde y Carlos Aladro.
Producción: Israel Elejalde, Teatro en Tránsito y Kamikaze producciones.
Ficha: Israel Elejalde y Alba Celma (Cello).
Director: Carlos Aladro.
Hace más de dos décadas, el conocido actor Wallace Shawn escribió este monólogo habilitado para ser representado por un actor, o por varios según las posibilidades, que concentra su atención analítica en un descubrimiento que pasa desapercibido en nuestras vidas, y que sólo el encuentro con los otros, con los desposeídos, estando en la tierra de los nadie, puede señalar acusadoramente: nuestra enferma disposición colonial. Un turista encerrado en una habitación de un hotel rodeado de miseria. La queja de no estar en su país, sino de estar en uno pobre “donde no se habla mi idioma” se multiplica. Se sucede así un monólogo situacional que se desplaza, por la excelente dramaturgia de Shawn, a existencial. Este aspecto no les ha interesado, y es una lástima, ni a los productores ni a la dirección de esta nueva versión castellana de una obra que ya conocíamos por la excelente producción e interpretación hecha por Pilar Massa hace unos años.
Pensado en su momento para hacerse en casas, de hecho es ahí donde se pone a rodar hasta llegar en 2007 a Broadway, tal vez por eso la puesta en escena de Aladro es tan sencilla: un sillón con una lámpara, una taza de café, una vela, y –en otros dos espacios a ambos lados: en uno, una mujer toca el cello; en el otro, un micrófono desde el que parece desdoblarse. La funcionalidad de los rasgos no incrementa la significación sino una disposición a hacer pasar el texto. Una pantalla en la parte de atrás añade informaciones que a veces acompañan al monólogo, como cuando se explica el fetichismo de la mercancía por medio de la relación de un cliente de hotel de lujo y la camarera que le hace la habitación, y otras se limita a funcionar como productividad de signos verbales, auxiliando al montaje pero sin participar en su desarrollo dramático.
La puesta en escena, siguiendo al texto, nos presenta los devaneos de un individuo sufriente, la problemática típica del teatro burgués, que –sin embargo- se muestra como símbolo de una cultura muerta. Sus excesos de confianza en su posición social recuerdan a algunas de las frases que se dicen cada día, “tengo esto porque me lo merezco, me lo he ganado con el sudor de mi frente”, mientras que la obra nos ofrece su degradación humana, su ridículo sentido de la vida. La ironía brutal de Shawn se muestra más aquí con un humor de chiste.
El peso de la palabra que había en el original ha dejado paso aquí a una actuación arriesgada en la que se mezcla lo propio del individuo “encerrado”, su interpretación del mundo y una gesticulación y movimientos de “liberación” que no hacen sino hundir más al personaje en su conflicto moral. Lo serio y lo humorístico conviven para dosificar el veneno que la obra suministra hacia el espectador sumiso, que escucha los interesantes cuestionamientos que se hace el protagonista: “¿Qué cambia la vida de los pobres?” o “¿Es que todo el mundo se ha vuelto comunista de pronto menos yo?” Y el personaje se responde, pero siempre desde la individualidad, desde el yo que sufre porque no quiere renunciar a un bienestar que ya apreciamos espurio.
Apreciamos en este montaje la voluntad de trasladar a escena a un personaje insignificante que se revela como un gran carácter cuando habla sobre su “situación”, así como la determinación de abrir zonas de reflexión en torno a la relación de los occidentales medios con el resto del mundo.







