Existen tantos partidos disputándose el centro político que ya han rebasado los límites de ocupación y alguno de ellos, indudablemente, perderá el vuelo hacia la ansiada Moncloa. Sin embargo, al igual que en el overbooking de las compañías aéreas u hoteleras, la venta de más plazas de las disponibles ha sido planificada con el objetivo de asegurar el lleno. El actual panorama garantiza que las elecciones generales del próximo 20 de diciembre se conviertan en la fiesta de primera comunión de la llamada Segunda Transición.
Según la empresa demoscópica Metroscopia, en la batalla electoral se dirimirá la conquista del electorado que se sitúa en el “centro ideológico”, aquél que se correspondería con un 35% del electorado total: unos 11 millones de votantes con participación estimada del 77%. En la tradicional escala de 0 a 10, que va desde la extrema izquierda a la extrema derecha, respectivamente, la mayoría de votantes del PP se sitúa entre el 5 y el 7; el grueso de los votantes de Ciudadanos elige el 5; los votantes del PSOE se sitúan mayoritariamente en el 5 pero con tendencia al 4 y los de Podemos prefieren definirse en el 4. Por contra, los votantes de IU entrevistados prefieren demarcarse en el 3.
Para distinguir las churras de las merinas, es preciso diferenciar el centro ideológico del centro político. El centro ideológico es aquél donde se posiciona el ciudadano que ni se considera de izquierdas ni se considera de derechas, sino un poco de cada, que entre el sí y el no elige el “puede”, y entre el vino tinto y el blanco prefiere el clarete. El español normal, vamos. Hace unos años, el diario El Mundo impulsó un ambicioso estudio que pretendía emular el famoso informe Kinsey, aquél que por vez primera evaluó el comportamiento sexual de la mujeres y los hombres en EE.UU. El estudio español incluía miles de encuestas realizadas sobre los más variados asuntos relacionados con la sexualidad, incluyendo la opinión sobre el tamaño de los atributos sexuales patrios. ¿Considera usted el tamaño de su pene grande o pequeño?¿Cómo definiría el tamaño de sus pechos? ¿Son satisfactorias sus relaciones sexuales? La conclusión general del estudio fue un elogio a la normalidad. La mayoría aplastante de los entrevistados y entrevistadas consideraron que su pene, sus pechos, su trasero, sus testículos y sus relaciones sexuales, entre otros, eran normales. Pero normales, ¿en relación a quién y a qué? Una pregunta aplicable al centro ideológico: vale, el españolito medio es normal, ni de extrema derecha ni de extrema izquierda, normal, pero ¿comparado con qué y con quién?
Y en la respuesta a esta pregunta se encuentra el intríngulis del centro político, donde la normalidad opera en función de la indefinición ideológica, el tacticismo y el oportunismo electoral. El centro político es el éter donde confluyen aquellos que apelando a la responsabilidad de estado emiten un discurso orientado a la gente “normal”.
Pero el problema fundamental no es que los partidos que disputan el centro estén dispuestos a maquillar su discurso para conseguir votos, que se conviertan en puras máquinas electorales para conseguir el poder político. El problema de fondo es que el grueso de los partidos que se disputan el llamado voto de centro asumen el consenso político para alcanzar sus metas, y renuncian a posicionamientos ideológicos arrastrando al electorado hacia posiciones dóciles con el actual sistema. En otras palabras, transmiten socialmente que “lo normal” es asumir el sistema, con disparidad de criterios sobre cómo gestionarlo y renunciando a transformarlo. Así, no se cuestiona el modelo europeo, la pertenencia a la OTAN, la forma de gobierno o el modelo macroeconómico. Ciudadanos y PSOE, por ejemplo, se han apresurado a anunciar que no derogarán la contrarreforma laboral del PP en caso de alcanzar la Moncloa.
El overbooking en el centro era el objetivo primordial de la Primera Transición, del llamado consenso, y el bipartidismo era un efecto calculado para alcanzar dicha meta. De las filas del franquismo surgió el centrismo oficial y nominal en la figura de Unión de Centro Democrático (UCD), más tarde Centro Democrático y Social (CDS), liderado por Adolfo Suárez, el último Ministro Secretario general del Movimiento y primer Presidente del Gobierno tras la muerte del dictador. Manuel Fraga, el bañista de Palomares, lo expresaría claramente en 1981: “España necesita un sistema bipartidista polarizado hacia el centro y los países que han logrado instaurar un sistema así han triunfado hacia la democracia”.
Con los efectos demoledores de la crisis económica el centro había desaparecido del lenguaje político. Todo hijo de vecino era capaz de situar en un lado a los responsables del cataclismo y en el otro a las víctimas, y eso se llama análisis de clase. Por eso el centro ha resurgido de sus cenizas.
— Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?







