Cuando en el próximo julio se cumplan ochenta años del inicio de la Guerra civil española, su bibliografía es enriquecida cada año con estudios generales o sobre aspectos concretos de la misma, que completan las monografías clásicas, como las de Hugh Thomas, Pierre Vilar, P. Broué y E. Temine o los Escritos de Palmiro Togliatti. Estos han analizado este periodo de la Historia de España a través de distintas perspectivas ideológicas con resultados e interpretaciones diferentes y con una visión totalizadora, labor casi siempre realizada con las dificultades de encontrar las fuentes, que no siempre han sido y son accesibles. Cada historiador no ha cejado de explicar los hechos acontecidos entre 1936 y 1939 y sus consecuencias para dilucidar y deshacer las mistificaciones que se han producido a lo largo de los años, años de memorias y desmemorias, pero que a pesar de todo, no ha decrecido la histórica. Ejemplo de ello es que los libros de historia más valorados de 2015 han sido sobre la guerra civil y el franquismo, escritos por historiadores de reconocido prestigio intelectual.
No ocurre lo mismo con la edición de obras y estudios literarios donde se ha producido un impasse -no debemos olvidar los puntuales congresos y homenajes a escritores republicanos- después de una época en la que abundaban las publicaciones, obras, antologías y estudios monográficos sobre el teatro, la novela o las distintas manifestaciones poéticas del periodo de la República. Republicano. Este estancamiento tiene diferentes causas, pero sobre todo el silencio cómplice que durante los años de la transición -mínimas excepciones, aparte- existía en los manuales escolares y en los libros de texto: La literatura que se escribió durante el periodo de la guerra no existía en los respectivos programas escolares de historia de la literatura española basados en criterios cronológicos. Por ejemplo, al tema de la Generación del 27 le seguía la temática sobre la Novela, el Teatro o la Poesía de postguerra, incluso después de los años posteriores a 1978, pues durante la historia y los avatares de los cuarenta años del franquismo esta cuestión es bien conocida.
A pesar de las dificultades que impone el canon a la llamada literatura comprometida, la aparición del libro colectivo Políticas poéticas. De canon y compromiso en la poesía española del siglo XX, dirigido por Araceli Iravedra representa una respuesta al El canon occidental de Harold Bloom (1994) que niega cualquier interpretación o lectura de la obra literaria desde criterios éticos o políticos porque la convertirían en documentos sociales, históricos o ideológicos. Políticas poéticas, antítesis de esta tesis puede ser un buen punto de partida para «otra» interpretación de la literatura escrita durante la guerra, producción que se consideraba como un capítulo aparte.
En este libro dirigido por Araceli Iravedra encontramos cinco ensayos escritos por un equipo de investigación compuesto por Juan Carlos Rodríguez, Miguel Ángel García, Luis Bagué Quílez y Laura Scarano cuya línea investigadora es el compromiso como elemento necesario para estudiar las relaciones entre literatura, sociedad e historia de acuerdo a la idea de literatura propuesta por Juan Carlos Rodríguez que la define como un discurso ideológico y radicalmente histórico. Esta publicación merece un extenso análisis, pero basta citarla para ahondar en el tema que nos ocupa. El ensayo de Luis Bagué Quílez desmonta la dualidad maniquea intimidad/sentimentalidad y testimonio social basándose sobre las reflexiones de Cancionero y Romancero de ausencia, de Miguel Hernández, Diario de Djelfa, de Max Aub y Ganarás la luz, de León Felipe, análisis al que hay que añadir la tesis de de ser un trabajo que ha investigado los acercamientos y tensiones entre ética y estética a la que se ha visto sometido el lenguaje poético en la España del siglo XX y que invitaba a profundizar y clarificar la idea de compromiso, cuyo significado no había encontrado una visión unitaria por razones ideológicas e históricas.
Es un hecho que la poesía española escrita durante el periodo republicano y durante la contienda bélica fue objeto de estudio y de publicación allende las fronteras: en la revista Commune, por ejemplo, lo comprobamos en su atención constante a la literatura republicana, como ejemplificación de su compromiso antifascista.
Desde esta visión o filosofía del compromiso J. Lechner, hispanista holandés, publicó El compromiso en la poesía del siglo XX (Universidad Pers Leiden, 1968), magna obra compuesta por tres volúmenes. En el primer capítulo fija los fundamentos de su estudio con una indagación en la historia de la palabra “compromiso”, no sin antes señalar la diferencia con la idea de «poesía social» que era para él un concepto redundante, pues qué poesía no es social, se preguntaba Eugenio G. de Nora al que J. Lechner cita.
A partir de una clarificación filológica de la palabra compromiso basada en diversas fuentes, se adentra en el terreno de las ideas forjadas a lo largo de la historia. Uno de sus primeros argumentos que aborda entre literatura y sociedad se basa en los escritos sobre arte de Marx y Engels deteniéndose en las cartas que este último dirige a Minna Kaustki y a Miss Harnkness. En la primera expone que no está en contra de la tendenciosidad si ésta no obliga al autor a ofrecer al lector la solución histórica futura de los conflictos sociales que describe y, en cuanto a la segunda, es conocida su tesis de la defensa de la autonomía de la literatura, que se basa en el estudio de la narrativa de Balzac en el que sostiene que la ideología del autor no puede impedir la pintura fiel y las verdaderas condiciones de la vida.
A estas opiniones añade la del ruso Chernishevski que formuló su compromiso en literatura con su diatriba contra «el arte por el arte.» Para no demorar más esta cuestión, concluiremos con las aportaciones de André Gide en su manifiesto Literatura y Revolución y con las opiniones de Jean Paul Sartre que resumiremos con la siguiente cita: “Recuerdo, en efecto, que en la ‘literatura comprometida’, no debe, en ningún caso, obligar a la Literatura y que nuestra preocupación debe estar al servicio de la colectividad infundiéndole sangre nueva, lo mismo que servir a la colectividad tratando de dar a la literatura lo que le conviene”. Este pequeño recorrido, sería insuficiente si no tuviéramos en consideración las aportaciones de Antonio Machado sobre la función de la literatura, leit motiv en muchos de sus escritos en Juan de Mairena y en sus artículos publicados en la revista Hora de España.
A partir de este intento de definir la noción de compromiso, J. Lechner en sus dos primeros volúmenes desarrolla una historia de la literatura del siglo XX, que divide en dos bloques con argumentos que hoy pueden ser discutidos, pero en donde ofrece gran información del desarrollo cultural, primero, antes de la proclamación de la República, y segundo, la historización de esta época que incluye el desarrollo y expresiones culturales que se produjeron en la época republicana, así como en la Guerra civil, sin olvidar los breves estudios de los poetas más conocidos de entonces. Una obra que dentro de la historiografía sobre la Guerra civil ofrece a los lectores, sobre todo a los extranjeros, un gran corpus histórico con información de generaciones, obras de los poetas, los debates en torno a las polémicas entre arte deshumanizado y humanizado, la actividad cultural en todos los dominios durante la República y la Guerra civil.
Ambos volúmenes dan paso al tercero cuyo contenido es una antología de poemas de diversos poetas de la llamada Generación de la República y otros menos conocidos, así como varios romances aparecidos en la revista Octubre del novelista César Arconada. No falta la presencia femenina de Concha Méndez, Ernestina de Champourcín y Concha Zardoya. El autor no se olvida tampoco de los poetas hispanoamericanos Vicente Huidobro, Octavio Paz y Raúl González Tuñón. La no inclusión de poemas de Antonio Machado, Rafael Alberti y Miguel Hernández, se debe, según el autor, a que sus poemas se habían incluido en las ediciones de sus poesías completas, fácilmente accesibles, aunque nos sorprende la ausencia de Pablo Neruda, autor de España en el corazón y de España. Poema en cuatro angustias y una esperanza de Nicolás Guillén.
Después de leer esta obra, nos sentimos obligados a analizar los límites del historicismo y considerar al mismo tiempo, en contra de algunas opiniones, que el realismo socialista no fue un compromiso más de carácter idealista, porque su instrumentalización no puede soslayar sus esfuerzos, sus logros y sus constantes debates consigo mismo. Y sus obras. Paul Eluard, eludiendo teorizaciones, se preguntaba, después de nombrar a diversos poetas como Góngora y Mallarmé, pero el drama ¿dónde está sino en los poetas que dicen “nosotros”…? La poesía es un combate.







