Recorrido histórico del Partido durante las cuatro últimas décadas

39 años de la legalización del PCE

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El 9 de abril de 1977, hace ahora 39 años, tenía lugar la legalización del PCE. Atrás quedaban casi cuatro décadas de denodada batalla clandestina, con derroches de sacrificio generosamente prodigados por quienes se negaron desde el primer momento a ser un “partido de emigración” y decidieron continuar incesantemente la lucha en el interior del país. La clandestinidad fue un período de pruebas extremas, de trabajos dignos de Prometeo y esfuerzos tan encomiables como estériles a la manera de Sísifo. Fueron años de búsqueda incesante de la unidad contra la dictadura, nunca plenamente conseguida porque a algunos residuos sectarios del PCE se sumaban los recelos, bastante más excluyentes, de otras fuerzas opositoras que temían ser desbordadas por el dinamismo y la capacidad de compromiso de los comunistas. Como legado fundamental de tan persistente empeño quedó la construcción de un amplio tejido social y cultural antifranquista con valores democráticos y socialistas: una compleja trama de focos de resistencia popular, comisiones obreras, asociaciones vecinales y profesionales, movimientos culturales, grupos organizados de jóvenes y mujeres rebeldes… Como déficit patente, descollaban algunos malos hábitos de funcionamiento, en los que se mezclaban la herencia del pasado y las dificultades objetivas de la ilegalidad; o inveterados errores en los análisis, voluntaristas y simplificadores, que “funcionaron” mal que bien en etapas de movilización y despliegue, pero que evidenciaron sus carencias cuando llegó el momento del desenlace de la dictadura.

La legalización representaba un premio merecido, pero insuficiente, para ese esforzado “ejército de sombras” que había mantenido, contra viento y marea, la llama de la lucha, pero puso de manifiesto a la vez los errores y las disfunciones. La tesis de una “salida democrática” a la dictadura (frente a la “vía oligárquica” que terminó triunfando) fue progresivamente abandonada o reinterpretada en términos restrictivos y falseados, identificándola simplemente con el acceso a la legalidad. En un partido acostumbrado –la clandestinidad lo imponía- a métodos orgánicos centralizados y no escasas dosis de personalismo en la dirección, se pasó de una estrategia de cambio político y transformación social más o menos articulados, al dominio total de la política entendida como maniobra táctica de corto alcance. Las concesiones en el terreno simbólico (bandera y republicanismo históricos) o institucional fueron vendidas como el camino más realista hacia una gradual ruptura de facto que no se había conseguido en su momento, y las concesiones de fondo (los Pactos de la Moncloa, que desarmaron a la resistencia obrera) se presentaron incluso como preludio de una democracia avanzada que prácticamente –en palabras de algún dirigente- constituía la antesala del socialismo.

Este hábito retorcido de hacer de la necesidad virtud, unido a la trampa del consenso y la entelequia de un hipotético gobierno de concentración nunca conseguido, se mostraron, a la postre, como claras equivocaciones, generando fuertes efectos corrosivos. Los cambios de modelo organizativo (la tan traída y llevada “territorialización”) y el desarme simbólico acabaron sumiendo al partido en una fuerte crisis, ampliando de paso el campo de oportunidades para el desarrollo de una fuerza de la izquierda histórica (el PSOE) casi recreada ex-novo, aupada a partes iguales por el patrocinio de poderes internacionales, la memoria del pasado de ciertos sectores y las franjas de moderación social generadas por el franquismo entre las clases populares. La militancia del PCE, confusa y desorientada, ni siquiera podía compensar con éxitos inmediatos en lo electoral la perdida de elementos sentimentales muy arraigados y la sensación de una deriva ideológica azarosa. Mientras el denominado eurocomunismo fracasaba estrepitosamente en configurarse como una tercera vía entre la decrepitud política del socialismo real y la claudicación de la socialdemocracia realmente existente, muchos militantes se refugiaban en el consuelo de las viejas certezas y otros, impacientes, buscaban acomodos de dudoso encaje en la ideología comunista, o pugnaban por imposibles cambios en los modos y maneras de funcionamiento del partido.

La historia posterior resulta bastante conocida, aunque no siempre es contemplada en todas sus dimensiones. Más allá del complejo debate sobre las concesiones hechas o la ruptura que pudo haber sido y no fue, suele olvidarse que los años 70 y 80 fueron también los de la crisis general del movimiento comunista (Francia e Italia son claros ejemplos) y de la eclosión de “nuevos” movimientos sociales. Los comunistas no lograron interpretar los signos de los tiempos, tales como los cambios en una clase obrera cuyas formas de trabajo se modificaban y cuyos perfiles de identidad se difuminaban al socaire de las maniobras del capitalismo en su primera floración neoliberal; o como la emergencia de reivindicaciones con cierta transversalidad interclasista, que afectaban más a la reproducción que a la producción, o que respondían a mecanismos no suficientemente contemplados en la tradición marxista. Los partidos comunistas (el PCE entre ellos) perdían, por un lado, capacidad para conectar con la nueva clase obrera y no lograban, por otro, incorporar en dinámicas unificadoras y con las adecuadas políticas de alianzas la proliferación de nuevas radicalidades, que quedaban así entregadas al albur de la postmoderna “diferencia”, y no de una integradora dialéctica transformadora.

En los años 80, los partidos comunistas se movían en el dilema acuciante de ser o no ser, de cambiar (con riesgo de desnaturalizarse) o desaparecer. La caída del Muro de Berlín, como hito simbólico del final del bloque socialista, profundizó y catalizó una crisis que ya venía de atrás. El PCE, por entonces muy disminuido, también se debatió agónicamente entre la vida y la muerte, con la tentación palpable de “transmigrar su alma” a un nuevo instrumento de proyección social (IU) que, creado en difíciles condiciones defensivas, avanzaba en términos bulímicos, arrebatando funciones y –para muchos- razón de ser al propio partido.
Por fortuna, prevaleció la idea de continuar. Y digo esto no en virtud de razones puramente sentimentales, sino porque los tiempos que se vivían hacían más necesaria que nunca una fuerza de transformación social que mantuviera lo esencial de la vieja tradición marxista y racionalista, de crítica al capitalismo y propuesta revolucionaria alternativa. Nunca “El Capital” podía pregonar en voz más alta sus verdades, ante un sistema cada vez más despiadado y mercantilizador. A la vez, el viejo sujeto revolucionario se estaba transformando. La diversidad de focos de protesta necesitaba una lógica unitaria (no reductivamente homogeneizadora), que le diera proyección política, mientras el viejo modelo de transición, con un partido dirigente a la antigua usanza, se evidenciaba históricamente agotado. Pero las razones de la rebeldía permanecían intactas. Y la constatación que podía hacerse es que, allí donde desaparecían los partidos comunistas, no los reemplazaba una fuerza revolucionaria más eficaz y “aggiornada”; que la capacidad de resistencia popular no aumentaba, sino que disminuía o incluso se desplomaba.

Al final, la voluntad de supervivencia, consolidada en los 90, no resultó suficiente para acabar de perfilar las formas y métodos de un PCE adaptado a los nuevos tiempos. De hecho, la brutal depresión económica de los últimos años y el despliegue abierto de la barbarie neoliberal que la acompañó no encontraron al partido ni a su proyecto político y social (IU) en condiciones adecuadas de respuesta. El aparente hueco ha venido a cubrirlo parcialmente una izquierda populista y oscilante, de injertos ideológicos postmodernos y tentaciones pragmáticas a la vez, que dudosamente supondrá, a medio plazo, un instrumento idóneo para representar adecuadamente a las clases populares. La izquierda racional, que no renuncia a la pasión política organizada, pero sí al cultivo del mito; la que rehúsa todo culto a dioses, reyes y tribunos; la que posee los instrumentos teóricos insustituibles –aunque siempre mejorables- de la tradición marxista… tiene aún potencialmente, en definitiva, un papel importante que desempeñar.

Sin embargo, si algo hemos aprendido del pasado es que las derrotas no se deben –como decía Bertolt Brecht- a que seamos (moralmente) mejores, sino a haber sido más débiles, y que nadie tiene garantizada no ya la “inmortalidad”, como petulantemente se llegó a creer, sino ni siquiera el más modesto de los futuros. Pero seguimos necesitando a ese viejo PCE sabio en experiencias, como diría Kavafis, para el insoslayable viaje hacia una Ítaca entendida a la vez como patria soñada y como proyecto realista y posible. Y en esta ocasión, tal vez incluso más que en otras, nos jugamos mucho en el envite de acertar con el camino adecuado.

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