Participación ciudadana y pulsión social

Si los cuarenta reunidos coincidimos en las más elementales respuestas no conseguirán embrutecernos por mucha LOMCE que pretendan aplicarnos.

·

·

El texto, con la autoría adjudicada a un humorista que merece todos mis respetos, llevaba tiempo rulando por las redes del ciberespacio como una propuesta de resolución minoritaria en un congreso de cualquier partido. Muchos «me gusta» (en otros sitios se dice avales), mucho «compartir» y pocas posibilidades de concretarse en algo práctico.

Lo que más destacaba del texto era la descripción de nuestra mediocridad como españoles recortados. No está mal lo de conocerse o reconocerse, siempre que el diagnóstico incluya al diagnosticador (por cortesía parlamentaria) y no se utilice para acusar a los demás salvando los muebles propios.

Por lo que me atañe ya hace años que comprendí que era mediocre sin disimulo posible. Fue cuando conocí a mi primer mediocre francés y comprobé cuánto más avanzado estaba que yo y cómo le lucía el pelo de su dehesa. Pero que muchos mediocres reconozcamos nuestra mediocridad personal o comunitaria ni siquiera tiene que marcar forzosamente el inicio de una reconversión colectiva. Mientras no consigamos alejarnos de nuestro déficit personal no haremos descender el índice general. Así que me he trazado un plan para ir mejorando de lo mío. Me propongo: Dejar de ver la TV, leer libros, aprender idiomas, tocar instrumentos musicales, entrenarme en urbanidad y buenas maneras, dejar de ser creyente y crédulo sin convertirme en sabihondo de taberna, hacerme agnóstico, ecologista y feminista, igualitario en lo social y en lo sexual, vivir o pasar mucho tiempo en barrios populares, preferir la tienda de la esquina a las grandes superficies y asistir a las reuniones de la comunidad de vecinos propietarios del edificio donde habito.

Lo último era lo que me parecía más peliagudo y consideré que, antes de introducirme en un debate sobre horarios de calefacción o sobre el montante de la próxima «derrama» para equilibrar el presupuesto de mantenimiento del edificio, tenía que someterme a un entrenamiento intensivo… y acudí a una asamblea vecinal.

En la zona habitan unos cuantos miles de personas pero allí estábamos cuarenta que pertenecíamos a no menos de siete organizaciones en diferentes grados de convergencia organizacional. Donde la confluencia se producía con rasgos de peligro para el equilibrio emocional era en las personas de no pocos de los presentes, activistas a la vez de hasta cinco organizaciones con entidad política propia de toda la vida, uniones no tan sólidas fruto de pasadas alianzas, convergencias municipales, experimentos instrumentales, confluyentes inorgánicos, gentes del barrio y algún grupo de terapia ocupacional. Ni célula ni círculo: un poliedro.

Y todo esto, oh milagro celtibérico, en medio de un solar social arrasado por bombardeos masivos de desconocimiento, desinformación e intoxicación mediática. De falta de costumbre en la básica habilidad de intercambiar opiniones sin agresiones, resentimientos ni desprecios. Sin humor.

Pues bien, allí estaba la cruda realidad insoslayable. El punto de partida de la más pequeña posibilidad de hacernos cargo de nosotros mismos. Hace muchos años, los aceituneros altivos que inmortalizó Miguel Hernández aprendieron a leer en la clandestinidad para poder formularse la pregunta: ¿De quién son estos olivos?

La lista de preguntas sigue ahí, como un reto permanente para cada generación. Si los cuarenta reunidos llegamos a coincidir en las más elementales respuestas no conseguirán embrutecernos por mucha LOMCE que pretendan aplicarnos.

ETIQUETAS:

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.