La dignidad de un rebelde

Publicado el libro «El despertar de otros tiempos» de Pablo Tortosa, metalúrgico militante del PCE y CCOO


El despertar de otros tiempos
Pablo TortosaLetras de autor

Se ha publicado el libro “El despertar de otros tiempos” escrito por Pablo Tortosa, un metalúrgico de profesión matricero, que transitó por las grandes empresas del metal madrileño de los años sesenta a ochenta: Pegaso, Marconi, Isodel y Sintel.

Arranca sus vivencias con un repaso a su infancia, tan común a otras. Antes de la edad de trabajar realizaba tareas, que por el entorno en que habitaba eran de huertos, lechugas, patatas y otras verduras y frutas, para llevar algunas pesetillas a casa, al objeto de ayudar a la economía doméstica y para sus necesidades de divertimento propias de la edad.

Pero la clave del futuro de su vida que le marcaría sería lo que se llamaba servicio militar, “la mili”, que en su caso no fue tal sino un campo de concentración. Le tocó en el Sáhara cuyo territorio era Hausa y cuyo destacamento se llamaba Cabrerizas. En dicho destacamento se juntaban personas como Pablo y convivían con un número importante de “delincuentes comunes”, allí llamados corrigendos. Relata con crudeza la vida allí y quizás se haya quedado corto, porque con el paso del tiempo la memoria es agradecida. Pero aquella “mili” le marcó hasta el punto de que su madre, Carmen, nos contaba que cuando regresó no era el que se fue; no era su Pablo, se lo habían cambiado.

Entró en Isodel con la rebeldía que había engendrado en su persona tanta injusticia. Su proyecto de vida podía haber tomado otros derroteros, pero eligió el mejor y más noble en aquellos años sesenta como fue defender a los trabajadores. En Isodel, su solvencia como buen profesional en matricería y el exquisito cariño a los trabajadores, le llevaron a ser un dirigente indiscutible, junto a otros compañeros.

Terminábamos la jornada a las cuatro de la tarde el primer turno, pero él lo prolongaba, aprovechando para recorrer las secciones del turno de tarde de la fábrica un día sí y otro también. Con la aportación de Pablo y los ochenta y cinco compañeros que salimos a la luz pública como Comisiones Obreras, CC.OO. de ISODEL, llegamos a la afiliación sindical de 550 trabajadores a CC.OO. y 167 al PCE.

Trabajadores de ese segundo turno fueron los que en 1978 al terminar su jornada a las doce de la noche se desplazaron al Palacio de Congresos de la Castellana, donde se iba a celebrar el 1º Congreso Confederal de CC.OO., al objeto de montar la estructura y cartelería del mismo, cuestión que Marcelino Camacho agradeció al inicio del Congreso.

La crisis del sector de bienes de equipo golpeó a Isodel durante diez años, desde 1977 hasta el cierre en 1987, después de un año de huelga. Esa era la respuesta digna e íntegra a una agresión a una empresa ejemplo de solidaridad permanente en el metal madrileño.

Había informes de los principales socios de la empresa, Banesto y otros, que llegaron a manos de la prensa que decían sin tapujos que “había que cerrar la fábrica de rojos del corazón de Madrid”. Algunos medios, como Diario 16, en portada y en lenguaje cirílico (ruso) la consideraban como bastión de la izquierda.

En todo ese proceso fue clave Pablo Tortosa. Isodel era una empresa donde en los años 1968-1974 se realizaban colectas para las familias de los presos políticos de la empresa (4 ó 5) al objeto de llevar el sueldo para ayudar a las familias. Era un constante recuerdo para los más de 1000 trabajadores, el de una injusticia latente y de una sociedad que había que cambiar.

También la rebeldía la orientó hacia el flamenco, algo que entre su padre, Pablo, buen aficionado que a veces se arrancaba con algún cante y su amigo de la infancia Chaquetón, ya le había metido el gusanillo. Así que Pablo “el gitano” como le llamaban cariñosamente, se vinculó a los mejores cantaores y festivales y creó la “Peña Flamenca Chaquetón”.

Teníamos todo a mano en los años ochenta; CC.OO. en la calle Áncora, la Peña en la paralela, calle Canarias y la fábrica Isodel en la diagonal, calle Méndez Álvaro. El mobiliario de la Peña lo hicieron los carpinteros de Isodel, el tablao y la barra del bar, Pablo, que junto a unas sillas de anea componían un humilde lugar con una gran belleza estética inigualable.

Por la Peña Chaquetón pasaron los mejores cantaores y los buenos guitarristas El Mami y el gran Enrique de Melchor. Por circunstancias del local la Peña dejó su actividad en la calle Canarias, pero no así en otros lugares con la celebración de importantes festivales flamencos, como los organizados en el Círculo de Bellas Artes de Madrid o las semanas dedicadas al flamenco en Alcobendas, cuyo último festival con José Mercé, con un aforo de 1200 personas, junto al 1º festival del cine Consulado, con 1800, pasando por el Montepío Comercial, Arganda y otros, ha puesto el listón del flamenco tan alto, que parece improbable superar dichas gestas.

Porque todo lo que ha hecho Pablo es oro pulido y es muy difícil de superar. Con cariño de su aprendiz de Isodel.

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