Somos los eternos ausentes en las bodas, los nacimientos, las graduaciones e incluso los funerales

El verdadero rostro de la emigración

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No es fácil describir cómo te sientes cuando no entiendes el idioma, todos te ignoran y nadie te echa una mano porque te ven como el que les quita el trabajo. Cuando eres emigrante, dejas de tener una personalidad concreta y pasas al montón de los que no importan.

Somos muchos los que por diferentes motivos un día decidimos dejar nuestra casa, familia, amigos y amor para irnos a otra tierra a empezar de nuevo sin ventajas, sin enchufes, sin apoyo, sólo con la maleta llena de trapos inadecuados para el invierno.

Un bolsillo escaso del dinero reunido durante el proceso de indecisión y, por si acaso, con las groserías bien aprendidas en todos los idiomas posibles para por lo menos saber cuándo nos estaban insultando.

Muchos hemos querido tirar la toalla más de una vez, mandar a donde se merecía al ignorante de turno y subir al primer avión cuando no teníamos cerca a nadie que nos hiciera un caldo de pollo para pasar la gripe. Muchos gastamos todo lo que nos sobraba del sueldo en tarjetas, recargas y cuanto medio nos permitiera seguir en contacto con los que se quedaron en casa o con los otros que estaban desparramados por el mundo.

Muchos hemos tenido que autocantarnos el feliz cumpleaños, cenar solos en Navidad y trabajar en Año Nuevo para que el trago fuera menos amargo. Muchos nos estamos perdiendo los momentos importantes en la vida de nuestros seres queridos. Somos los eternos ausentes en las bodas, los nacimientos, las graduaciones e incluso los funerales.

Hemos hecho nuevos amigos, formado una familia o hemos sido adoptados por la de otros. Nos hemos acostumbrado al frío o al calor, a que por estos lugares nadie hace cola para usar el transporte público, a caminar sin aferrar la cartera como si se tratara de la vida, a usar los hospitales públicos, a no dejar la luz encendida, a abrir las ventanas antes que encender el aire acondicionado, a dejar las frutas tropicales para los momentos especiales.

Hemos aprendido a cruzar la calle por donde se debe, conducir como se debe, bajar y subir por donde se debe, a sentarnos en el autobús o ir apretados pero nunca colgando en la puerta, al silencio, a los parques con los columpios puestos, a dejar la basura en las papeleras, al acento de los Simpson, a cargar muchas moneditas en el bolsillo y reírnos solos pensando que rompimos el cerdito.

Hemos aprendido a explicarle al carnicero cuál es el corte que queremos para hacernos una comida. Se nos ha hecho un nudo en la garganta cuando vemos que aquí tiran lo que en España tanta falta hace. Hemos sido hormiguitas ahorradoras para organizarnos unas vacaciones en nuestra casa.

“Estamos bien”

No somos millonarios porque ganemos en dólares, euros o libras, no somos extranjeros porque tengamos doble nacionalidad. Somos un montón de gente que se la ha jugado… y puso lo que tenía que poner, tanto como en nuestro propio país, pero con las oportunidades que allí no nos jugaban a favor. Nosotros somos testigos del cambio porque para poder ver la totalidad de las cosas hay que tomar distancia. Somos unos nostálgicos permanentes que añoramos el lugar donde nacimos y crecimos pero el que era cuando nos fuimos… no el de ahora que ya no reconocemos.

Somos esos con amigos en todo el mundo, somos de esos que entendieron que las fronteras solo están dibujadas en los mapas, que siempre tenemos visita en casa, que enviamos cosas y pedimos encargos, esos mismos que sufrimos paranoias nocturnas preguntándonos si nuestros seres queridos están en casa sanos y salvos y que, aunque estemos pasando un mal momento, siempre le decimos a nuestras familias que “estamos bien”.

Somos de esos que cuando el teléfono suena de madrugada ya contestamos casi llorando, algo nos perdimos. Nosotros somos los que hacemos reír a nuestros nuevos amigos, los que les decimos que tienen que conocer el país más bonito del mundo, España.

A veces creemos que no tenemos suerte o solución para nuestros problemas y nos olvidamos de ver las cosas que realmente son importantes… Dejamos además de hacer lo que nos gusta y no lo compartimos con el mundo. Mi mensaje: Haz lo que siempre te haga feliz y aporta cosas positivas para el mundo.

A todos los que, como yo, dejamos nuestra tierra les digo: ¡Somos auténticos luchadores! ¡Nunca tires la toalla! ¡A por la vida!

/ Wuppertal (Alemania)

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