En los últimos treinta años en América Latina, y particularmente en Chile, la sociedad parecía sufrir una indefensión aprendida, una sensación de hartazgo de que la democracia no funciona y que al transcurrir los años depositar un voto pierde cada vez más sentido. La última consigna de los sectores críticos con el ‘apruebo’ plebiscitario fueron de esa generación que grita ¡yo no voto, me organizo! y que no participaron en este proceso histórico de cambio constitucional.
Algunos tachan a los sufragistas como institucionalistas. Y tienen razón. Como sabemos, la historia del sufragio es relativamente moderna, se remonta al último tercio del siglo XIX en algunos países europeos. No era universal sino masculino. El sufragio femenino es aún más reciente, una realidad de la primera mitad del siglo XX. El universalismo también tiene sus notorios matices en cuanto que fue profundamente clasista. En el Chile de 1931, durante el primer gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, se aprobó la inscripción femenina en el registro electoral supeditado a la tenencia de propiedad. El hecho de que haya una representación de la clase obrera en nuestra historia reciente se debe a una serie de luchas sociales que, con el sindicalismo y las acciones no institucionales, muchas violentas, lograron voz y voto en las instituciones, hasta ese momento reservadas a la burguesía y a los poderes enquistados en la estructura social. La historia del progreso humano en los últimos siglos de nuestra historia moderna ha sido la de yo voto y me organizo.
Hay que saber distinguir cuando el cambio institucional emana desde el pueblo o desde sus verdugos. La lucha social de octubre de 2019, aquellos que perdieron sus ojos, aquellos desaparecidos y víctimas de la represión policial y de la violación de los derechos humanos son, hayan votado o no en el plebiscito, los protagonistas del cambio constitucional. Será necesario seguir organizándose, creando poder popular, porque en las calles de Chile las luces de octubre no se apagarán y, en cuanto saquemos las lecciones aprendidas de nuestra historia, sabremos crear una nueva institucionalidad que proteja los derechos humanos, blinde los derechos sociales y garantice una vida digna, de justicia y reparación.
El próximo año, con las elecciones presidenciales, mediremos la madurez política de una sociedad que ha despertado de la pesadilla neoliberal. Para hacer justicia a los presos políticos, a las víctimas de la represión y a los resultados históricos del plebiscito, muchos esperamos que nuestro país se organice y vote, que lidere el cambio institucional que abra de nuevo las grandes alamedas.







