Al final, un policía mafioso (la caricatura de los Villarejo) dice que “a nadie nos gustan pero son tan necesarios como yo”, justificando de la misma manera la violencia de los antidisturbios y la corrupción en torno a las fuerzas de seguridad.
Con que solo la mitad de lo que nos cuenta la serie ‘Antidisturbios’ reflejase la realidad de esas fuerzas especiales, sería suficiente para exigir la dimisión del Ministro del Interior y reclamar la responsabilidad política de todos los anteriores, desmantelando inmediatamente esos grupos de intervención agresiva para empezar desde el principio en la formación de una policía antifascista.
Como el problema comienza con las faltas de ortografía en las oposiciones y se condensa en la actuación de esos cascos sin cabeza, lo habitual es que los antidisturbios se utilicen mucho más contra los bukaneros del Rayo Vallecano que contra los ultras del Real Madrid de Florentino.
Lo advierte muy bien Kalvellido, de bien nacidos es ser agredidos. Con su combinación de machismo, ignorancia, desequilibrio emocional y violencia uniformada, los antidisturbios golpean a las víctimas de los desahucios pero no a las mafias financieras, a los fascistas sin mascarilla o a las organizaciones del narcotráfico.
La serie ‘Antidisturbios’ surfea por todos los conflictos pero no bucea en ninguno. Comienza por la descomposición personal, familiar y profesional de los agentes, se enreda con la corrupción municipal, judicial y policial y concluye con la advertencia sobre el peligro de enviar a los robocop contra el independentismo catalán.
Es buen cine el de sus fuegos artificiales pero lamentable la escasa profundización hacia las responsabilidades de los que pretenden justificar el monopolio institucional de la violencia sin control democrático.
Hay una secuencia impresionante, la de los antidisturbios contra los hooligans. Parecen los mismos en su violencia, tanto los de los pasamontañas como los de los cascos.
Ilustración: Juan Kalvellido







