Muchos de nosotros asistimos preocupados en las últimas décadas a una sucesión de personajes políticos grotescos que ocupan cargos políticos extraordinariamente importantes para los países y los ciudadanos. Sus comportamientos y decisiones no se quedan en baladronadas sino que se trasladan, muchas de ellas, a decisiones y ejecuciones en materia de gobierno. No es novedoso, desde luego, recordemos a Calígula y su caballo, por poner un solo ejemplo de muchos otros casos.
Pienso que hay algunas diferencias, al igual que algunas coincidencias, con lo que está aconteciendo en las últimas décadas. La organización de los sistemas políticos anteriores a la contemporaneidad eran mucho más arbitrarios en su esencia y por tanto estos comportamientos, siendo hoy rechazables, no contaban, al menos formalmente, con la aceptación de los súbditos, en la medida en que, precisamente, eran súbditos. Pero nos estamos refiriendo ahora a países con pueblos soberanos y regimenes aceptablemente democráticos. Dejamos fuera de este artículo a países actuales cuyo régimen dictatorial se puede asimilar a los antiguos y comporta los mismos condicionantes a los que nos hemos referido para ellos.
He aquí la primera diferencia importante. Las transgresiones no son rechazadas por un sector amplio de los ciudadanos que en muchos casos siguen votando a estos personajes. Pudiendo expulsarles de la actividad política, no sólo no lo hacen sino que, en algunos casos, les jalean. A la vez, muchos de estos ciudadanos se definen como apolíticos, denuncian la corrupción de los políticos y se sienten traicionados por ellos.
La actividad política, como actividad pública y al igual que otras actividades públicas, siempre ha atraído la atención de las gentes en general. Al igual que otras actividades, confluyen en ella unas características que la hacen atractivas para la curiosidad, el comentario, el interés social, y a eso se unen los comportamientos simbólicos, litúrgicos e incluso de espectáculo que facilita su rol social. Sin olvidar que, a diferencia de las otras actividades publicas, ésta lo es por su propia esencia, contenido, función y obligación.
Tenemos el ejemplo de los conocidos predicadores showman y telepredicadores americanos. Atraer y mantener la atención de sus fieles es su objetivo para persuadirles de sus creencias. Es un fenómeno estudiado por la psicología y sociología de masas. El manejo de las emociones más primitivas, excitándolas y controlándolas adecuadamente, rinde grandes beneficios para los oficiantes.
Los ciudadanos tenemos derecho a conocer de nuestros representantes todas las actividades que realizan en nuestra representación y en relación con las funciones para las que les hemos elegido. La difusa y confusa frontera entre las actuaciones privadas y las públicas puede ser juzgada o criticada desde la moral, la ética, la estética y por la jurisdicción ordinaria y desde lo privado. Es posible que estos comportamientos privados, en la medida en que afecten exclusivamente a la privacidad, puedan además estar en contradicción con los valores por los que les hemos elegido y por los que nos representan. Pero para eso está tanto, en los casos de delitos, la justicia como las elecciones periódicas, en el caso de comportamientos personales inadecuados que puedan estar en contradicción con los valores defendidos por el candidato y su programa electoral.
Si todos estos instrumentos democráticos funcionan con eficacia, no debería de haber problemas. Los problemas surgen a partir de una manipulación perversa de estos conflictos y de las herramientas para resolverlos. La permisividad, la tolerancia y la justicia en los sistemas actuales, con algunos comportamientos y no con otros, ha conseguido normalizar situaciones políticamente patológicas. Por ejemplo el sucesivo y descarado incumplimiento de los programas presentados en elecciones para llegar al gobierno respecto al posterior desempeño del mismo. La tolerancia en posteriores procesos electorales de los electores con estos comportamientos ha frivolizado la vida política en su conjunto. Se inició así, hace tiempo, la degradación de la política por el comportamiento electoral de los propios electores. No nos quejemos de los políticos y empecemos antes por analizar nuestro propio comportamiento como ciudadanos.
Distintos métodos pero los mismos objetivos
Cabe también la posibilidad de que un sector de electores considere que la política es degradación social y humana, la consideren síntesis de todas las miserias humanas y descarguen en ella sus propios defectos. Bien, sólo les pido que no pongan en marcha el ventilador para extender su caca. Pero lo ponen.
Toda esta situación ha permitido en los últimos tiempos el nacimiento de personajes estrambóticos que han conseguido dirigirnos en olor de multitudes. Para vergüenza de los que somos normales, en el buen sentido de la palabra normal, como diría el bueno de Machado, con nuestros defectos, nuestros pecados, nuestros miedos, nuestras cobardías, nuestras vergüenzas y nuestras miserias.
Han sabido captarnos con la habilidad del charlatán vendedor de crecepelo en las ferias y trasladarlo con la misma habilidad retórica al terreno de la política. Cuentan con el apoyo del tonto para ejecutar el viejo timo del tocomocho, con el cebo que anima a apostar y con el descuidero que nos roba la cartera en el corrillo del trilero.
Antes nos engañaban desde el pedestal elevado y solemne de los poderes. Desde los poderes establecidos: académicos, religiosos, institucionales, caciquiles, represivos. Estrados y púlpitos, togas y sotanas. Hoy, superado el analfabetismo y en democracia, lo hacen los mismos, desde la indiscutible conformación de la teleopinión, la masiva desinformación y las modernas fake news. Distintos métodos pero los mismos objetivos.
La verdad nos hace libres. No es ese el espíritu de nuestra época. Aceptamos más el de la verdad es un concepto muy sobrevalorad. La mentira es moral, jurídica y políticamente aceptable.
Ese mundo del espectáculo en la alta política se llena cada vez más de personajes del reality. Actores malos que siguen un guión escrito por sus gabinetes de comunicación, por sus coaching de la escenografía, por guionistas bien pagados desde el verdadero beneficiario: el poder económico.
En nuestro espacio de confort nos llega una fría corriente del golfo que ha contagiado a nuestros personajes destacados de la derecha española más tradicional. Debido a un alzheimer precoz y en avanzado estado, nuestro ex ministro del Interior no sabe nada de nada. A pesar de que un ministro del Interior está para saber todo de todo. Los ministros se repartían propinillas en sobres indeclarables y Cospedal, abogada del Estado por oposición, se trastabillaba con el finiquito en diferido. Nuestro bueno de Trillo, Auditor de la Armada, perdía pruebas, en este caso mucho más dolorosas, de miembros de nuestras Fuerzas Armadas (de las de verdad, no de las de Armada). Nuestro socarrón Mariano nos confundía con alcaldes y vecinos. En fin, nuestro querido y sincero emérito nos ha mentido, nos miente y, previsiblemente, lo seguirá haciendo.







