Seguimos recogiendo la antorcha de los que vinieron antes

La deuda o el día que me hice comunista

La nueva Ley de Memoria Democrática habilitará a los descendientes de los brigadistas internacionales que combatieron por la libertad y contra el fascismo en España, para que puedan acceder a la nacionalidad española
Homenaje a los brigadistas internacionales e Inauguración del monumento en la Ciudad Universitaria de Madrid el 10 de noviembre de 2012 | Foto: Ceronegativo

Hacía tiempo que no recordaba esta historia. El tiempo no pasa en balde por nuestra memoria. Los detalles se nublan y se mezclan en la mente pero aún recuerdo la deuda que contraje el día que me hice comunista y que, gracias al anteproyecto de Ley de Memoria Democrática, vuelve estos días a rondarme la cabeza.

Fue en 1996, así que yo debía de contar con 14 años. Mi “tito” Alfredo vino a recogerme a la academia donde estudiaba por las tardes para ir juntos a un acto de homenaje a las Brigadas Internacionales en la Diputación de Sevilla. Yo accedí encantado porque siempre disfrutaba de la compañía de mi tío -que igual me llevaba al fútbol que a actos de este tipo-, pero yo no era del todo consciente de lo que me iba a encontrar allí. Este acto de homenaje iba a contar con la presencia de los pocos brigadistas que aun quedaban con vida en aquel año e iba a cambiar mi vida para siempre.

Llegamos al edificio de Diputación y aquello era un jolgorio de cantos y banderas (rojas, republicanas, alguna cubana). Me fui encontrando a más familiares y conocidos. Mi padre estaba por allí, por supuesto, y mi tía Concha, que me regañó por llenarme tan a la ligera la camiseta de pegatinas con hoces y martillos, recordándome el deber de los comunistas de ser más críticos que folclóricos y que debía de estudiar mucho para estar seguro de lo que representaban aquellos símbolos que exhibía alegremente.

Finalmente no pude entrar al acto (había demasiada gente y llegábamos tarde) por lo que me quedé con mi tío brujuleando por el patio, escuchando algunas batallitas de las que él me contaba. Cuando el acto finalizó, se formó un pasillo humano, por el que, entre aplausos y vítores, desfilaron saludando los ancianos brigadistas. Uno de ellos -alemán por lo que pude entender- al pasar a mi lado me miro a los ojos y me agarro del hombro. Anduve con él por aquel pasillo unos metros y entre los gritos de la multitud pude distinguir a duras penas las palabras que me dedicó.

Me dijo que sentía una gran alegría de que yo estuviera allí, porque era muy importante que los jóvenes recogiéramos la antorcha de los viejos luchadores, que debíamos continuar la lucha “por los amigos, por los camaradas que cayeron, para que mi sacrificio no sea en vano” y aunque me lo dijo de una manera afable, cargada de bondad, a mí se me llenaron los ojos de lágrimas y se me heló el corazón por el peso de la responsabilidad que suponía la tarea encomendada. Aquella noche casi no dormí, y el día siguiente me escapé de la academia para ir a la sede del Partido y afiliarme, sin consentimiento paterno, a las Juventudes Comunistas.

Con la aprobación del anteproyecto de Ley de Memoria Democrática en el que, de manera expresa, se habilitará a los descendientes de los brigadistas internacionales que combatieron por la libertad y contra el fascismo en España, para que puedan acceder a la nacionalidad española, se salda una parte de la enorme deuda que la democracia española tiene con las Brigadas Internacionales.

Pero la deuda que yo contraje con aquel viejo alemán que siendo casi un niño vino a España a luchar contra el fascismo creo que no podré pagarla del todo nunca. Es la deuda que desde nuestro compromiso político asumimos los y las comunistas. La de acabar con la opresión e inaugurar una vida de hombres y mujeres libres.
Y en ello seguimos, recogiendo la antorcha y el fusil (en sentido figurado) de los que vinieron antes. Hasta la lucha final.

Responsable de Estudios y Programas del Área Ideológica del PCA

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