La crisis ambiental y cómo intervenir para resolverla

Tiene responsables y no es el resultado del progreso sino de una determinada manera de entenderlo
Foto: Thue

Desde que apareció el primer ser humano sobre nuestro planeta, se vienen produciendo impactos ambientales. No hay nada en ello de malévolo o perverso, sino el resultado de sencillas leyes físicas por las que, en nuestra relación con la naturaleza nada puede salirnos gratis o, dicho de otro modo, que en los procesos en los que partimos de recursos naturales para obtener productos elaborados, hay siempre pérdidas -subproductos, vertidos, calor- que genéricamente conocemos como contaminación.

Sin embargo, a lo largo de la historia los impactos ambientales han sido escasos, y durante muchos miles de años el medio ambiente no sufrió daños apreciables. Fue debido a que el volumen de población era menor, pero, sobre todo, a que las actividades realizadas no eran muy intensivas, por lo que la naturaleza, en sus amplios y generosos límites, reciclaba nuestros desperdicios incorporándolos a los ciclos naturales. También es cierto que en épocas pasadas –y quizás no haya que remontarse mucho tiempo atrás- los bienes se fabricaban y adquirían para ser duraderos.

Un salto cualitativo se produjo con la llegada de la Revolución Industrial. Se introduce un nuevo combustible –el carbón- más eficiente que la madera y se intensifican los procesos de fabricación a partir de la producción en cadena y la máquina de vapor. Este sistema demandará muchos más recursos, con lo que la presión sobre la naturaleza crecerá, al tiempo que también lo harán las emisiones al aire, suelo o agua. Y traerá un nuevo modelo económico que se mantiene hasta nuestros días: el capitalismo.

La mentalidad emanada de la Ilustración y la Modernidad, de progreso y crecimiento como vías de creación universal de riqueza, fue asumida muy bien por el modelo capitalista. Configurándose en las últimas décadas del siglo pasado como sistema hegemónico, tiene como objetivo único la obtención del beneficio, a lo que se supedita todo lo demás. Si, incluso, los seres humanos no han dejado de ser mercancía, cuya fuerza de trabajo se compra y explota, ¿cuánto más no iba a ser la naturaleza? Sus recursos fueron utilizados sin miramientos, y puesto que el beneficio debe ir incrementándose y el capital recirculando, la extracción y procesamiento de recursos y fuentes de energía fue haciéndose cada vez más intensa, fabricando bienes de ciclo de vida más corto en un marco de incesante cambio.

Tras la recuperación económica que seguiría a la segunda guerra mundial, fue modelándose la sociedad de consumo, es decir, la puesta a disposición de la gran mayoría de los ciudadanos, bienes que hasta entonces habían estado reservados a una privilegiada minoría. Así, con mayor o menor financiación, el coche, los electrodomésticos o la segunda residencia fueron figurando entre los bienes propios de cualquier familia media, que en un principio eran cuidadosamente valorados y conservados, quizás por ser conscientes del esfuerzo y la novedad que su satisfacción ofrecía. Mas esto no bastaba para un sistema económico insaciable que entendió que el ciclo debía acelerarse, y así muchos productos iban quedando obsoletos mucho antes de lo que potencialmente se esperaba. Con una fuerte presión de la publicidad y el marketing, automóviles, ordenadores, teléfonos móviles, equipos de visión y sonido, fotografía…, se renovaban en tiempos insólitamente cortos, señalando como triunfadores a los que poseyeran el último modelo de cada uno de los artilugios que los medios ofertaban. Y es en este marco en el que comenzamos a hablar de crisis ambiental.

La crisis ambiental no es un término coloquial. Es un concepto aceptado y una verdadera realidad cuyo significado cae plenamente dentro de su definición: momento crítico, de encrucijada, incertidumbre y riesgo. Mas, ¿qué razones tenemos para afirmar que hoy nos encontramos bajo una situación de crisis ambiental?

Citaremos cinco factores. El primero es la globalidad. A lo largo de la historia, y en esa relación dialéctica entre ser humano y naturaleza, se han producido multitud de impactos locales y regionales. Es el caso de las lluvias ácidas, en donde las emisiones de gases pueden producirse en un país y aparecer la precipitación en otro, no demasiado distante el original. Mas, lo que nunca había acontecido hasta nuestros días era la presencia de problemas ambientales que afectan a todo el planeta. Dos ejemplos, aunque no los únicos, son la reducción de la capa de ozono y el cambio climático. Son, por otra parte, problemas que no han sido originados por todos los países por igual –la responsabilidad recae especialmente en los más desarrollados, que son los que más consumen y mayor contaminación producen- pero que en mayor o menor medida todos los están padeciendo. La globalidad no supone sólo un aumento en la intensidad de los impactos, sino un salto cualitativo, un nuevo perfil en los problemas ambientales que exigirá esfuerzos combinados para su resolución, a través de Acuerdos y Protocolos internacionales.

En segundo lugar encontramos la rapidez a la que la crisis ambiental se está produciendo. La forma en la que hoy evolucionan los problemas ambientales suele ser exponencial, lo que nos habla de cómo en las últimas décadas se han ido intensificando, desde el aumento de población al consumo de fertilizantes, pasando por las emisiones de cualquier contaminante a la atmósfera. La gravedad la encontramos no tanto en el propio problema en sí, sino en el tiempo tan extremadamente corto en el que está sucediendo. Así, cambios climáticos ha habido muchos a lo largo de la historia de la Tierra (y de la humanidad), pero nunca tan rápidos como ahora. Un cambio brusco impide la adaptación progresiva de los organismos a las nuevas condiciones, favoreciendo la extinción de muchos y dificultando las condiciones de vida de los demás.

Otro factor es el número de aspectos ambientales problemáticos que solemos citar cuando nos referimos a la situación actual. Ya no hablamos sólo de la contaminación del aire, agua o suelo, sino que cada vez aparecen nuevas áreas de preocupación: radicales libres, oxidantes, alteradores hormonales, productos orgánicos persistentes, transgénicos, contaminación electromagnética… Es, por tanto, una crisis multiforme, manifestada en muchos aspectos de nuestra vida, y que al tratarse de formas de contaminación crónica y aún no suficientemente conocidas, debiera imponerse el principio de precaución, allí donde los datos no son suficientes, y directamente el de protección detrás de las evidencias.

Mas los problemas no actúan aisladamente –cuarto factor- sino que se retroalimentan. Como consecuencia del efecto invernadero, parte de la radiación infrarroja que la superficie terrestre debería reflejar al espacio queda atrapada por las moléculas de dióxido de carbono o metano, por lo que la estratosfera se enfriará. Una estratosfera más fría favorece la destrucción de la capa de ozono al facilitar la formación de nubes heladas que aceleran las reacciones que intervienen en estos procesos. Al mismo tiempo, una capa de ozono debilitada permite la penetración de mayor cantidad de radiación ultravioleta a la superficie de la Tierra dañando la vegetación y el fitoplancton, con lo que se reducirían los sumideros naturales de dióxido de carbono, favoreciendo una mayor incidencia del cambio climático. De manera similar, un aumento de temperatura incrementará la reactividad de la baja atmósfera dando lugar, entre otros procesos, a la formación de nuevos contaminantes.

Terminemos con la última característica: la persistencia, es decir, la dificultad de eliminar los problemas ambientales una vez, incluso, de haber puesto los medios para resolverlos. Sin llegar al caso extremo de los residuos radiactivos, que permanecerán miles de años entre nosotros, no es difícil encontrar productos que aparecen en los lugares más recónditos o incorporados ya a los propios seres vivos, como se ha citado en relación con ciertos pesticidas y otros productos químicos, encontrados en los tejidos grasos de animales o en la leche materna. Generamos, pues, problemas que nos cuesta gran trabajo resolver.

Las consecuencias de estos factores de riesgo son evidentes. Tal vez lo más grave sea la alteración del equilibrio ambiental, lo que podría modificar las condiciones de existencia de muchos seres vivos y hacer más difícil la nuestra. La diversidad biológica se reduce en niveles entre 100 y 1.000 veces superior a las tasas regulares, lo que supone un verdadero drama por la pérdida de especies, muchas de las cuales aún no habíamos conocido (se cree que existen alrededor de 10 millones de especies en el planeta, de las que sólo conocemos algo menos de 2 millones). Cada especie es un patrimonio único y una reserva genética insustituible, además de la interconexión entre ellas donde la ausencia de determinados grupos puede repercutir en el desplome del edificio global.

Y de forma paralela, la de nuestra propia salud, cada vez más erosionada por los factores exteriores, aunque al tratarse de impactos a medio y largo plazo tendemos a ignorarlos. Aparte de los impactos globales, como el cambio climático, que crearán un entorno hostil para todos los seres vivos –incluidos los humanos y sus poblaciones más vulnerables- estamos siendo expuestos a multitud de productos químicos (la industria ha liberado 120.000 diferentes) de los que no conocemos todavía sus efectos, pero que como se ha demostrado en diferentes análisis, realizados dentro y fuera de España, al menos dos docenas están ya presentes en nuestros organismos.

La crisis ambiental tiene responsables. Se nos quiso hacer creer que era el precio del progreso, consecuencia inevitable de nuestro necesario desarrollo. Hoy sabemos la mentira que ese mensaje escondía, porque no es el resultado del progreso, sino de una determinada manera de entenderlo. Nadie duda de que, mientras haya un ser humano sobre la Tierra, habrá avance y desarrollo, por lo que lo importante es dar a esa palabra el matiz adecuado. Por ello, el modelo que beneficiará a los pueblos es el sostenible, que se vislumbra como única alternativa. Un simple dato nos lo ilustra: según algunos cálculos, hoy utilizamos ya el 25% de los flujos y recursos naturales para mantener nuestra actividad. ¿Hasta cuánto podríamos aumentar? Lógicamente, no más de cuatro veces, lo que nos situaría en el 100%. Sin embargo, para que cualquier ciudadano de la Tierra pueda vivir como lo hacemos en los países ricos, habría que aumentar esa proporción 20 veces. Sencillamente, imposible.

Hay que actuar políticamente preocupándose por los hechos que suceden a nuestro alrededor y las causas que los originan, actuando y exigiendo soluciones duraderas, más allá de parches o caridades a corto plazo. Y esa actuación es indisociable de la personal, en la que la educación ambiental tiene mucho que decir. Somos conscientes, y las encuestas de opinión así lo revelan, que nuestra sociedad valora lo privado y es olvidadiza en cuanto a lo público y al compromiso. También que nuestros conciudadanos son dados a moverse con rapidez en proyectos de los que obtengan una rentabilidad y lentos y distraídos cuando se abordan tareas a largo plazo sin mayor recompensa que el deber cumplido. Creemos que la educación juega un papel fundamental en este cambio de intereses, educación transformadora y revolucionaria, heredera de las grandes escuelas de pedagogía activa que apostaban, sin ambages, por un ser humano nuevo y comprometido.

Necesitamos reducir nuestros niveles de consumo y plantar cara a un modelo de crecimiento económico que se apoya en bienes y productos, si no superfluos, de incesante renovación. Mas esto no será sino consecuencia de un cambio de nuestra escala de valores, Sustituyendo los contravalores que el sistema difunde, como vivir el momento, usar y tirar, ir a lo suyo, todo vale…, por valores que profundicen en el ser, porque sólo así nos reportarán satisfacciones profundas. El sistema capitalista sabe bien que fomentando la superficialidad puede orientar la insatisfacción hacia los sucedáneos. Ante esto no queda sino la vía de actuación socio-política, desde el ámbito local al supranacional, y la educación y conciencia ambiental, no sólo para niños, sino para la población adulta, que es de quienes los niños aprenden y los que cometen hoy los daños ambientales.

Presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental. Grupo de Medio Ambiente de Izquierda Unida de Granada.

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