El conflicto por el Movimiento San Isidro

Entre la provocación y las reclamaciones legítimas

La intervención de la policía contra una supuesta huelga de hambre, organizada sin respetar las medidas de seguridad en la pandemia por un pequeño grupo opositor, el Movimiento San Isidro, en solidaridad con uno de sus miembros condenado por desacato, movilizó en La Habana a intelectuales y artistas por las reivindicaciones que vienen manteniendo y consiguieron establecer un diálogo con el Ministerio de Cultura para ampliar la libertad de creación artística. Se cruzaron así las reclamaciones de un sector crítico dentro del socialismo con la provocación de un puñado de opositores que se identifican con Donald Trump.

JUEGOS SUCIOS
Elsa Claro
Fuente:
cubadebate.cu

Ni cuando se escribe la palabra azalea es posible afirmar que la A y la Z son iguales. Las dos son letras, pero cada una figura en el alfabeto con funciones y caminos propios. Se advierte también en la bufonada referente a las diferencias entre gimnasia y magnesia, por muy parecidas que suenen.

La analogía sirve de puentes para adentrase en asuntos de complejidad notable. Digo, por ejemplo, que homologar o darle avales al esperpento de San Isidro con la impronta y los destinos de la cultura cubana es una torpeza. Da miedo.

Jamás es una palabra que detesto, pero la uso para reafirmar que no comulgaré con quienes carecen de recato o decencia y usan una bandera cubana como taparrabos e incluso la dejan caer en plena calle y exhibir lo que no por fuerza es admirable.

Tampoco, por favor, me asocien nunca con aquellos capaces de asumir como propio a quienes dañan a diestra y siniestro, Cuba incluida. Quienes aceptan o proclaman preferencia hacia aquel (léase Donald Trump y sus sacristanes) capaz de aumentar las lesiones provocadas a nuestro pueblo con su bloqueo sobre bloqueo, no merecen solvencia ni respaldo.

¿Significa eso no comulgar con la diferencia o la pluralidad? Error. Nadie puede respetarse a sí mismo si no acepta y entiende a los demás. Tener discernimiento anchuroso, es uno de mis pecados favoritos y me dispongo a mantenerlo vivo.

No tengo impedimento alguno para aceptar que nuestro proyecto social tiene deficiencias, pero también, como el sol, prodiga aciertos y generosidad. En el plano del arte y sus diversas manifestaciones, también se acumularon intemperancias. Objetivos sacados de sótanos cerebrales y los surgidos en praderas de aire fresco, indistintamente, quedaron algo huérfanos de realismo práctico o atenciones específicas, particularizadas, o, si se prefiere, tan espléndidas como se anhela.

Es un sector difícil por heterogeneidad de las manifestaciones artísticas y sus practicantes. No siempre los dirigentes de un sector dado, están a la altura de sus responsabilidades o, a lo mejor, carecen del toque personal atinado y la ejecutoria convenientes.

Admitir tal realidad no implica concordar con la insolencia, el regodeo de lo marginal (Falta de integración de una persona o de una colectividad en las normas sociales comúnmente admitidas, según la Real Academia) que pretenden imponer como si fuera algo superior a las semillas y árboles cultivados durante 60 años.

Tales individuos hacen retroceder. No formulan avances dignos de ser imitados. Entre quienes se les asocian, posiblemente haya sanamente equivocados y confunden la pluralidad de pensamiento y el derecho a expresarse, con cierta mugre mental que, es lamentable, existe y quizás nunca sea extirpada por completo aquí ni en todos los allá posibles.

Otro aspecto, ineludible, es eso llamado sentido de la congruencia. En un momento especialísimo, ante retos desafiantes y en un entorno mundial no menos comprometido, afiliar exigencias válidas con la defensa de lo degradante y desechable, no es opción aceptable.

Meritorio dialogar, buscar entendimiento, pero deslindando lo justo de lo impugnable. No es igual cuando se edifica que destruir a ciegas, por mezquinas recompensas, dejando en la demolición, vergonzosamente, trozos de sueño y verdades.

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