Me lo contó Porfirio Muñoz Ledo cuando yo era el corresponsal de RNE para México, América Central y el Caribe.
Felipe González fue el único dirigente de la entonces poderosa socialdemocracia europea que no apoyó la candidatura del Frente Democrático al que en 1988 le arrebataron la victoria contra el Partido Revolucionario Institucional (PRI) mediante un tremendo fraude (reconocido incluso por la CIA) en las elecciones presidenciales de México. Porfirio Muñoz Ledo dirigió la operación de la disidencia del PRI para presentar la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas en un Frente Democrático Nacional contra la de Carlos Salinas de Gortari en la dictadura perfecta del PRI.
Muñoz Ledo buscó el apoyo para la campaña electoral de Cárdenas de los mal llamados partidos socialistas europeos. Le concedieron su colaboración casi todos los socialdemócratas con mucha fuerza política en Francia, Portugal, España, Alemania, Gran Bretaña, Suecia, Austria, Italia y Grecia. Prácticamente todos menos Felipe González. Con mucha amargura, Porfirio Muñoz Ledo me contó que Felipe González le decía que el monopolio político del PRI era “lo mejor para México”.
El felipismo mantuvo muy buenas relaciones con el gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari, cuya complicidad con los narcotraficantes se comprobó después de que sometiera a México al Tratado de Libre Comercio (era todo lo contrario) con Estados Unidos.
En una visita oficial a México, el ministro de Asuntos Exteriores Francisco Fernández Ordoñez nos dijo a los asombrados corresponsales españoles que las relaciones bilaterales eran estupendas porque “se llevan muy bien su liberalismo social y nuestro socialismo liberal”.
A sus 87 años, Porfirio Muñoz Ledo forma parte del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) del presidente Andrés Manuel López Obrador después de su sucesiva militancia en el PRI y en el Partido de la Revolución Democrática (PRD) de Cuauhtémoc Cárdenas.
Pudo ser Presidente de México con el PRI pero al final no le concedieron el dedazo, con el que designaban a los sucesores, ni Luis Echeverría en 1976 ni José López Portillo en 1982.








