El término raza, inscrito en la Constitución alemana de 1949 como antídoto contra el ideario racista nazi, divide a la Alemania de hoy entre quienes defienden el sentido del articulado y quienes alertan de que es obsoleto y contraproducente.
«Nadie debe verse perjudicado o favorecido por su sexo, su origen, su raza, su idioma, su patria, su creencia o su ideología religiosa o política», establece el artículo 3 de la Carta Magna. Así quedó redactado cuatro años después de la derrota del Tercer Reich para preservar a las generaciones presentes y futuras del fanatismo nazi por la raza aria.
“Entre los seres humanos no hay, según la ciencia, más que una raza. No es acorde con los tiempos y debe ser modificado», advertía recientemente el diputado Karamba Diaby en declaraciones a la radio pública regional de Berlín y Brandeburgo.
Diaby, del cogubernamental Partido Socialdemócrata (SPD), nació en Senegal y se convirtió en 2013 en el primer diputado negro del Bundestag, el Parlamento Federal. Ha sufrido varios ataques racistas, el último de ellos en forma de disparos contra su oficina de Halle, en el este del país, donde la ultraderecha es la segunda fuerza.
La decisión del gobierno alemán sobre migrantes no es la correcta. Su protección es un acto moral. El 2020 no fue un año que estimulara la amistad entre distintos pueblos. Las reacciones a la pandemia no fueron altruistas. Lo primero que hicieron algunos países fue cerrar sus fronteras a los extranjeros. Algunos incluso se las cerraron a sus propios nacionales que intentaban regresar.
La producción de insumos de salud fue confiscada para uso interno y la compra de vacunas se convirtió en un remate en el que quienes primero compraron, antes de que hubiera resultados de las pruebas, fueron los que ya hoy empezaron a vacunar.
La presidenta del gobierno, Angela Merkel, debe estar muy agradecida a los hijos de inmigrantes turcos creadores de la vacuna contra la Covid.
Algunos espíritus menores no fueron capaces de superar sus odios. Unos contra el gobierno, otros contra los extranjeros. La protección de los migrantes es sobre todo un acto moral. Hay quienes además hacen cuentas y muestran que es conveniente. Puede ser pero ese argumento es secundario.
Una de las novedades bibliográficas del año pasado fue La amabilidad de los extraños, de Michael E. McCullough, profesor de psicología de la Universidad de California. El subtítulo es explicativo: ‘De cómo un simio egoísta inventó un nuevo código moral’. Se refiere al código de respeto y amabilidad con los migrantes y discute argumentos de la evolución natural para explicar su surgimiento.
La historia de la humanidad es de migraciones. Migraciones que fueron violentas. El asunto era conquistar o ser conquistado, aniquilado o esclavizado.
Algo pasó recientemente que cambió las cosas, tan recientemente que resulta difícil explicarlo con la evolución natural. Y eso es lo que plantea el libro mencionado. Surgieron legislaciones que se apiadaban del desvalido, instituciones que apoyaban, por ejemplo, a las viudas y a los huérfanos y también a quienes, por sequías y hambrunas, o por expulsión, debían emigrar.
El autor del libro ve el surgimiento de esos códigos morales relacionado con la norma de oro: “No hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti”. Y a partir de ella, con elaboraciones racionales y lógicas que conducen a una moral más moderna. Sus argumentos, si bien no son definitivos, son fuertes. La decisión reciente del gobierno alemán de no proteger a los migrantes no es la correcta de acuerdo con esta lógica, alejada de la de aquellos simios cuyos horizontes se limitaban a los de su pequeña tribu.







