Las mujeres a lo largo de nuestras vidas sufrimos diversas opresiones, ya sea de clase, género, raza o orientación sexual y muchas veces también por otra opresión y/o condición como es la diversidad funcional, que se manifiesta en la vida de muchas de nosotras, aunque en la mayoría de los casos es silenciada socialmente u olvidada.
En primer lugar, debemos indicar que todas las personas somos diversas funcionalmente porque todas somos diferentes y eso nos hace conformar una sociedad diversa globalmente, ya que no tenemos las mismas actitudes ni aptitudes y eso no es negativo ni positivo ni debería restar en absoluto, y por otro lado todas las personas tenemos mucho que aportar a la sociedad.
El problema radica cuando en nuestras sociedades los estándares de funcionamiento son construidos en base a unos parámetros en que no todas las personas estamos incluidas, por “carecer” de las características construidas en base a las “aptitudes” de la población media.
Si las mujeres constituimos el 51% de la ciudadanía de nuestro país, hay que señalar que del total de personas con diversidad funcional en nuestro país (alrededor de 4 millones), el 61% son mujeres. Las tasas de discapacidad por edades son ligeramente superiores en los hombres hasta los 44 años y a partir de los 45 se invierte la situación, creciendo esta diferencia a medida que aumenta la edad.
Las mujeres presentan una tasa de discapacidad por mil habitantes (106,3) significativamente más alta que los hombres (72,6). Por grupo de discapacidad, las tasas más altas en mujeres corresponden a: movilidad (77,5), vida doméstica (69,2) y autocuidado (55,3). En los hombres las tasas más altas corresponden a: movilidad (42,6), autocuidado (31,3) y vida doméstica (29,5). (Instituto Nacional de Estadística, 2008).
A esta proporción debemos añadir, las dificultades que las mujeres con diversidad funcional tenemos a la hora de acceder a cuestiones básicas económicas como el empleo o la vivienda. El mercado laboral plantea un sinfín de barreras para las personas con diversidad funcional que resultan en un alto índice de paro y unos niveles de precariedad superiores a la media. Sin embargo, existe un agravante que multiplica exponencialmente las dificultades a las que se enfrentan las personas con diversidad funcional que quieren acceder al mercado laboral: ser mujer, ya que la cuestión de género nos atraviesa por completo a la hora de buscar trabajo. Si el porcentaje de personas contratadas con algún tipo de diversidad funcional ya acusa gran diferencia respecto al del resto de la población, en el caso de las mujeres es aún menor. Esto provoca que las mujeres con diversidad funcional conformemos uno de los segmentos de nuestra sociedad con menos recursos y mayor riesgo de exclusión social como es denunciado por algunas fundaciones como por ejemplo Cermi Mujeres.
Éstas y otras formas de discriminación por razón de género y diversidad funcional son las que separan a las mujeres con diversidad funcional del derecho al trabajo y a una vida digna, por ello desde el Movimiento Democrático de Mujeres exigimos políticas públicas inclusivas que pongan el foco en las personas, y no en los mercados, y que avancen para poner fin a todo este tipo de discriminaciones, que nos permitan avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria.








