“La República de Venezuela por una parte y Su Majestad la Reina de España doña Isabel II por otra, animadas del mismo deseo de borrar los vestigios de la pasada lucha y de sellar con un acto público y solemne de reconciliación y de paz las buenas relaciones (…)” Así se abría un periodo de relaciones diplomáticas y comerciales entre quienes pugnaron por la libertad y la independencia política en Suramérica y una España que hacia mil años se debatía entre las penumbras medievales y las breves luces liberales del siglo XIX.
Era el acuerdo conocido como el Tratado de Paz y Reconocimiento entre España y Venezuela, firmado en Madrid el 30 de marzo de 1845 por Alejo Fortique, representante plenipotenciario de Venezuela, y el ministro de Estado español Francisco Martínez de la Rosa.
Luego de una guerra devastadora y extremadamente sanguinaria, ambos Estados volvían la mirada atrás para ver las cenizas que en cada uno de los artículos del tratado revuelca el Ave Fénix para explicar razones que hoy no terminamos de responder y seguimos preguntando ¿por qué tanta saña? ¿Por qué todavía se sigue azotando a un pueblo que solo ha hecho honor a su democracia y a sus tratados sociales? Preguntas que encuentran ecos en este antecedente histórico.
El Libertador Simón Bolívar, poco más de veinte años antes del histórico tratado de 1845, levantaba los campamentos patriotas suramericanos en Ayacucho, Perú, arreando las banderas de una victoria que venía lanza en ristre desde que en noviembre de 1820 el general Pablo Morillo y él acordaron el armisticio y el tratado de regularización de la guerra en Trujillo, Venezuela, suerte de cortesía final y definitiva.
El tránsito del Tratado de Paz recorrió más de diez años de discusiones y desencuentros. Primero por el asunto económico de las deudas, secuestros y confiscaciones de bienes durante la guerra (1811-1824) y luego por las condiciones políticas y los contratiempos de guerras intestinas en España, así como las tensiones geopolíticas en las que los intereses de Inglaterra amenazaban discordias al enclavar posiciones militares cerca de los grandes ríos en el septentrión suramericano, como el Orinoco en Venezuela, el Esequibo en Guyana y el Río de la Plata en Argentina.
El primer proponente fue el general José Antonio Páez en 1833, presidente de la recién República de Venezuela, que solicitaba reconocimiento del Estado nación ante el mundo y hacerlo con España era un asunto de honor.
Los posicionamientos geopolíticos hegemónicos de las grandes potencias en el siglo XIX jugaban un rol definitorio en los asuntos diplomáticos de Europa como el caso de Inglaterra que disputaba territorios y deudas de guerra en ultramar. El Tratado de Paz lo empezaron a operar diplomáticamente el más alto rango de generales de la independencia, Mariano Montilla, Carlos Soublette y Daniel Florencio Oleary, luego se vuelve a activar con Sir Belford Hinton Wilson al ser nombrado Encargado de Negocios y Cónsul General británico en Caracasen en noviembre de 1842. Recordemos que Wilson fue edecán del Libertador y su mediación ante la diplomacia británica abrió una posibilidad para facilitar los acuerdos con España. Eso le dio confianza a Venezuela para nombrar sucesivamente a varios negociantes que provocaron reacciones adversas por las respuesta de España que la aventajaban ante Venezuela y finalmente los asuntos más descollantes del acuerdo como las deudas de guerra entre ambas naciones se postergaron para ser discutidas en otros convenios. Con Carlos Soublette en la presidencia de Venezuela, se da el punto final al acuerdo el 30 de marzo de 1845.
“Unas tierras que Dios había ofrendado al Rey”
El general Soublette y Oleary fueron los encargados de llevar las primeros magnos papeles para el tratado con España, por lo que se trasladaron en un buque de guerra facilitado por el Duque de Wellington y llegaron al puerto de La Coruña donde el Capitán General de Galicia, Pablo Morillo, conde de Cartagena, marqués de La Puerta y antiguo comandante en jefe del ejército realista en Nueva Granada y Venezuela, los recibió y mostró su admiración por el ejército patriota contra el cual él dirigió una guerra a muerte.
Pablo Morillo tendió el puente para que los venezolanos se encontraran con el ministro de Estado español Martínez de la Rosa en Madrid y, aunque la negociación se obstaculizó por la exigencia de España para que Venezuela reconociera las indemnizaciones a los realistas de los bienes incautados por la República en el trance de la guerra de independencia, quedó una ventana abierta para que nuevos negociadores buscaran próximos arreglos posicionando coincidencias y posponiendo divergencias. Es cuando apareció en escena el embajador Alejo Fortique, designado por el entonces presidente Carlos Soublette ministro plenipotenciario de la República de Venezuela en Londres, para buscar nuevas rutas de negociación bajo la mirada diplomática de Francia y el Reino Unido, interesados en abrir caminos comerciales entre Suramérica y Europa.
Fue difícil para la Corte Española asumir la derrota de un ejército que había vencido a los musulmanes, que penetró suelo británico con una armada invencible que dominó un inmenso continente durante 300 años para que luego unos americanos descamisados, oscuros de piel y descalzos le arrojaran de unas tierras que “Dios había ofrendado al Rey” y ante quienes ahora había que bajar la mirada para aceptarlos como independientes según el artículo primero del Tratado de Paz.
Las deudas a la tesorería española para ser canceladas por Venezuela se postergaban para otros acuerdos y los bienes incautados por la República a particulares se indemnizarían si estas tuvieren lugar en papel de la deuda consolidable en documentos de crédito contra el Estado, entre otros asuntos jurídicos y económicos.
El Tratado de Paz consideraba los derechos y deberes de los súbditos españoles y de los ciudadanos venezolanos igual que facilitó las relaciones comerciales entre uno y otro Estado para conservar la paz y la buena armonía que felizmente estableció el tratado.
Venezuela y España, desgastadas por las guerras, tenían que salir a flote en medio de una crisis financiera y económica derivada de conflictos bélicos pero en tanto Venezuela tenía los laureles militares de su victoria sobre el ejército español a la monarquía no le quedó otro recurso que aceptar lo más preciado del documento, el reconocimiento de la independencia y la soberanía de la república suramericana a riesgo de ser “mal ejemplo” para los dominios que aun tenía España en el Caribe.







