Represión criminal de los militares golpistas contra las manifestaciones y las huelgas

Arde Birmania

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El 1 de febrero los tanques volvieron a las calles birmanas. La supuesta manipulación de las elecciones de noviembre de 2020 fue el pretexto utilizado por el ejército. La Liga Nacional por la Democracia, LND, un partido liberal, ganó y pretendía introducir reformas en la constitución de 2008, impuesta por los militares, para limitar su poder. La reforma anularía el poder de veto del ejército y ha sido una de las claves del golpe de Estado.

El nuevo presidente interino, el general Myint Swe, fue quien aplastó la revuelta azafrán de 2007 y el general Min Aung Hlaing, el hombre fuerte de la Junta Militar, dirigió la terrible represión que expulsó a cientos de miles de rohinyás a la vecina Bangla Desh.

A pesar de la ley marcial y del toque de queda, del bloqueo a internet y de los decretos de excepción, y pese a que el ejército, Tatmadaw, puede registrar los domicilios, las manifestaciones de protesta y las huelgas se han sucedido en todo el país. Los días de azafrán de 2007, una revuelta dirigida por los monjes budistas, han tenido continuidad en la huelga general del 22 de febrero que paralizó el país y en la de diez días que se inició el 8 de marzo.

El ejército había advertido que muchos manifestantes “podrían morir” y así ha sido. Han asesinado en las calles a centenares de personas.

El ejército impuso la dictadura entre 1962 y 2011, medio siglo de represión y matanzas, y combatió con ferocidad a los comunistas y a las minorías nacionales que organizaron sus propios ejércitos. En 2011, el Tatmadaw empezó a mejorar las relaciones con Estados Unidos y aceptó el reparto del poder con Aung San Suu Kye y la LND pero era el mismo de 1988: ese año, la Junta Militar aplastó el levantamiento 8888 (8 de agosto de 1988) del que acusaron al Partido Comunista, causando miles de muertos. En la calle Barr de Rangún, donde se fundó el Partido Comunista Birmano en agosto de 1939, los militares dispararon a la muchedumbre en agosto de 1988: fue una masacre.

La democracia limitada y neoliberal de Aung San Suu Kye

Aunque durante mucho tiempo Aung San Suu Kye mantuvo una excelente reputación internacional y es admirada por buena parte de la población birmana, es una dirigente autoritaria que ha utilizado la censura y ha detenido a periodistas y voces críticas. Su partido, la LND, defiende un programa neoliberal y una economía capitalista, transige con una democracia limitada que mantiene a los comunistas y la izquierda en la ilegalidad y acepta que los militares continúen siendo propietarios de las poderosas corporaciones económicas que controlan. Aung San Suu Kyi inició una pragmática aproximación a los militares que le llevó demasiado lejos. Aprobó la represión a los rohinyás, que se acentuó en 2017, y defendió la actuación del ejército en 2019 ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya. De esa forma, el gobierno de la LND secundó a los militares que asesinaron, violaron a mujeres y niñas e incendiaron poblados en la terrible campaña contra los rohinyás en el estado de Rajine, e incluso limitaron el derecho a voto de parte de la población que no pudo participar en las elecciones de noviembre de 2020. Sus difíciles equilibrios políticos le llevaron igualmente a mejorar las relaciones con China para conseguir su ayuda en el desarrollo de Birmania.

India se ha convertido en el principal suministrador de armas del Tatmadaw y colabora con él contra las guerrillas de las minorías birmanas. Estados Unidos sostiene la carta de Aung San Suu Kye aunque no descarta otras opciones. La vecina Thailandia es un ejemplo del acomodo de Washington con militares golpistas. En Birmania, actúa a través de la NED (National Endowment for Democracy), que financia a ONGs supuestamente independientes, y también con la USAID, la agencia que trabaja con la CIA y depende del Departamento de Estado. Busca dañar las cuantiosas inversiones chinas y, sobre todo, romper su colaboración con Pekín bajo cualquier gobierno. A mediados de marzo, el incendio simultáneo de fábricas birmanas donde China tiene intereses indicaba una planificación deliberada. Tras ello, no es difícil ver la mano de Estados Unidos, que ya ha inspirado sospechosos atentados terroristas en Pakistán contra instalaciones e ingenieros chinos que han causado muertos.

Washington ha sancionado al general Min Aung Hlaing, el espadón del golpe de Estado, pero, al mismo tiempo, su embajada en Rangún colaboraba con una compañía cinematográfica de su hija. Además, el Ejército de Salvación Rohinyá de Arakán, ESRA, una guerrilla nacionalista e islamista, con vínculos con Arabia Saudita y Pakistán y cuyos milicianos han sido entrenados por los talibán, se ha convertido en un recurso de los servicios secretos estadounidenses para sabotear los proyectos chinos en Birmania.

Estados Unidos empezó a negociar discretamente con la dictadura hace más de una década y en noviembre de 2011 Hillary Clinton viajó a Birmania, entrevistándose con el general Thein Sein, hombre fuerte de la Junta Militar. Obama siguió sus pasos y llegó a Birmania en 2012, aplicando el giro a Asia decidido en el Pentágono y el Departamento de Estado con el objetivo de contener a China. Obama volvió en noviembre de 2014, levantó las sanciones a la dictadura y apoyó al general Thein Sein, confiando en atraerse al gobierno que surgiese de la limitada reforma democrática.

El PCB ilegalizado desde 1953

El ejército birmano desconfía de China, por su apoyo histórico a la guerrilla del Partido Comunista, y le acusa de complicidad con otros grupos guerrilleros en las regiones fronterizas pero quiere mantener buenas relaciones, consciente del potencial económico chino. Pekín mediaba entre el gobierno birmano y el Estado Wa, una región de la extensión de Galicia que se declara socialista y es independiente en la práctica aunque siga bajo soberanía de Birmania, y que mantiene un ejército de treinta mil soldados y buena conexión con Pekín. El golpe de Estado no favorece a China porque crea una gran inestabilidad en Birmania y afecta a la ASEAN y al RCEP. No por casualidad, el diario Global Times, portavoz oficioso del gobierno chino, publicó un editorial exigiendo que “Estados Unidos se abstenga de echar leña al fuego”. Estados Unidos pretende, por un lado, sabotear la ruta que comunica el Xinjiang chino con el puerto pakistaní de Gwadar y por otro impedir el desarrollo de la vía que une la ciudad china de Kunming con el puerto birmano de Kyaukpyu. Son los dos ramales que facilitarían la salida de China al Mar Arábigo y al golfo de Bengala sin depender de la ruta que atraviesa el estrecho de Sumatra, por donde pasan buena parte de sus mercaderías e importaciones de hidrocarburos de Oriente Medio. Estados Unidos dificultaría así el desarrollo de la nueva ruta de la seda china.

Para que la situación no se agrave y aumente la violencia, China, Rusia, India, Indonesia y Vietnam intentan mantener una difícil vía negociadora entre las partes, los militares y la LND de Aung San Suu Kye. China y Rusia firmaron el comunicado del Consejo de Seguridad, tres días después del golpe, que mostraba la «profunda preocupación» por la situación en Birmania, pedía la libertad de los detenidos y apoyaba la apertura de negociaciones para una solución democrática.

El Partido Comunista de Birmania, que fue el partido más importante del país cuando pudo actuar libremente, es ilegal desde 1953 y ha sido ferozmente perseguido, como en Arakán en 1978, cuando los militares expulsaron a sus militantes hacia Bangla Desh. Desde la clandestinidad, el Partido Comunista de Birmania rechaza la constitución de 2008, impuesta por el ejército, y desconfía de la LND que la aceptó. No en vano, reserva al ejército la cuarta parte de los escaños del Parlamento y los ministerios de Defensa, Interior y Fronteras, y configura una democracia demediada donde los comunistas y la izquierda continúan siendo perseguidos.

La Junta Militar ha captado a dirigentes opositores integrándolos en el gobierno golpista, como Thet Thet Khine, anterior diputada de la LND, y U Ko Ko Gyi, dirigente de las protestas de 1988 y de la LND, así como a Padoh Mahn Nyein Maung, ex preso político de la Unión Nacional Karen, entre otros, pero la protesta contra el golpe de Estado es masiva y la situación evoluciona con rapidez. El Partido Comunista llama a persistir en la huelga y la movilización para derrocar a la Junta Militar, exige la liberación de todos los presos políticos, la abolición de la constitución de 2008 y la elaboración de una nueva Carta, que asegure la libertad y los derechos de las minorías, y clama contra la corrupción, que ha seguido emponzoñando el país con el gobierno de la LND. Pero la influencia de la izquierda es limitada, tras tantas décadas de represión y clandestinidad. Miles de presos comunes, delincuentes, han sido liberados por la Junta y queman casas de los campesinos para que la población reclame orden mientras los tanques patrullan Rangún y arde Birmania.

Analista internacional

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