La Loma de los Catalanes en La Habana que sería la Plaza de la Revolución

Donde hoy se encuentra la Plaza de la Revolución en La Habana estuvo antes un templo católico dedicado a venerar a la virgen catalana de Monserrat y fue por eso que aquel balcón natural comenzó a ser llamado la Loma de los Catalanes.

La historia comenzó cuando en 1885 el padre Pere Muntadas y directivos del Centro Catalán de La Habana concibieron la idea de construirle una iglesia a la virgen de Monserrat. El lugar elegido para levantarla fue la Loma de Tadino, una elevación que de alguna manera podía representar a la montaña de Monserrat. Se abrió una suscripción popular para cubrir los gastos y en 1886 se colocó la primera piedra. La obra se inauguró el 24 de julio de 1921. Vivían en Cuba 16.000 catalanes.

Cuando en 1919 el santanderino Ramón Fernández se mudó a la Loma de los Catalanes el lugar no pasaba de ser un reguero de fincas, lecherías, potreros, corrales, barrancos y arboledas. La finca a donde fue a vivir Ramón con su familia se llamaba La Huerta. Era enorme, abarcaba todo el terreno entre la Calzada de Ayestaran y la Avenida de Rancho Boyeros, desde donde hoy está el Palacio de la Revolución hasta la Biblioteca Nacional. La casa, en medio de una gran arboleda, estaba en el espacio que hoy ocupa el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Alrededor de la ermita vivían muchas familias de renombre. Macho, un hijo de Ramón, me contó que había gente célebre como el General Ducassi, veterano de las guerras de independencia, o míster Ortiz, el administrador de los ferrocarriles, pero lo más significativo del paisaje era la iglesia que le dio nombre a la Ermita de los Catalanes y que se encontraba donde hoy está el semáforo de la Calle Paseo. Allí estuvo hasta que los sueños de grandeza de algunos políticos decidieron ocupar el lugar para levantar sus proyectos de Plaza Cívica.

En 1926 el dictador Gerardo Machado se dispuso a modernizar la ciudad y dotarla de una gran plaza central. Con ese propósito, el famoso urbanista francés Forestier, con la colaboración de ingenieros y arquitectos cubanos, llevó a los planos el proyecto de la plaza.

En 1950 el gobierno expropió los terrenos de la Loma de los Catalanes. La demolición de la ermita comenzó a finales de noviembre de 1951. Macho me explicó que la iglesia fue trasladada hasta donde está hoy, en la Avenida de Rancho Boyeros. Dijeron entonces que la mudaron piedra a piedra pero él considera que era solo una leyenda. También creía que la virgen de los catalanes era morena no por su origen étnico sino por el efecto de las velas sobre su rostro.

Después de varios concursos, resultó premiado el proyecto del arquitecto Aquiles Maza y del escultor Juan José Sicre. La estatua de Martí, de 18 metros de alto, comenzó a tallarse en octubre de 1956 y se terminó en agosto de 1958. Se utilizó mármol de El Abra en Isla de Pinos, donde Martí estuvo desterrado.

Se ejecutaron las obras. Primero la furnia del cimiento, después el obelisco con su espiral de 579 escalones; a continuación, las seis columnas representativas de otras tantas provincias y finalmente la tribuna que alentó peregrinos sueños de grandeza. Al frente, la figura de Martí, mayor que el Lincoln de Washington pero tan fría y convencional como aquella.

Pronto los marinos desplazaron a la cúpula del Capitolio, tomando el monumento como nuevo y más preciso punto de referencia para su navegación. Plaza Cívica insistían en llamarla, pero el público la denominó la raspadura, en alusión a un popular dulce artesanal que se obtiene de la caña de azúcar con un raspador que se parece al obelisco.

Fulgencio Batista no tuvo tiempo de establecer allí su tribuna. Huyó el último día de 1958 y la plaza cobró nueva vida. Para esperar a Fidel de su viaje continental la estrenaron las multitudes y desde entonces la llamaron con nombre propio Plaza de la Revolución José Martí.

Retienen todavía sus rincones los ecos de la proclamación de la segunda independencia, el rumor jubiloso de las masas, el paso firme de las botas guerrilleras, las entrañables voces de Camilo, el Che y Fidel, la tristeza combatiente de los lutos y las despedidas. Ahí crecieron el justo encono y la determinación militante. Desagravio mayor a la altura de Martí.

(*) Luis Adrián Betancourt es periodista, escritor e historiador cubano.

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