Con doce años una niña del barrio de Triana en Los Llanos de Aridane atravesaba a pie parte de un malpaís de lava para coger la guagua. El destino, la escuela de Todoque, donde una maestra de forma gratuita la preparaba para el examen libre de primero de bachillerato. Ahora, aquella niña -mi madre, hoy con 68 años- veía como lo que fue el lugar que le permitió prepararse para poder seguir formándose quedaba reducido a cenizas como consecuencia del volcán que desde el 19 de septiembre sufre la isla canaria de La Palma.
Cuando se redactan estas líneas, 420 edificaciones y más de 15 kilómetros de carretera han sido destruidas, afectando a 190 hectáreas de superficie, según los datos del satélite del programa Copernicus de la Unión Europea. Más de 6.000 personas se encuentran evacuadas. Algunas con la certeza de haber perdido su casa, fruto del esfuerzo y los ahorros de toda una vida. Otras con la incertidumbre de no saber si volverán a verla. Todos ellos acogidos por familiares, amigos, hoteles e incluso en un acuartelamiento militar.
Bastaron solo unas horas para que la destrucción asociada a un fenómeno natural como es un volcán pusiera sobre la mesa la imposibilidad de poder desarrollar cualquier proyecto vital si no se garantiza, al menos, techo, pan y trabajo.
La solidaridad procedente de todos los rincones de la isla, del archipiélago y del resto del país ha permitido que, gracias a miles de pequeñas donaciones, se hayan llenado de alimentos, ropa y otros enseres las instalaciones del Polideportivo Severo Rodríguez de Los Llanos de Aridane.
La tercera erupción volcánica que vive la isla en menos de cien años ha supuesto un grado de destrucción material mucho mayor que episodios volcánicos anteriores y también unas consecuencias hasta hoy desconocidas.
Quienes vivimos cerca del lugar donde se produjo el estallido del volcán, Cabeza de Vaca (El Paso), llevamos casi una semana acostumbrándonos al ruido intenso del magma que sale en forma de lava de sus bocas, a temblores periódicos que mueven puertas y ventanas, a las cenizas que todo lo cubren o a las impresionantes columnas de gases.
Un volcán en plena pandemia, tras un verano marcado por un devastador incendio urbano-agrícola, que ha dejado a La Palma atravesada por un sentimiento de miedo e incertidumbre ante el futuro más inmediato. Se necesita urgentemente una inversión pública, hasta ahora desconocida, para poder comenzar a recuperar una cierta normalidad y que no suceda como durante gran parte del siglo XX cuando varias generaciones vieron en la emigración la alternativa donde buscar un futuro mejor.
Se trata de reconstruir pero también de planificar una isla que permita que los 23 alumnos del colegio de Los Campitos, arrasado por la lava, puedan, como aquella niña que cogía la guagua para ir a la escuela de Todoque, seguir estudiando y pudiendo desarrollar una vida digna en La Palma.







