Madrid, 1 de noviembre de 1971
“Mi querido amigo: tu carta es una maroma de amistad que yo recojo, te respondo a corazón abierto porque el tiempo apremia y es la hora urgente de construir un mundo nuevo en la justicia. Estoy orgulloso de haber sido muchas veces perseguido por razón de la justicia. Encarcelado, torturado, insultado por la autoridad constituida, acusado de agitador contumaz. Es la acusación ya tópica desde los antiguos profetas, pasando por Jesucristo que amotinaba al pueblo, hasta los apóstoles que agitan al pueblo. ¡Siempre el pueblo! Te repito, amigo, que este es mi gran orgullo y alentado por mis cadenas siento más ánimos para hablar sin temor la palabra de Dios (Filipenses, 1, 12)”.
El 1 de noviembre de 1971 Francisco García Salve, el cura Paco, escribía una carta (*) “de cura obrero a cura obrero” en la que se abría en canal con un compañero. Así comenzaba la epístola, en la que ponía de manifiesto la postura de aquellos que desde la iglesia no sólo tomaron partido por las clases populares sino que compartieron la vida con los más necesitados, tal y como promulga el evangelio. La carta iba dirigida a Antonio Quitián, sacerdote obrero de Granada que había roto también los esquemas eclesiásticos introduciéndose en el mundo obrero. A Salve, a Quitián y a los casi 800 curas obreros que a finales de los sesenta decidieron aplicar a sus vidas las sagradas escrituras no les movió en absoluto el acercarse a los trabajadores para soltarles el sermón tradicional. Comprendieron que a la iglesia asistencial y paternalista le faltaba lo más esencial: conocer la realidad de los oprimidos para denunciar las injusticias:
“Yo querría que la Iglesia, toda, desde el Papa hasta el último cristiano, denunciase a voz en cuello las injusticias. Me alegra ver que, cada vez más, la Iglesia española por defender a los aplastados se aleja y enfrenta a los poderosos y que la España católica de Franco necesita una cárcel de curas -la primera en la historia española- para amordazar a los valientes”.
Quitián, el receptor de la carta, pensaba como Salve que “al mundo obrero no debemos acercarnos de forma paternalista sino como un obrero más. Primero hay que ser obrero, estar allí. Después son los mismos obreros los que te enseñan. De esa forma se llega a la comunicación, no de arriba abajo sino en un plano de igualdad”. Lo decía en la revista Triunfo al salir de la cárcel de Carabanchel después de haber sido condenado por encerrarse junto a obreros y estudiantes en la curia granadina en mayo de 1975.
A esas alturas, una parte esencial de la cultura, de la intelectualidad, de la juventud, gran parte de los obreros y campesinos españoles, numerosos estudiantes de todo signo y condición y una parte de sacerdotes “abiertos a aplicar la doctrina de las sagradas escrituras”, estaban decididos a transformar la sociedad. Muchos de ellos y ellas estaban encuadrados en el PCE, simpatizaban u orbitaban alrededor. La obsesión del franquismo con los comunistas, el precio por la represión pagado por sus militantes, el prestigio de los intelectuales exiliados del PCE y la presencia y consistencia del movimiento sociopolítico más genuino de la historia del mundo obrero español, las Comisiones Obreras, crearon las condiciones para una consagración global del universo cultural comunista. La epístola de García Salve lo dejaba claro:
“Hasta hoy en día en España la lucha más comprometida y eficaz por la justicia correspondió casi en exclusiva al Partido Comunista. Decir esto es reconocer una verdad patente y tributar un aplauso total a esos hombres que tienen una historia heroica. En mi estancia en las cárceles nunca me ha faltado su compañía y amistad. En el paredón y en las cárceles de la dictadura, los comunistas han estado siempre los primeros. Esta es su gloria”.
José Godoy, otro sacerdote obrero de Granada que compartía idéntica misión y visión, advertía que “el factor importante en nuestro acercamiento al mundo obrero es el de huir de todo protagonismo. Sin embargo, es difícil mantener el anonimato. Hay que tener en cuenta que cuando el sacerdote desciende al plano laboral se da cuenta de que sus esquemas mentales, burgueses, necesitan una revisión urgente. Nos enfrentamos con otra escala de valores totalmente nueva. Y aunque consigas llegar a asimilarte al mundo obrero, sabes también que perteneces a él en función de tu sacerdocio. Quiero decir que nuestra tensión, entre los dos planos, obrero y sacerdote, es permanente”.
Al respecto, García Salve argumentaba:
“¿Y dónde están los cristianos? ¿Dónde están los que creen en el Evangelio, libertad de los oprimidos? Con alegría veo que algunos, muy pocos, ya empiezan a estar presentes en esta dura lucha. La Iglesia española tiene mucho de qué pedir perdón y la historia insobornable nos juzgará por cobardes. El Evangelio es manejado, usado, pisoteado por los poderosos que presiden nuestras folklóricas procesiones, novenas, misas cantadas. El palio ha sido profanado. “Las margaritas a los cerdos”. Ya ves, amigo, como pienso y actúo en consecuencia. Así es mi amistad universal con todos los que luchan respetando sus ideologías pero gozoso de encontrar cristianos que consecuentes con el Evangelio se comprometen, se mojan. Ojalá seas tú uno de estos. Serías más feliz porque cuando uno se sumerge en estos problemas esenciales desaparecen los problemas personales y la vida se transfigura libre de manías y rarezas burguesas”.
García Salve, Quitián, Godoy y otros tantos curas se dieron cuenta de que el régimen franquista no tenía salida y de que en términos de evangelización la visión que tenían las autoridades sobre los barrios del extrarradio de las ciudades, de muchos pueblos, de los pobres y de los obreros, era la de una de miseria congénita e irremediable que sólo podía tratarse desde la redención a través de la religión. En otras palabras, la de conformarse con el destino de sus vidas, no intentar ponerle remedio. Era la mordaza del franquismo, aquella que utilizaba el canal de comunicación de la iglesia y la doctrina de la religión como soporte. La explotación que soportaban los obreros estaba considerada por las autoridades como algo normal. Resulta difícil comprender el cambio político y social acaecido en aquellos años para allanar el camino hacia la democracia, que influyó en el declive del régimen de Franco, sin admitir la pluralidad de actores que intervinieron en el proceso y el hecho de que se trató de un fenómeno que afectó a muchos sectores de la sociedad. Los curas obreros, como García Salve, también fueron actores protagonistas de este cambio:
“Trabajo en la construcción para, entre otras cosas, sentir al vivo la explotación. A ratos escribo algo pero la censura fascista me prohíbe editar. ¡La mordaza! Tengo cuatro libros amordazados. ¡No importa! Es preferible hacer la revolución que escribir sobre ella, dijo Lenin. No es honrado tocar el piano en la trinchera. Vivo en Madrid entre el pueblo y te ofrezco mi casa y con ella mi amistad y compañía. Necesitamos muchos, legión, para acelerar la inevitable marcha del mundo hacia la plenitud de Jesucristo, meta de la Creación. Vamos a tumbos…llegaremos. Un abrazo cordial de amigo, sacerdote obrero”.
PD / Recuerda que “todo el que quiera vivir conforme a Jesucristo padecerá persecuciones”.
(*) La carta de Francisco García Salve se encuentra en el Archivo de Historia del Trabajo, Fundación 1º de mayo, Fondo de Propaganda Política y Social. Escribe el cura Paco.







