Presentación de documento nº 57.
El 11 de septiembre de 1973, el golpe militar encabezado por Pinochet, con apoyo de la reacción interna y la financiación y el patrocinio de los Estados Unidos, ponía fin abruptamente a la denominada “vía chilena al socialismo”. Una amplia coalición, encabezada por el Partido Socialista y el Partido Comunista, con presencia significativa de grupos cristianos de izquierda y otros, había logrado tres años antes el histórico triunfo electoral que elevó a la Presidencia de la República al socialista Salvador Allende. Con ello se ponía en marcha un “programa de la revolución antiimperialista y antioligárquica con la perspectiva del socialismo”, que compaginaba una voluntad inequívoca de grandes cambios económicos y sociales con el respeto a las instituciones democrático-parlamentarias.
El “socialismo en libertad” chileno representó uno de los procesos revolucionarios más ricos e interesantes del siglo XX. La profundidad de los cambios que puso en marcha (nacionalización de la minería del cobre y otros sectores fundamentales, reforma agraria y una amplia panoplia de avances sociales) generó una intensa movilización popular en el país y desató una inmensa esperanza en otros lugares del mundo. Pero desde el primer momento contó con la férrea oposición de la derecha conservadora, los grupos fascistas y un sector cada vez más amplio de la Democracia Cristiana, que utilizaron el apoyo económico y político norteamericano para desestabilizar la economía y movilizar a sectores importantes de las “clases medias” contra el régimen, preparando y legitimando el golpe militar, cuyo triunfo no sólo inició una sangrienta dictadura militar sino el primer ejemplo de aplicación, con mano de hierro, de un experimento económico neoliberal sistemático.
La experiencia chilena, con el uso de la vía pacífica y electoral, no podía por menos de atraer al Partido Comunista español, dada la aparente proximidad de algunos de sus postulados a los planteamientos que el PCE había ido desarrollando al menos desde 1956. Sin embargo, las publicaciones comunistas españolas no parecen haberle dedicado una atención excesiva o continuada entre los años 70 y 73, al menos tanto como cabría pensar, y a menudo mezclada o compartida con otros procesos como la experiencia de los militares progresistas en Perú (desde 1968) o la Unión de la Izquierda francesa (desde 1972). Mundo Obrero recogió en su momento, desde luego, la victoria electoral de Allende el 4 de septiembre de 1970 y las primeras maniobras de la reacción para evitar su acceso a la presidencia. Estos peligros no dejaron de evocarse en crónicas posteriores, cuando se constataba la profundidad de los cambios emprendidos. Por ejemplo, al cumplirse un año del gobierno de la Unidad Popular, Marcos Ana, tras visitar el país, manifestaba su entusiasmo en el periódico del PCE por la “vía nueva, asentada en la libertad y el pluralismo”, que se desarrollaba en Chile “victoriosamente”, aunque en medio de feroces resistencias de clase que tienen que ser vencidas, no con la dictadura del proletariado, sino mediante el ejercicio democrático y la voluntad popular”, ampliando, sin sectarismos, el apoyo de las clases medias y aislando cada vez más a “la derecha antinacional y reaccionaria”. A comienzos de 1972, Carrillo visitaba el país latinoamericano para participar en los actos del 50º aniversario del PC chileno, repitiendo parecidos argumentos: la considerable importancia internacional de la experiencia chilena y la necesidad de “ganar políticamente a la mayoría del país” y “aislar a la reacción y otros agentes imperialistas, con una acción política y medidas que movilicen activamente a las masas”.
Sin embargo, pese a la reacción de la derecha, la intensa desestabilización y las dificultades económicas por ella generadas, sin olvidar algunos errores y diferencias entre las fuerzas de izquierda, la base electoral de la Unidad Popular parecía ampliarse a lo largo del proceso. Allende había accedido a la presidencia con sólo el 36,2% de los votos y la Unidad Popular no poseía mayoría en las cámaras legislativas, pero las elecciones municipales de abril de 1971 otorgaron a las fuerzas de la izquierda algo más del 50% de las papeletas escrutadas. Y, pese al desgaste de la gravísima crisis económica, social y política, las elecciones parlamentarias de marzo de 1973 registraban el insólito resultado del avance electoral de la izquierda, que superaba ya el 43% de los sufragios.
La terrible conmoción que supuso el golpe militar sí provocó, como no podía ser de otra manera, un fuerte reflejo en la prensa del PCE. Mundo Obrero del 7 de septiembre dedicaba sus dos primeras páginas al acontecimiento, encabezadas por una foto a gran tamaño del fallecido presidente con el siguiente pie: “SALVADOR ALLENDE, asesinado por los mercenarios del fascismo chileno y la I.T.T. yanqui”. En los siguientes números proliferaban las noticias sobre la represión y las campañas de solidaridad en España y Europa. Pero también comenzaba la reflexión sobre el proceso, en la medida en que los acontecimientos pudieran afectar a la propia estrategia del PCE de transición pacífica a la democracia y al socialismo.
El número del periódico comunista de 3 de octubre iniciaba esa reflexión con el artículo sin firma que reproducimos: “La causa del pueblo de Chile es nuestra propia causa”. El texto comenzaba llamando a la solidaridad y evocando la muerte heroica de Salvador Allende, el fallecimiento de Pablo Neruda (“voz inmortal de la revolución latinoamericana”) y el peligro que se cernía sobre el secretario general del PCE, Luis Corvalán, detenido por la Junta Militar. Luego resaltaba la necesidad de aprender las lecciones de la derrota, “pero sin añadir juicios sumarios a los tribunales sumarísimos que los militares fascistas han montado contra los revolucionarios en Chile”.
El primer punto que se remarcaba (también en el subtítulo) era que la vía democrática y pluralista al socialismo no quedaba invalidada, como algunos pudieran pensar, con la experiencia de la Unidad Popular. Luego, atribuía una de las causas fundamentales del fracaso a la presencia de un parlamento hostil (dominado por la derecha) que maniataba las posibilidades de acción legal del gobierno; el socialismo -se añadía- sólo puede triunfar conquistando la mayoría, también en las instituciones. No “quemar etapas” y ampliar las alianzas evitando “el aislamiento de la vanguardia”, así como no confundir gobierno con “poder auténtico” se convertían en dos condiciones imprescindibles para el triunfo de la vía democrática. La Unidad Popular no había conseguido la mayoría (identificada con la mayoría electoral) más que para adoptar algunas medidas que ni la Democracia Cristiana se había atrevido a cuestionar, y tampoco había sido capaz de neutralizar el carácter de clase del Estado. No podían identificarse “vía democrática” y “vía pacífica”, pues la revolución y la democracia misma pueden necesitar ser defendidas por la violencia, pero también para ello se precisaba una mayoría social. Entretanto, las fuerzas populares, pese a las tradicionales acusaciones, aparecían como defensores de la democracia, contra los “militares felones y las fuerzas sociales reaccionarias que los respaldan”, incluida la derecha de la Democracia Cristiana.
Las reflexiones que aparecen en este texto anticipan debates posteriores y estarán muy presentes, como todo lo relacionado con el proceso chileno, en los futuros debates sobre el eurocomunismo, al menos en el seno de los partidos comunistas español e italiano.
>> [PDF 4,1 MB] Documento Nº 57. El PCE ante el golpe militar en Chile (septiembre de 1973)







