Los recientes acontecimientos relacionados con los paros en el sector del transporte nos han situado en una encrucijada. En ella convergen diferentes vías para analizar la situación, caminos que pueden fácilmente llevar a destinos opuestos. Es sintomático que los actores progresistas estén divididos entre el respaldo a estas movilizaciones y su crítica. Dedicaré las próximas líneas a abordar el problema poniendo en el centro el análisis de clases sociales. Partiendo de la convicción de que nunca es mala idea recuperar las líneas maestras del análisis materialista, trataremos de ofrecer un planteamiento polémico que contribuya a hacer avanzar el debate sobre este tema en particular, pero también para abordar otros similares que ya pasaron o están por venir.
Se trata de ir más allá de las apariencias en las que, con todo respeto, se han detenido muchos analistas. La condena de estas protestas porque sus portavoces enarbolan un discurso ciertamente conservador me parece una forma de abordar el problema muy pobre. No lo es en menor medida respaldarla simplemente porque alzan la voz en un clima de degradación general de las condiciones de vida de la población. Mucho menos porque sus métodos de presión (corte de calles, etc.) nos ofrezcan una pizca de esa épica que esperamos ver por parte de nuestra clase. Estos elementos deben ser contemplados a la hora de tomar partido, pero ninguno de ellos constituye de por sí el eje determinante.
Estamos ante personas que, junto a sus familias, experimentan un sufrimiento que no puede ser descrito más que como material. No son unos privilegiados. Comencemos por ahí, la empatía nunca es mala compañera de viaje, pero no es la única pasajera que debemos llevar. ¿Es su malestar motivo suficiente para ponernos tras sus pancartas, suscribir sus consignas o jalear sus acciones? Para saberlo comencemos por el principio.
Seamos claros: estamos ante una protesta del pequeño capital. Capital porque son propietarios de sus medios de producción; pequeño porque consiguen tasas de beneficio relativamente bajas, inferiores a la normal. Es esta la condición que se traduce en sus desgracias. Su descontento tiene motivaciones perfectamente comprensibles por el modo en que son golpeados por crisis como la que vivimos: incapaces de amortiguar o siquiera afrontar las subidas de los precios, ven alzarse ante sí el espectro de la quiebra. Aterrados por la cercana visión de ese fantasma, tratan de conservar su negocio y para hacerlo están saliendo a la calle dispuestos en muchos casos a lo que sea necesario. En este punto, independientemente de cuál sea el desenlace de esta pugna, merece la pena —en vista también de próximos incidentes de semejante índole— aportar algunas reflexiones sobre el modo en que se encaran los conflictos del pequeño capital.
La pulsión natural de la militancia izquierdista es el respaldo sin fisuras al pequeño capital. Son frecuentes, por ejemplo, las campañas de apoyo al comercio local. Se responde así a cierta vocación populista, la de constituir frentes y alianzas con otros perdedores la producción capitalista. También esta posición se hace eco de una supuesta lucha contra los “monopolios” (no es casualidad que se reitere una y otra vez que las grandes patronales, en este caso, no secundan el paro). En esta línea de argumentación pasan desapercibidas algunas cuestiones que me gustaría rescatar con tal de balancear o abrir el debate.
El pequeño capital que tiene asalariados tiende, según los registros de los que disponemos, a ofrecer peores condiciones laborales que sus hermanos mayores. La falta de rentabilidad, también de productividad, suele compensarse con la explotación de una parte de la clase trabajadora agrupada en pequeñas plantillas impermeables a la acción sindical. Pero el problema va más allá: el pequeño capital rara vez se contenta con exprimir a los empleados, es frecuente que sea el propietario quien asuma una gran parte del trabajo, cuando no todo. A fin de cuentas, la responsabilidad de reproducir el capital cae inmediatamente sobre los hombros del capitalista que lo personifica. Además del esfuerzo del obrero y del burgués, otra manera de contener el efecto de estas fallas frente a la competencia es apropiarse de otras rentas que, no nos engañemos, también son detraídas a la clase obrera. Se habla de ayudas directas, exenciones fiscales…, en definitiva, concesiones que no pueden salir más que de los impuestos abonados como salario o plusvalía por una clase que globalmente ve decaer su poder adquisitivo. Es de estas cuestiones que se desprenden dudas razonables respecto al apoyo, por parte de las fuerzas políticas obreras, a las fracciones más débiles de la burguesía.
Con todo esto, y mucho más, presente es una tarea común afrontar el reto de pensar una política genuinamente obrera desde la independencia de clase, que no haga aguas en la coyuntura, pero que apunte hacia la sociedad de productores libres asociados que, desde Marx, queremos construir.
(*) Profesor e investigador, autor de Las tareas pendientes de la clase trabajadora (Ed. El viejo topo)







