El problema del trabajo de cuidados y la sobrecarga que supone para las mujeres es un hecho conocido a superar. Como comunistas, cabe plantearse: ¿existe en el trabajo marxista precedente elementos orientadores para abordar este problema? La respuesta es que sí. Desde el siglo XIX ha habido trabajo teórico y práctico por parte de los comunistas en este terreno. Este problema nunca ha sido tratado de forma aislada, sino que se ha abordado tal y como opera en la sociedad: ligado al conjunto de los problemas sociales.
Marx y Engels ya identificaron que, bajo el modo de producción capitalista, el trabajo familiar o doméstico (que es un trabajo privado) se ve alterado por los cambios en la producción social (aquella producción cuyos frutos no tienen como destino el autoconsumo familiar). Esto sucede porque la figura históricamente central en el trabajo familiar, la mujer trabajadora, es crecientemente convertida, por las necesidades de valorización del capital, en mujer asalariada. El trabajo necesario para reproducir a la familia se ve entonces mermado, limitado por el trabajo fuera del hogar: por el trabajo asalariado o autónomo.
Ocurre así a pesar de que los frutos del trabajo familiar (la reproducción de la fuerza de trabajo) son requisito necesario para la producción capitalista y para cualquier producción en general. No hay trabajadores sin ropa más o menos limpia y comida hecha, por bajos que sean los límites a los que se sometan estas y otras necesidades. Los futuros trabajadores precisan ser criados, y los jubilados envejecen y necesitan ayuda (aunque antes de ello a menudo colaboran en la crianza).
Las clases trabajadoras ingenian mil malabarismos para sobrellevar esa contradicción creciente bajo el modo de producción capitalista. La gestión de la misma y el trabajo que exige han sido históricamente ejercidos de manera predominante por las mujeres. Esto determina su menor tasa de actividad laboral (fuera del hogar) y mayor jornada parcial. Sin embargo, cada vez hay más mujeres asalariadas. Esto provoca que, a su vez, este sujeto en desarrollo empuje por un cambio en el reparto del trabajo familiar. No se detiene ahí: al avanzar en la producción social, lucha por un cambio también en su posición en el conjunto de la vida social y por la superación de las viejas concepciones.
Como es evidente, el desarrollo de la mujer trabajadora como mujer asalariada está ligado a las dinámicas del modo de producción capitalista. El fenómeno se dispara con la revolución industrial, es decir, con la expansión de las relaciones de producción capitalistas, algo que no ocurrió al unísono en todas las regiones del Mundo. Por tanto, en unos países se inicia en el siglo XVIII, en otros en el XIX y en otros en el XX. En el siglo XXI sigue desarrollándose.
Este es un largo proceso de crecimiento tendencial, pero por supuesto con flujos y reflujos. Los vaivenes están relacionados con las bonanzas y las crisis capitalistas, que absorben a la producción social a nuevos sectores de la mujer obrera cuando hay opciones de valorizar capital, y expulsan a una parte cuando no. Desde el crac de 1929 hasta la crisis de 2008, así ha sucedido. Sin embargo, estos vaivenes han ido decantando un desarrollo progresivo.
El proceso se sigue intensificando, pues cada década hay menos mujeres que son exclusivamente amas de casa y hay más mujeres asalariadas.
Los elementos vinculados al surgimiento y desarrollo del capitalismo han sido minuciosamente estudiados por el marxismo desde el inicio, y las conclusiones han guiado la práctica revolucionaria de los comunistas (de los y las comunistas, conviene aquí resaltar) desde hace más de un siglo. Esto, sin embargo, lejos de ser evidente, en la actualidad es dramáticamente desconocido, para perjuicio en primer lugar del movimiento comunista (y por tanto, para todos los trabajadores y pueblos oprimidos).
Sabemos que la terrible derrota práctica del movimiento comunista en occidente durante la segunda mitad del siglo XX vino acompañada de una derrota teórica. Se trata de un proceso complejo en el que vemos desmoronarse grandes partidos que habían sido carcomidos por concepciones eurocomunistas, disolviendo todo el vigor del marxismo-leninismo. Esta verdad pronto quedaría a la vista de todos. A la entrada del siglo XXI, el marxismo era una teoría proscrita, barrida de las universidades burguesas y de toda influencia social. Había menguado tanto como la fuerza de los partidos comunistas occidentales, que deberán pasar por una fuerte autocrítica para recuperarse.
Todo esto supuso una enorme pérdida. Además, permitió la proliferación de todo tipo de planteamientos confusos e ideas erróneas sobre lo que supo o no supo ver Marx y el marxismo; ideas que ponen de relieve, más que nada, lo poco y mal que se ha estudiado la teoría del comunismo.
Para recuperar este conocimiento se puede comenzar con las siguientes tres citas de Engels, Marx y Lenin. En ellas se condensa, en muy pocas palabras, lo principal de la cuestión: desde el diagnóstico general hasta la propuesta revolucionaria. Servirán para recordar que el asunto estaba en el marxismo desde el inicio, y no como una cuestión accesoria, sino como parte de las tareas de la emancipación universal que se propone el comunismo. Estas tres citas bastarán para comenzar a hacer a un lado las falsas afirmaciones sobre que el marxismo no analizó ni afrontó este problema. Servirán también para seguir aprendiendo cómo estudiar, con criterio marxista-leninista, cuestiones vigentes, aunque no nuevas, y por tanto cómo orientar la práctica revolucionaria:
1) «Según la teoría materialista, el factor decisivo en la historia es, en fin de cuentas, la producción y la reproducción de la vida inmediata. Pero esta producción y reproducción son de dos clases. De una parte, la producción de medios de existencia, de productos alimenticios, de ropa, de vivienda y de los instrumentos que para producir todo eso se necesitan; de otra parte, la producción del hombre mismo, la continuación de la especie. El orden social en que viven los hombres en una época o en un país dados, está condicionado por esas dos especies de producción: por el grado de desarrollo del trabajo, de una parte, y de la familia, de la otra.» Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Prefacio de 1884.
2) «El valor de la fuerza de trabajo no estaba determinado por el tiempo de trabajo necesario para mantener al obrero adulto individual, sino por el necesario para mantener a la familia obrera. Al arrojar a todos los miembros de la familia obrera al mercado de trabajo, la maquinaria distribuye el valor de la fuerza de trabajo del hombre entre su familia entera. Desvaloriza, por ende, la fuerza de trabajo de aquél. Adquirir las 4 fuerzas de trabajo en que, por ejemplo, se parcela una familia, tal vez cueste más que antaño adquirir la fuerza de trabajo del jefe de familia, pero, en cambio, 4 jornadas laborales remplazan a 1, y el precio de las mismas se reduce en proporción al excedente del plustrabajo de los 4 obreros con respecto al plustrabajo de 1. Para que viva una familia, ahora son cuatro personas las que tienen que suministrar al capital no sólo trabajo, sino también plustrabajo. De este modo, la maquinaria desde un primer momento amplía, además del material humano de explotación, o sea del campo de explotación propiamente dicho del capital, el grado de dicha explotación.
[…]
Durante la crisis del algodón provocada por la guerra civil norteamericana, el gobierno inglés envió al doctor Edward Smith a Lancashire, Cheshire, etc., para que informara acerca de la situación sanitaria entre los obreros elaboradores de aquel textil. Smith informó, entre otras cosas, que desde el punto de vista de la higiene la crisis, aun dejando a un lado el hecho de que alejara de la atmósfera de la fábrica a los obreros, presentaba otras muchas ventajas. Las obreras disponían ahora de ratos libres para amamantar a sus pequeños, en vez de envenenarlos con Godfrey’s cordial. Disponían de tiempo para aprender a cocinar. Este arte culinario, por desgracia, lo adquirían en momentos en que no tenían nada que comer. Pero puede verse cómo el capital, con vistas a su autovalorización, ha usurpado el trabajo familiar necesario para el consumo. La crisis, asimismo, fue aprovechada para enseñar a coser a las hijas de los obreros, en escuelas especiales. Para que unas muchachas obreras que hilan para el mundo entero aprendiesen a coser, hubo necesidad de una revolución en Norteamérica y de una crisis mundial.
[…]
Como no es posible suprimir totalmente ciertas funciones de la familia, como por ejemplo las de cuidar a los niños, darles de mamar, etc., las madres de familia confiscadas por el capital tienen que contratar a quien las remplace en mayor o menor medida. Es necesario sustituir por mercancías terminadas los trabajos que exige el consumo familiar, como coser, remendar, etc. El gasto menor de trabajo doméstico se ve acompañado por un mayor gasto de dinero. Crecen, por consiguiente, los costos de producción de la familia obrera y contrapesan el mayor ingreso. A esto se suma, que se vuelven imposibles la economía y el uso adecuado en el consumo y la preparación de los medios de subsistencia. Acerca de estos hechos, encubiertos por la economía política oficial, se encuentra un abundante material en los ‘Reports’ de los inspectores fabriles y de la ‘Children’s Employment Commission’ y, particularmente, también en los ‘Reports on Public Health’.» Marx. El capital, libro I., capítulo XIII.
3) «Porque, bajo el capitalismo, la mitad femenina del género humano esta doblemente oprimida. La obrera y la campesina son oprimidas por el capital, y además, incluso en las repúblicas burguesas más democráticas no tienen plenitud de derechos, ya que la ley les niega la igualdad con el hombre. Esto, en primer lugar, y en segundo lugar -lo que es más importante-, permanecen en la ‘esclavitud casera’, son ‘esclavas del hogar’, viven agobiadas por la labor más mezquina, más ingrata, más dura y más embrutecedora: la de la cocina y, en general, la de la economía doméstica familiar individual.
La revolución bolchevique, soviética, corta las raíces de la opresión y de la desigualdad de la mujer tan pro¬fundamente como no osó cortarlas jamás un solo partido ni una sola revolución en el mundo. En nuestro país, en la Rusia Soviética, no han quedado ni rastros de la desi-gualdad de la mujer y el hombre ante la ley. Una desi¬gualdad sobremanera repulsiva, vil e hipócrita en el dere¬cho matrimonial y familiar, la desigualdad en lo referen¬te al niño, ha sido eliminada totalmente por el Poder soviético.
Esto constituye tan sólo el primer paso hacia la eman¬cipación de la mujer. Pero ninguna república burguesa, aun la más democrática, se atrevió jamás a dar ni siquiera este primer paso. No se atrevió por temor ante la sacrosanta propiedad privada.
El segundo paso, el principal, ha sido la abolición de la propiedad privada sobre la tierra y las fábricas. Así, y únicamente así, se abre el camino para la emancipación completa y efectiva de la mujer, para su liberación de la ‘esclavitud casera’, mediante el paso de la pequeña economía doméstica individual a la grande y socializada.» Lenin, 1921, «El día internacional de las obreras».
Lo compartido es solo una muestra. Para adentrarse a comprender con un poco más de detalle cómo afrontó el marxismo-leninismo esta cuestión, el mejor texto es el redactado en 1920 por la dirigente comunista Clara Zetkin en el marco de la III Internacional: Directrices para el movimiento comunista femenino.
La claridad ideológica es esencial para el trabajo comunista. Esta se educa con el estudio del marxismo-leninismo. Es necesario conocer las grandes aportaciones que se han hecho en el seno de la lucha revolucionaria por la toma del poder y la construcción del socialismo. Solo así se podrá adquirir una base para guiarse en el análisis, el debate y la lucha práctica contemporánea, sin caer en confusiones de principio ni confundir planteamientos propios con los ajenos.







