
Una ejecución en la familia. El viaje de un hijo de los Rosenberg
Robert MeeropolLibros corrientes
El viernes 19 de junio de 1953, un minuto antes de la puesta de sol para no violar el Sabbath judío, Ethel y Julius Rosenberg fueron ejecutados en la silla eléctrica. Habían sido detenidos tres años antes acusados de haber entregado a la Unión Soviética el secreto de la bomba atómica. Esto fue lo que difundió el Gobierno, lo que contaron los medios y lo que creyó la inmensa mayoría del pueblo estadounidense.
Robert Meeropol, hijo menor de Ethel y Julius Rossemberg, ha escrito una autobiografía en la que va tejiendo sus experiencias más profundas con la lucha por defender la inocencia de sus padres. De un lado, nos relata los temores que asaltan a un niño por el hecho de ser hijo de unos proscritos y cómo eso va afectando a su psicología y a su forma de relacionarse con los demás, o para ser más exacto, a sus miedos a abrirse a los demás. El empeño por demostrar la inocencia de sus padres pasaba por obligar al Gobierno de Estados Unidos a hacer públicos los documentos secretos relativos al proceso. La condena a muerte a los Rosenberg generó un gran movimiento de solidaridad que continuó después de su asesinato.
Apelando a la Ley por la Libertad de Información (FOIA), el movimiento en favor de los Rosenberg consiguió que el Gobierno hiciese pública una parte importante de la documentación clasificada. Esta lucha irá desvelando la tremenda infamia que rodeó la ejecución de un matrimonio cuyo principal delito fue ser comunistas, como explicaba Higinio Polo en un amplio artículo escrito en 2003 con motivo del 50 aniversario de su asesinato.
El matrimonio comunista fue el chivo expiatorio del gobierno norteamericano
La documentación que ha ido conociéndose en estos setenta años pone de manifiesto que el Gobierno y la cúpula judicial de Estados Unidos sabían que Ethel no era espía; sabían que Julius no había pasado ninguna información sobre el arma nuclear a la Unión Soviética, sabían que sí había pasado información técnica sobre armas convencionales a la URSS durante los años de la Segunda Guerra Mundial y que esta actividad había finalizado en 1945. Y, a pesar de saber toto eso, fueron asesinados. A Julius se le ofreció el perdón si confesaba haber pasado información sobre la bomba atómica, y a Ethel se le ofreció el perdón si testificaba contra Julius. Ambos se negaron a pesar de ser conscientes del riesgo que corrían. Los medios de comunicación se encargaron de crear el ambiente justificativo adecuado.
El proceso contra los Rossemberg comenzó en julio de 1950, once meses después de que la URSS detonase su bomba atómica, lo que supuso un tremendo revés a la pretensión estadounidense de monopolizar este arma. Henry Wallace, convencido de que tarde o temprano la URSS conseguiría tenerla, había propuesto una política de seguridad compartida con la URSS, pero esta tesis fue rechazada por los halcones del partido demócrata. Cuatro años después de Hiroshima, su pronóstico había estallado en los morros de una oligarquía que creía que el mundo estaba a su merced, lo que generó la ola de terror anticomunista que caracterizó el macartismo. Además de ofrecer un chivo expiatorio al fracaso del gobierno estadounidense, el asesinato de los Rosenberg fue una venganza miserable y el anuncio de lo que vendría durante los años cincuenta.
Hijos rotos de padres perseguidos
Sin embargo, a pesar de las importantes revelaciones que aporta el libro, incluido el descubrimiento de que la administración estadounidense ha llegado a reescribir algunos de los documentos que la justicia le ha obligado a desclasificar, pienso que lo más importante es su valor pedagógico al poner el foco en los problemas a los que se enfrentan esos hijos de padres perseguidos, una cuestión que suele quedar fuera de la atención habitual. A través de sus páginas iremos viendo el sufrimiento y el temor que se va inculcando a este niño desde los poderes del Estado: “Yo vivía rodeado de miedo y de dolor”.
La persecución y los asesinatos políticos en Estados Unidos no terminaron en los años 50 ni en los 60 ni después
Tras la detención de su madre, Robert y su hermano pasan a vivir con la abuela materna la cual se enfrenta a una situación endiablada: su hija Ethel y su yerno Julius han sido acusados por su otra hija, Rut, y su otro yerno, David Greenglass. Por si fuera poco, el Gobierno, con el fin de presionar al matrimonio Rosenberg, lleva a los niños a un internado. Allí permanecen hasta que el abogado de Ethel y Julius consigue que se puedan quedar con la abuela paterna. La abuela materna visita a su hija en la cárcel y le pide que se declare culpable y acuse a otros para salir en libertad, como ha hecho su otra hija. Ethel se niega, consciente de que esta perversa cadena de acusaciones es la que los ha llevado a la cárcel (han sido su hermana y cuñado quienes les han acusado para salvarse ellos).
Ya condenados a muerte, Ethel y Julius otorgan la tutela de los niños a Manny Bloch, su abogado defensor, quien, tras la ejecución de la pareja en la silla eléctrica cede la custodia al matrimonio Meeropol. Abel y Anne Meeropol habían militado en el partido comunista y no tenían hijos. Ya se habían ofrecido a hacerse cargo de los niños cuando fueron internados en 1950. Abel era escritor de canciones y guiones y Anne trabajaba como organizadora de actividades socioculturales progresistas. Abel es el autor, entre otras, de la canción Strange Fruit que popularizó Billie Holiday y que habla de los linchamientos de negros, una práctica legal en aquellos años.
Robert nos cuenta la bendición que supuso vivir con los Meeropol para poder dejar atrás, encerrado en una simbólica caja, ese pasado dolorido que durante muchos años pretendió mantener a salvo de todas las miradas, incluida la de su novia y luego esposa.
Los Siete de Ohio
A finales de 1988 Robert asiste a la vista oral de un juicio que cambiaría su futuro. Se trataba del proceso de uno de los llamados Siete de Ohio. Tres matrimonios y otra persona fueron acusados de conspiración sediciosa para derribar al Gobierno de los Estados Unidos. La realidad era que estos activistas habían creado una célula clandestina y llevado a cabo sabotajes contra empresas que tenían intereses en la Sudáfrica del apartheid. Debe tenerse en cuenta que esa Sudáfrica era aliada de Estados Unidos. Además, con el fin de financiar su vida clandestina, habían robado algunos bancos.
Por estos hechos, habían sido condenadas a decenas de años de cárcel, pero el fiscal general quería, mediante la acusación de conspiración sediciosa, condenarlos a 60 años más de prisión a cada uno. En este juicio, Robert se percata de que los acusados son defendidos por abogados de oficio, es decir, que el Gobierno se hace cargo tanto de la acusación como de la defensa, algo que suele pasarse por alto cuando se habla de garantías procesales Y se percata de otra cuestión: los tres matrimonios implicados tenían nueve hijos que habían sido utilizados por el Gobierno para presionar a los acusados, hasta el punto de haberlos mantenido incomunicados durante semanas. Uno de los niños, de once años, fue interrogado por la policía.
Este hecho le lleva a pensar en los hijos de activistas de diversos frentes que se encuentran encarcelados y a descubrir una parte de ese gulag estadounidense tan asumido como silenciado en el que tan sobrerrepresentados están los menos pudientes de la sociedad: “Me alarmó saber cuantos niños hoy en día eran vulnerables al mismo tipo de pesadilla que yo sufrí tras la detención de mis padres. Me enteré de que en mi país había más de cien presos políticos -Panteras Negras, miembros del Movimiento Indígena Americano, nacionalistas puertorriqueños y revolucionarios blancos como los Siete de Ohio– y mi sondeo inicial indicaba que entre todos ellos tenían, al menos, setenta hijos”.
Fondo Rosenberg para la Infancia y los presos políticos
Su especial sensibilidad lleva a Robert a dejar su trabajo de abogado capitalista para dedicarse a crear el Fondo Rosenberg para la Infancia (RFC) cuyo principal objetivo es el de facilitar ayudas y poner en contacto a los hijos de activistas que han acabado en la cárcel como “resultado de la acción política que emprendieron para transformar nuestra sociedad en una que valore a todos por igual, anteponga las personas a los beneficios y reconozca los límites ecológicos del crecimiento”. La RFC tiene una virtud añadida muy importante en el hecho de servir de centro de conexión de luchas que se encuentran dispersas.
La persecución y los asesinatos políticos no terminaron en los años 50 ni en lo 60 ni después. En 1992, Robert se topa con el caso de Mumia Abu-Jamal quien había sido condenado a muerte acusado de haber matado a un policía. Mumia era un periodista radiofónico alternativo al que se conocía como la “Voz de los Sin Voz”. Había sido ministro de información de los Panteras Negras de Filadelfia siendo adolescente. Esta ciudad fue famosa en aquellos años por la violencia policial contra los negros, algo que Mumia denunciaba de forma insistente en la “Voz de los Sin Voz”, lo que le granjeó la animadversión de la policía. El caso de Mumia llevó a Robert a integrar la lucha por la abolición de la pena capital en su trabajo en la RFC. Y en ello continúa. Tanto el proceso de Mumia como el de Leonard Peltier ponían en cuestión el derecho a un juicio justo y ambos apestaban a venganza racista.
En resumen, un libro muy enriquecedor tanto por su contenido como por la forma de enfocarlo. Pone de manifiesto cómo el hijo de Ethel y Julius Rosenberg ha conseguido convertir sus miedos, sus sufrimientos y el asesinato de sus padres biológicos en un búmeran contra los canallas que, para mejor defender sus privilegios, no dudaron en arrancarles la vida.







