La crisis de los misiles en Cuba: dos semanas que conmocionaron al mundo

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Fidel Castro junto a Nikita Jrushchov y Leonid Brézhnev en viaje oficial a la URSS (abril 1963) | Foto: Agencia de Noticias Tass
Fidel Castro junto a Nikita Jrushchov y Leonid Brézhnev en viaje oficial a la URSS (abril 1963) | Foto: Agencia de Noticias Tass

El 15 de octubre de 1962, hace ahora 60 años, el gobierno de los Estados Unidos denunciaba la instalación en Cuba de bases soviéticas de lanzamiento para misiles nucleares de alcance medio. Se iniciaba la que fue quizás la crisis más peligrosa durante la guerra fría, el instante en el que el mundo estuvo más cerca de un enfrentamiento nuclear de incalculables consecuencias. Kennedy afirmó enfáticamente que las posibilidades de un desastre llegaron, en ese momento, a ser de una entre tres “o incluso más”.

La “crisis de los misiles” debe entenderse en el doble contexto de la lógica de la guerra fría y la hostilidad norteamericana hacia la revolución cubana. La guerra fría parecía haber pasado sus peores momentos con el “telón de acero” de que hablara Churchill, la creación de la OTAN y la guerra de Corea. Pero la carrera armamentista de los años siguientes y especialmente las acciones de los gobiernos de Eisenhower y Kennedy, conscientes de la superioridad militar adquirida por el bloque occidental, volvieron a arrastrar al mundo al borde del precipicio. Es cierto que algunas decisiones de la URSS tampoco contribuyeron a rebajar las tensiones, pero la lógica del bloque del Este estuvo casi siempre determinada por el “síndrome del asedio”, que la Rusia revolucionaria metabolizó con el cerco y la intervención extranjera en su suelo, que la URSS de Stalin continuó con su obsesión por crear un “glacis defensivo” a su alrededor tras la Segunda Guerra mundial, o que la Rusia actual ha heredado como percepción histórica y geopolítica dominante.

EEUU tensó el hilo: desplegó misiles nucleares en Italia y Turquía capaces de alcanzar Moscú y Leningrado; la URSS respondió con misiles a 200 km de Florida

La crisis de octubre del 62 no puede entenderse, por tanto, al margen de acontecimientos como el derribo de un avión espía norteamericano sobre el espacio soviético (mayo de 1960) o la construcción de muro de Berlín (agosto de 1961). Y, por supuesto, sin el despliegue en Italia y Turquía de misiles con ojivas nucleares capaces de alcanzar Moscú o Leningrado, cada uno de los cuales poseía una potencia 100 veces superior a la bomba de Hiroshima. Esta situación parece haber influido en la propuesta de Jruschov de compensar esa inferioridad con la instalación de misiles de Cuba, y que no coincidía exactamente con la idea cubana de un tratado militar más amplio o de un despliegue de manera abierta y no solapada.

La otra vertiente del problema nos remite al hostigamiento constante por parte de Estados Unidos contra la revolución cubana, que se iría intensificando con las medidas políticas y sociales implementadas por la misma, en una dialéctica in crescendo de acción-reacción, incluyendo actos agresivos diversos, que culminarían con el bloqueo económico y el apoyo nada discreto al conocido y fracasado intento de invasión protagonizado por millar y medio de contrarrevolucionarios en Playa Girón, allá por abril de 1961. La hostilidad norteamericana seguramente no cambió en lo esencial la orientación básica de la revolución, pero si condicionó los ritmos, disipó algunas dudas y convirtió casi en inexorable la alianza estratégica, política y económica, de Cuba con la Unión Soviética.

Cuba, la doctrina Monroe y el imperialismo

En el imaginario norteamericano, más allá de la lógica de la guerra fría, estaba muy presente el viejo anexionismo del siglo XIX, la política de la “fruta madura” que caería, como tal, en sus manos, o la conversión de la Isla en neocolonia yanqui desde su independencia formal. No es casualidad que, en vísperas de la crisis, Kennedy invocara una vez más la “doctrina Monroe”, enunciada siglo y medio antes, según la cual ninguna potencia europea debía intervenir en el hemisferio americano; cabe recordar que lo que entonces se formulaba esquemáticamente como “América para los americanos” no era sino un subterfugio, disfrazado de anticolonialismo, para justificar el intervencionismo de la gran potencia del Norte. El país europeo supuestamente expansionista era ahora la URSS, portadora, para más inri, del virus del comunismo.

Llegaron a un acuerdo: los soviéticos retiraban sus misiles y Estados Unidos se comprometía a no atacar militarmente Cuba. Pero la carrera armamentística continuó

La respuesta norteamericana, tras conocer la situación, osciló entre bombardear las lanzaderas, como proponían los “halcones”, o el establecimiento de un bloqueo naval a la Isla para evitar que llegaran los misiles, tal como defendió y puso en práctica el presidente Kennedy. El tira y afloja duró dos semanas de elevadísima tensión y concluyó -hoy diríamos que afortunadamente- con una negociación bilateral USA-URSS, no sin manifestaciones de irritación de los cubanos, y que se cerraba el día 28 con un acuerdo: los soviéticos retiraban sus misiles y Estados Unidos se comprometía a no atacar militarmente Cuba. También, como fruto de las negociaciones y de manera más discreta, Kennedy retiraría, meses más tarde, los misiles de Turquía.

A partir de ese momento, la guerra fría continuó, con altibajos, pero se iniciaron tímidamente algunos gestos de distensión, y los años siguientes fueron, en términos comparativos, algo menos tensos. Ello no impidió la continuación de la carrera armamentista, ni las agresiones soterradas y el bloqueo de Estados Unidos a Cuba, ni el despliegue del imperialismo norteamericano en todo el mundo; pero, al menos, la invasión directa quedó descartada.

La historia debería ayudarnos a reflexionar sobre el presente. Arrinconar deliberadamente a una potencia nuclear, tiene graves consecuencias

La historia debería ayudarnos a reflexionar sobre el presente. Por ejemplo, el episodio de octubre de 1962, hoy que vuelve a especularse con el uso de armas nucleares, tendría que hacernos pensar que arrinconar deliberadamente a una potencia nuclear, como lleva la OTAN haciendo en las últimas décadas, cuando, además, los tiempos de la respuesta a un ataque nuclear y la posibilidad de frenar la destrucción mutua asegurada se han reducido notablemente, constituye un juego perverso, un límite que nunca debería ser rebasado. Pero en eso el Occidente imperialista, al igual que en la doble moral, posee credenciales muy sólidas, y lamentablemente tiende a actuar como en la fábula de la tortuga y el escorpión: no en vano, usar el aguijón está “en su naturaleza”.

(*) Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas

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