Corría 1992. En Los Ángeles (California) son absueltos los policías que agredieron a un hombre de origen afroamericano llamado Rodney King el año anterior. Los disturbios raciales que se produjeron durante cuatro días causaron 53 muertos.
En Europa, el Parlamento Europeo ratifica el Tratado de Maastricht, origen como se verá posteriormente de las políticas de austeridad neoliberal que dominaron el continente desde entonces.
En Rusia, Boris Yeltsin asume por Decreto propio la presidencia de la Federación Rusa, siendo fuertemente apoyado por potencias capitalistas ante la emergencia del Partido Comunista.
En Italia, el juez italiano Giovanni Falcone muere en un atentado de la mafia. Había iniciado un «macroproceso» contra 709 mafiosos.
Yugoslavia comienza a ser objeto de un acoso planificado por los Servicios de inteligencia de EEUU para provocar su desmembración y debilitamiento…
Sin embargo, el convulso contexto histórico no había llegado a transmitirse, hasta ese momento, a una escena musical dominada entonces, también en Europa, por la denominada música Independiente (Indie, Grunge, etc) en la que, al margen de una innegable calidad musical, lo que predominan son las propuestas nihilistas y oscuras. Angustia, apatía y falta de perspectivas encauzada a través de una rebeldía sin causa de la denominada Generación X o Generación MTV, con un futuro incierto por delante.
Pero el día 3 de noviembre de ese 1992, confluyen dos hechos de gran magnitud: en las elecciones Presidenciales de los Estados Unidos, con la Guerra del Golfo todavía como recuerdo reciente, el demócrata Bill Clinton logra la presidencia del país frente al republicano Bush; y, no por casualidad, también ve la luz el álbum debut homónimo de una banda californiana: Rage Against the Machine. Tras ese potente nombre se escondía algo que iba a sacudir los cimientos de la música y a remover las conciencias de una juventud apática y adormecida. Una contundente fusión de rock, metal, hip-hop y rap ejecutada con una energía apabullante y una maestría que lo convirtieron en uno de los mejores álbumes debut de la Historia de la música.
El cóctel explosivo estaba servido: Tom Morello,un guitarrista virtuoso fuertemente concienciado políticamente; Zack de la Rocha, un vocalista carismático dotado de una voz impregnada de energía y rabia, y una potente base rítmica donde el bajo de Tim Commerford y la batería de Brad Wilk añaden la necesaria contundencia.
La ya mítica portada (un monje budista quemándose a lo bonzo en Vietnam del Sur en los años 60), anuncia el contenido: una bomba incendiaria plagada de inconformismo, mensaje político izquierdista y llamada a la rebelión y a la toma de conciencia de situaciones sociales de las que los jóvenes estadounidenses apenas habían oído hablar.
Diez potentes canciones en un disco redondo y sin desperdicio. Abriendo con la contundente “Bombtrack” ya intuimos que estamos ante algo grande; con el clásico “Killing in the name” estalla la furia por los recientes disturbios raciales. Y es entonces cuando la obra alcanza su cúspide: la fantástica “Take the power back”, la ácida crítica a una sociedad alienada por los grandes medios de comunicación del poder de “Bullet in the head” o el alegato contra un falso sueño americano y donde demuestran un impresionante virtuosismo musical de “Know your enemy, nos confirman que RATM iba a dar mucho que hablar en lo sucesivo.
La segunda parte tampoco nos dejará indiferentes, con temas como “Wake up”, “Fitsful of steel”o “Township rebellion”, que apenas en algún momento nos permitirá tomar aliento.
Pero cuando todo este material es llevado al directo, es cuando la banda alcanza toda su magnitud: sus actuaciones como ceremonias tribales donde banda y público se funden en una catarsis de rabia y energía son, aún hoy, difíciles de superar.
Así, treinta años después, (cuando asistimos posiblemente a los estertores de un capitalismo que recurre al callejón sin salida de la guerra y el fascismo como última posibilidad de supervivencia; que quizás ya ha llevado al planeta a un irreversible cambio climático y que ha demostrado no estar diseñado para garantizar una vida digna para la Humanidad, sino todo lo contrario) nos encontramos en un contexto histórico donde el golpe encima de la mesa que dieron Rage Against the Machine en su momento, cobra su máxima vigencia. Rabia, energía y vehemencia positivas que ya formarán parte para siempre de la Historia de la música.
“La máquina puede ser cualquier cosa, desde la policía de Los Angeles, que pueden sacar a la gente de sus coches, golpearlos fuertemente y salirse con la suya; la maquinaria del Estado capitalista que trata de hacerte un «lavado de cerebro» para que te comportes de forma estúpida y nunca te enfrentes al sistema y solamente pienses en esperar el fin de semana para tener otro paquete de cervezas“, Tom Morello.








