Mienten

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Símbolo de la justicia

No dejaría de ser divertido poder preguntar a los jueces, ¿usted qué ha hecho a lo largo de su carrera? Y que te contestaran, pues he archivado la causa contra tal o cual corrupto, he firmado tantos desahucios, he metido en la cárcel a un rapero, he cuestionado y minimizado el sufrimiento de una violación…

Enciendo el televisor un domingo cualquiera. En la Segunda Cadena de la Televisión Pública, la de todos y todas, la retransmisión de la Misa; en la Cuatro, diatribas contra el gobierno; en la Cinco, apología de la incultura y el chonismo; en la Trece, de nuevo, misa; en Popular tv, más misa; en la Siete Región de Murcia y en Telemurcia, al igual que imagino en Telemadrid y en las de otras comunidades autónomas, otra de lo mismo; en GTM, ahora Toro Televisión, como no podía ser de otra manera, más misa pero esta vez oficiada por un cura nazi; y para que no falte de nada, en TBN, fanatismo evangelista con posesiones diabólicas incluidas.

Entonces uno se pregunta si es que de nuevo quieren volver a convertirnos o más bien impregnar nuestras mentes del mensaje que asegure la aceptación de un ser infalible y todopoderoso. Y me da que por ahí van los tiros. Si se asume la posibilidad de tal poder en un ser invisible e indemostrable, ¿por qué no hacerlo en quienes sí que muestran su rostro?

Así, como nuevos dioses, así pretenden que veamos a los jueces. Su palabra es sagrada, las críticas a sus decisiones son tachadas como ataques a la democracia, pero ¿qué democracia es ésta que me obliga a aceptar el criterio de aquellos que no he elegido?

Mienten. Mienten como bellacos cuando dicen que el sistema de elección del órgano de decisión de los magistrados debería de ser cuestión suya y nada más que suya. ¿Es que acaso van a hacer campaña electoral para que los ciudadanos sepamos de qué pie cojea cada uno?

No dejaría de ser divertido poder asistir a sus mítines. Poder preguntarles, ¿usted qué ha hecho a lo largo de su carrera? Y que te contestaran, pues he archivado la causa contra tal o cual corrupto, he firmado tantos desahucios, he metido en la cárcel a un rapero, he cuestionado y minimizado el sufrimiento de una violación o he condenado a penas mayores que las impuestas por asesinato a unos por hacer un referéndum… ¡Ah! Y también le he metido cientos de años a unos chavales por una pelea en un bar, aunque eso sí, eran vascos.

Y así, con las mismas, poder decirles con nuestro voto, “¡pues usted a la puta calle!”, en vez de eso de que hay que respetar las decisiones judiciales, que suena tan bonito como antidemocrático, porque, al fin y al cabo, la democracia es respetar a quien respeta y combatir a quien no lo hace.

Exigir que se marchen aquellos que ostentan un cargo en la alta judicatura a pesar de estar caducado su mandato, no es un ataque al Estado de Derecho como pretenden algunos, curiosamente los mismos que siempre lo han recortado cuando no anulado por decreto. Y si persisten en ocupar el sillón que no les corresponde, pues habrá que intentar que lo dejen de la manera que sea posible. Eso es mantener las reglas del juego, no lo contrario.

Y las reglas son que la soberanía popular en una democracia como la que tenemos, por más que ésta sea imperfecta y, por tanto, no de mi agrado, reside en el Parlamento y el Senado. Coartar sus decisiones, amordazar lo que los ciudadanos y ciudadanas han elegido, no es algo que en absoluto les corresponda a los jueces y menos aún si lo hacen de manera preventiva.

Son modos que nos traen tristes recuerdos que sólo han dejado sangre y dolor a su paso. La invasión de Iraq, entre otros crímenes. Lo que tenemos enfrente, por más que se camufle su nombre, se llama Fascismo. Que no se nos olvide.

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