El 20 de mayo de 2013, hace casi una década, un joven analista, de los miles que pueblan hoy en día las muchas agencias integradas en la comunidad de inteligencia estadounidense, salió de su base en Hawái y tomó un vuelo en dirección a Hong Kong. Apenas llevaba consigo una pequeña maleta de viaje y dos ordenadores.
Así, ligero de equipaje, partió de territorio norteamericano Edward J. Snowden, abandonando una vida cómoda y bien pagada, camino de un exilio incierto. Incierto porque no sabía entonces muy bien dónde terminaría, aunque esperaba ser acogido por algún país cuyo gobierno lo hubiera valorado como digno de protección, ante las escandalosas y colosales revelaciones lanzadas por el analista, unos días antes de su abrupta salida, a través de los diarios The Guardian y The Washington Post. Quizá algún país latinoamericano -pensaba él-. De esos que habían tenido el valor hasta la fecha de no dejarse intimidar por el gobierno de EEUU. Acaso el Ecuador, cuyo presidente, Rafael Correa, había concedido asilo diplomático a Julian Assange en la Embajada de Londres menos de un año antes.
Snowden confiaba en una respuesta de la sociedad civil y en cambios políticos que pusieran coto a los abusos de poder de su gobierno en materia de vigilancia y seguridad
Ciertamente, la información hecha pública, con la colaboración fundamental de los periodistas Laura Poitras y Glenn Greenwald, ponía negro sobre blanco lo que hasta entonces no había sido más que una vaga intuición para algunxs: que el gobierno estadounidense tenía desde hacía años, todo un sistema de espionaje masivo de las telecomunicaciones globales. En la misma lógica de la doctrina de guerra preventiva, implantada tras los atentados del 11S, el mundo entero pasó a ser sospechoso de conspirar contra los intereses del gigante norteamericano. De este modo, pudimos saber todos, no sólo que varixs líderes europeos como Angela Merkel habrían sido vigiladxs, sino que también se operaba con información de la inmensa mayoría de ciudadanxs que hacemos uso de tecnología estadounidense para nuestras comunicaciones cotidianas. Es decir, si utilizas algún tipo de hardware (nodos IP, cables submarinos, redes satelitales) o software (Google, Microsoft, Apple…), cualquier información que generes, desde cuentas bancarias hasta conversaciones íntimas, puede ser guardada preventivamente por no se sabe muy bien qué agencia, con no se sabe muy bien qué garantías, y en beneficio de no se sabe muy bien qué causa.
En aquellos días, el mundo siguió el constante goteo de aquella información, que se entrecruzaba con el devenir de la propia biografía heroica y dramática de Snowden, con algo de incredulidad y mucho de estupefacción. Los medios sin duda se hicieron eco del interés ya entonces expresado con furia en las redes sociales, pero apenas tardaron en convertir el caso en un relato morboso, con aires de guerra fría, sobre la deserción de un ex espía norteamericano atrapado en el Moscú de Vladimir Putin.
Muy poco se reflexionó públicamente sobre la gravedad de aquellas revelaciones.
Aún más vergonzante fue, desde luego, las quejas timoratas -cuando no el silencio atronador- de la mayoría de líderes europeos, algunos de lxs cuales habían sido supuestamente víctimas de estos programas de espionaje. No solo les faltó agallas para defender los derechos fundamentales de sus conciudadanxs frente a una potencia extranjera; aún peor. En un episodio digno de un monólogo de Gila, países como Francia, Portugal o España denegaron el acceso aéreo al avión del presidente de Bolivia, Evo Morales, ante la peregrina sospecha norteamericana de que éste ocultaba a Snowden y permitía su fuga. Da entre risa y espanto imaginar al Tío Sam llamando por teléfono a algún despacho de Madrid, para provocar la genuflexión más obsecuente y rastrera.
Mostró que el gobierno estadounidense tenía desde hacía años, todo un sistema de espionaje masivo de las telecomunicaciones globales
Pero lo peor sin duda fue la situación de indefensión absoluta a la que nos vimos todxs abocadxs. Sí, nuestrxs propixs dirigentes no fueron capaces de apelar al derecho internacional de los derechos humanos, y a la inviolabilidad de las comunicaciones ahí consagrada, ¿qué instancia del Sistema de Naciones Unidas podría acaso reprender al gobierno norteamericano por un comportamiento tan execrable? La propia República del Ecuador, una economía dolarizada, se vio amenazada con el corte del flujo monetario, por el solo hecho de haber mostrado interés en estudiar la solicitud de asilo remitida por Snowden. Un país soberano anuncia que hará uso de sus prerrogativas como Estado de la comunidad internacional… ¡Y se amaga con desatar sobre él el caos, y condenarlo a la categoría de paria!
En aquellos días extraños de junio del 2013, tuve la oportunidad de entrevistarme con Snowden en varias ocasiones. El hecho de que fuera siempre en una sala gris del aeropuerto Sheremetievo, rodeado de la seguridad del Estado ruso, y que además yo lo hiciera en calidad de representante del gobierno ecuatoriano, ciertamente no daba para conversaciones demasiado profundas sobre el significado político de lo que aquel chaval de veintitantos tenía entre manos. Pero sí hablamos largo y tendido sobre temas periféricos, y me llevé la impresión de que ese modo sereno y asertivo de expresarse revelaba respuestas muy razonadas a los preguntas éticas y políticas que le habían llevado a meterse en semejante jaleo. En todo caso, creo que confiaba en una cierta reacción de la sociedad civil -norteamericana y mundial-, y quizá en cambios políticos que pusieran coto a los excesos de su gobierno en materia de vigilancia y seguridad.
Nada de eso ha pasado. La inteligencia norteamericana trabajó en esos programas de espionaje masivo con sus contrapartes de Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda (la llamada red Five Eyes). También por revelaciones del propio Snowden, sabemos que otros países europeos colaboraron en diverso grado mediante la vigilancia directa a sus propixs conciudadanxs y la transferencia de datos (entre ellos, España). Pese a las campañas puestas en marcha a raíz del escándalo por organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch, los intereses creados entre distintos gobiernos, con la colaboración inestimable de los grandes medios de comunicación, lograron cubrir todo aquello en una suerte de envoltura episódica, como anécdota para el verano de aquel año.
En la doctrina de guerra preventiva EEUU pensó que el mundo conspiraba contra ellos. Guardan preventivamente toda la información que generamos
Desde entonces, poco sabemos qué ha cambiado. Y si lo ha hecho, en qué dirección. Desde luego, han saltado otros escándalos sobre el uso descontrolado de herramientas de espionaje, como el que se vivió en Europa con el caso Pegasus hace apenas unos meses (y en el que nuevamente nuestro país no ha terminado de quedar en buen lugar). Lo que parece evidente es que las cosas no han mejorado en esta última década, en términos de derechos y libertades de información y comunicación. Es más; probablemente, vamos ya camino de un empeoramiento, toda vez que la guerra de Ucrania y los enfrentamientos cada vez más frecuentes con la República Popular China propician una inflamación aún mayor del fervor securitista y paranoico ya existente en determinadas instancias. En este sentido, no podemos esperar demasiado de unos Estados europeos que han sido históricamente incapaces de salir del marco mental atlantista en materia de defensa y seguridad nacional, y que, al fin y al cabo, ven en el socio norteamericano un buen patrón al que subyugarse, pese a que haya que aguantarle algunos excesos de vez en cuando.
Quizá podía haberse esperado una reacción desde los medios de comunicación, ante los derroteros que tomaban estas prácticas. Al fin y al cabo, es el cuarto poder el interpelado habitualmente por la teoría liberal para garantizar los derechos de información y comunicación. Pero, como decía más arriba, su papel no ha sido más digno que el de los Estados involucrados. Apenas un puñado de periodistas valientes (como los Poitras y Greenwald, antes citados) lucharon -y luchan- por arrojar algo de luz sobre este pozo tan siniestro en el que demasiadas veces se ventilan las “razones de Estado”. Pero lo hacen militantemente, sin ningún tipo de ayuda de los grandes medios. Esos mismos medios que también callan frente al encarcelamiento injustificado del editor de Wikileaks, Julian Assange, y que quisieron hacer de Snowden un simple aventurero.







