Siempre defendió que la lucha de clase y la lucha de género tienen que ir de la mano

Dulcinea Bellido Carvajal, una de las nuestras, una imprescindible

Fue una de las fundadoras del Movimiento Democrático de Mujeres y de una red clandestina para el cuidado de los presos políticos y sus familias
Placa de Dulcinea Bellido en Valencia del Ventoso (Badajoz)

“Soy autodidacta y reconozco que tengo montañas de lagunas en mi formación. La emigración y la chabola, con su significación, entorno e injusticia, provocaron en mí una constructiva rebeldía, instigándome a ingresar en el PCE en los durísimos años de la clandestinidad…”. Así hablaba de sí misma Dulcinea Bellido Carvajal (Valencia del Ventoso, Badajoz, 1936 – Madrid, 2001) en una entrevista concedida al diario Pueblo el 2 de mayo de 1977, poco antes de las primeras elecciones democráticas en las que ella fue la sexta en la candidatura del PCE por Madrid, encabezada por Santiago Carrillo. Formaba parte del comité central del PCE desde 1975, un órgano político en el que había solo 17 mujeres entre 124 miembros.

Cuando concedió esta entrevista Dulcinea ya era una mujer adelantada a su tiempo, que experimentó en carne propia y con conciencia de sí misma lo que significaba ser mujer y las desigualdades que eso comportaba. En mi particular diálogo con esta mujer comunista y feminista de la que soy deudora, por todas las puertas que ella abrió para mí y para las mujeres de todas las generaciones posteriores, me la imagino haciéndose preguntas para la rebeldía: ¿Por qué nosotras somos así?, ¿por qué cuidamos y no nos cuidan?, ¿por qué nos quieren recluidas, obedientes, calladas, presas, sentadas en la mesa de la cocina o de adorno en las fiestas?, ¿por qué quieren sacar tanto jugo a nuestros cuerpos, a nuestra fuerza para dar la vida, a nuestras manos, caras, voces, pechos, pies, caderas, rodillas y glúteos?, ¿por nos quieren aniquilar con el silencio?, ¿por qué nos persiguen, nos acosan, nos pegan, nos violan, nos matan?, ¿por qué?, ¿por qué?…

“Vivir en grupo facilita el avistamiento y la detección de los depredadores”, señala María Sánchez, poeta, en su Cuaderno de campo. Dulcinea, que era una mujer de campo, se dio cuenta muy pronto, con muy pronta dureza, que para avistar, oponer, frenar y vencer a los depredadores del patriarcado hay que unirse, ir en grupo, acuerparse. Se dio cuenta muy pronto, demasiado pronto, con muy pronta dureza, que por ser mujer era otra cosa y que solo podía ser la mujer que quería ser, dándose la mano con las otras. Se embarcó en la tarea de formar colectivo, democrático, un movimiento, un Movimiento Democrático de Mujeres, para establecer un lugar propio desde el que partir, para aprender juntas, para reclamar espacio juntas, para exigir pan, justicia, derechos, libertad, para pedirlo todo, porque todo nos es negado; porque para llegar a derribar los muros, los de las prisiones, los del Estado represor, los del agobiante patriarcado ubicuo, los de la Iglesia anuladora-coercitiva-inculcadora de culpas, los de la propia casa, los muros internos, los del propio cuerpo y mente “educados” son necesarias muchas manos, cuántas más manos mejor, muchos cerebros conectados, cuantos más cerebros mejor. Y así, en 1965 ella, junto con un grupo de hermanas fundaron el MDM (Movimiento Democrático de Mujeres), germen del feminismo de clase en España, una organización que llegaría a tener cinco mil afiliadas en plena dictadura. Bellido fue consciente muy pronto que solo podía ser comunista siendo feminista a tiempo completo, porque o la lucha de clase y la lucha de género van de la mano, o no van a ningún sitio por separado. Bellido tuvo la lucidez política de poner en diálogo al movimiento vecinal, al feminismo y al activismo político antifranquista (que ella practicaba como militante del PCE) para reclamar derechos democráticos en los que las mujeres españolas tenían mucho que decir, desde los barrios, desde las escuelas y universidades o desde las fábricas. En 1977 intervino ante 20.000 personas en el mítico mitin del PCE, calificado como “feminista” en la Plaza de Toros de Vista Alegre, donde se habló por primera vez, en una tribuna política de un partido que concurría a unas elecciones desde la II República, sobre la “cuestión femenina” y las reivindicaciones de las mujeres.

Su trayectoria vital fue recordada, con palabras que curan, los días 11 y 12 de este nuevo marzo de las mujeres de 2023 en su pueblo natal, Valencia del Ventoso, Badajoz, donde se le rindió homenaje y se colocó una placa en su memoria en la fachada de la casa en la que nació. Ella, que comenzó a trabajar a los 8 años sirviendo en una casona de su pueblo y caminó con dureza, resistencia, rebeldía y generosidad todos los pasos emancipatorios que en otras personas no caben en una sola vida. Ella, que emigró a Madrid en 1948 con su familia, trabajó de modista y con 17 años empezó a militar en el PCE. Ella, que en 1956 fue detenida por primera vez junto a su marido, Luis Lucio Lobato, la persona que más tiempo estuvo presa por razones políticas en España. Ella, que junto a Carmen Rodríguez, pareja de Simón Sánchez Montero, organizó toda una red clandestina de amparo a los presos políticos españoles y a sus familias, teniendo contacto con cientos de mujeres de preso con las que compartió penalidades y luchas por derechos, que fraguarían poco a poco en una identidad política con perspectiva feminista… a esta Ella, que son muchas ellas, rindo memoria y reparación en estas pocas líneas en la contraportada de Mundo Obrero, el periódico que nuestra Ella, Dulcinea, leyó tantas y tantas veces. Porque Ella fue, nosotras somos.

(*) Escritora y fotoperiodista.

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