En estos días en los que la mayor parte de la atención pública y mediática está puesta en las elecciones municipales del 28 de mayo, yo reflexionaba sobre los avatares del poder municipal comunista. Pensaba en aquellos bastiones históricos que nos iluminaron antaño para reflexionar sobre otro urbanismo, sobre otra ciudad más justa y habitable, como fueron los casos de Bolonia, los de las ciudades de la periferia roja parisense o el caso menor de Boucau, un pueblo industrial del País Vasco francés que desde los años 20 fue una especie de soviet, siempre con mayoría comunista, y que mostró otro valor que, más allá de la buena gestión, supone también ganar los municipios. Boucau sirvió como escala de la solidaridad, como refugio para todos aquellos fugitivos que escapaban de la revolución asturiana aplastada de octubre 1934, del golpe franquista en 1939, o de la dictadura portuguesa de Salazar. En Boucau se les recibía y después, por los numerosos capilares comunistas de Francia, se les dispersaba para su protección. Pensaba en esos modelos, por un lado, con la nostalgia de los buenos tiempos, pero también con tristeza por la pérdida de algunas de esas plazas que en algunos casos tuvo la poco honorable forma de la rendición. Escapando de la melancolía hacia los proyectos futuros me venían a la mente algunos éxitos recientes, inesperados, en estos tiempos de reflujo de la idea comunista, las victorias en ciudades como Santiago de Chile, o la austriaca Graz. Y cuando preparaba una entrevista para Herri -la revista del PC de Euskadi- con la flamante alcaldesa comunista de Graz, Elke Kahr, me vino a la memoria un suceso que merece ser conocido, el recuerdo de la vida de un austriaco, Joseph Orlistch, al que llamaré como lo hacían sus compañeros presos en la prisión central de Burgos, el alcalde de Floridsdorf.
Floridsdorf es una población adosada a Viena que a lo largo de su historia fue a veces independiente y otras un suburbio vienes. Y se convirtió en un bastión de la resistencia obrera en la insurrección vienesa de 1934, uno de los últimos lugares en sucumbir bajo los cañonazos. Una revolución parecida en muchos aspectos a la acontecida en España, en Asturias, en octubre del mismo año. Como aquí, allí se enfrentaron al auge del fascismo emergente que iba sojuzgando las libertades obreras, la de expresión, la de reunión, la de manifestación. Como aquí, allí se rebelaron no sólo contra eso, sino que, como aquí, fueron más allá, y lo reclamaron todo. Al reestudiarlo no puedo evitar los ecos posteriores de mayo del 68, similar en su ambición por el poder, por no contentarse con las mejoras parciales. Y, como aquí, en Viena fue aplastada, lo que significó un preámbulo del fascismo.
La arquitectura de austro-marxismo, otro modelo de ciudad
“Allí, en Floridsdorf, no hay más que socialistas y comunistas”, les contaba el alcalde a sus compañeros presos. Aunque nuestro alcalde, en realidad, sólo fue concejal, y además no de Floridsdorf, sino de Klagenfurt, una ciudad del sur de Austria. Pero en los cientos y cientos de vueltas al enorme patio de la prisión de Burgos, charlando con sus compañeros, contándoles las peripecias de su lucha en Viena, Klagenfurt se transformó en Floridsdorf y su cargo aumentó de categoría.
En Viena, Floridsdorf, en los años 20-30 supieron construir una alteridad política, otra ciudad guiada por la gran construcción de vivienda social. Una política no sólo basada en lo cuantitativo, numérico, sino que, dirigida por el gran arquitecto Otto Wagner, apostó por dar transformadoras formas habitacionales a una nueva vida asociativa, con edificios que tenían dotaciones de servicios colectivos, comedores, lavanderías, guarderías, que significaban también una apuesta por la emancipación de la mujer. Construcciones poderosas, con forma de enormes patios que reflejaban la idea de una rica vida autónoma proletaria. Fue aquel movimiento que se llamó austro-marxismo, o “la Viena roja”, que dejó obras espléndidas como la Karl-Marx hof, la Engels hof, y muchas otras. Esas estructuras de bloques cerrados como fortalezas, permitió a las organizaciones proletarias resistir mejor los asaltos en ese golpe derechista de 1934.
11 años en la cárcel de Burgos
¿Y qué hacía el alcalde de Floridsdorf en la cárcel de Burgos? Éste es el aspecto más desconocido del asunto. Orlistch había sido un brigadista internacional en la Guerra Civil, evacuó a Francia, donde estuvo en la Resistencia, y cuando el Partido Comunista en 1944 organizó la entrada con guerrilleros en España para combatir a Franco, Orlistch se apuntó. Fue detenido en Aragón. Su deber de solidaridad, su amor por la España republicana que había conocido, le hizo dejarlo todo para volver al combate.
No es muy conocido que en aquel movimiento guerrillero, la Unión Nacional, vinieran también extranjeros, y nuestro alcalde no fue el único. Entre otros, vale la pena recordar a aquellos que compartieron la prisión de Burgos con Orlitsh, el polaco de Gdansk, Paul Keller; y el alsaciano Marcel Eichner. Ellos no habían estado con las Brigadas Internacionales, su compromiso lo adquirieron en Francia, donde estaban exiliados y donde combatieron al nazismo.
Orlistch, Keller, y Eichner protagonizaron un intento de fuga en 1949 desde la prisión de Burgos, al modo de las películas, excavando un túnel subterráneo de muchos metros de longitud. Algo que la historia oficial española, y la particular de la prisión de Burgos-inexistente en sus archivos- ha sepultado para silenciar las muestras de rebeldía de los presos.
La preparación de la fuga comportó a los tres presos un grave problema con sus camaradas españoles, que muestra, analizado hoy en día, las consecuencias que en ocasiones tuvo en nuestras filas el dogmatismo. Orlistch, Keller y Eichner descubrieron que la mejor posición para excavar ese túnel era la garita del corneta de entrada al patio de la prisión, porque estaba más cerca de la calle. Para acceder a ese puesto debían convertirse en cornetas, haciéndolo tenían la posibilidad de ocupar la garita y mientras lo hacían, por parejas, excavar. Se apuntaron, y consiguieron el puesto. Eso significó el vacío del resto de sus compañeros presos, que desconociendo su plan, no comprendían su postura, pues en aquel tiempo, de lucha frontal contra las autoridades del penal, estaba muy mal visto ser corneta, pues eran los más serviles; su misión era anunciar la entrada al patio del director y tocar en las formaciones. En el archivo del PCE se encuentran comunicaciones enviadas a la dirección exterior sobre ellos, tildándoles de traidores. La fortuna no estuvo de su lado, pues para acometer los trabajos tuvieron que seducir a un preso común, también corneta, que colaboró con ellos hasta el último momento, cuando los delató, lo que abortó su libertad pero restituyó su honor ante sus camaradas.
El alcalde estuvo preso hasta diciembre de 1955, cuando fue liberado gracias a las gestiones de las autoridades austriacas. Recibió un cálido y gran homenaje popular en su llegada a Viena.
Raíces obreras
A veces es nuestra mirada la que hace antiguo o moderno un acontecimiento, más allá de su edad. Y la aventura completa del alcalde de Floridsdorf constituye un ejemplo imperecedero. Y ahora que los comunistas austriacos crecen, en Graz, en Salzburgo hace pocos días obtuvieron el 22%, pienso que también eso ha sido posible porque guardaron algo de las esencias de aquella memoria obrera. Que sus éxitos recientes tienen que ver con que, en su acertada apuesta por la modernidad, no han arrancado sus raíces.








