Maricarmen sonríe y mira los caballitos de la verbena que han puesto en la plaza y doña Úrsula le habla del trato que van a tener. El vestido nuevo de Maricarmen le aprieta el barrigón y está muy fea, cree ella.
Maricarmen es una niña, pero el barrigón ha marcado una etapa en su vida, una línea que ha señalado un antes y un después. En la mayoría de las cosas sigue siendo la niña de siempre; en otras, ya es otra persona, quizás una mujer.
Ella no sabe qué es ser una mujer. Antes creía que era abrazar a un hombre que se le subía encima. Pero lo hizo y no notó nada raro. Seguía siendo la misma: “¿En qué consiste la diferencia?”, pensó.
La primera vez fue con Vicente, que, cuando ella lo quería abrazar, se escurría, sudando con una cara muy rara. Después fue en una casa vacía de la calle Jesús y María y el hombre gastaba bigote y estaba medio calvo y se lo hizo detrás de la escalera. Ese hombre no sudó, ni soltó ningún gemido, se limpió y murmuró: “vaya puta” y se marchó.
Todas las veces, las que sabía el nombre del hombre y las que no lo sabía, se miraba luego en el espejo grande del cuarto de sus padres y se preguntaba si se notaría que ya era una mujer.
Se ponía desnuda, delante, y se miraba bien mirada. Todo estaba lo mismo, cada cosa en su sitio: los pechos, el ombligo, las caderas, la mancha negra, los muslos…
─Niña ─le decía la madre─, niña…
─Madre… ─contestaba ella─. Digo yo que…
─Anda, vístete, que va a venir padre.
Padre es grande, barrigón y huele a vino y tabaco y a grasa de las motos. Padre habla, pero no termina las frases, mueve la boca y levanta el dedo y ya está. A veces no llega a la casa y madre y ella se quedan en la cocina viendo la televisión y el silencio es tan grande que parece que están debajo del agua, en el fondo del mar. Si no viene padre, Maricarmen se va a la calle.
En la calle los chicos la tocan.
─Estate quieto, Fernando ─dice ella.
─Un poquito ─dice Fernando─. Venga, tú, te doy quinientas.
─Vale ─contesta ella.
Es muy curioso eso. Los hombres, mejor dicho, los chicos, se ponen muy nerviosos. Se les cambia la cara, tiemblan, aprietan los labios. Y si ella se echa saliva en las manos y les toca arriba y abajo, arriba y abajo, entonces se vuelven como locos. Se les arquea el cuerpo y ponen cara de escupir algo. Y, en realidad, escupen, ya lo creo que escupen.
Maricarmen tiene que apartarse, pero a veces no le da tiempo y le manchan el vestido.
─¡Mira lo que has hecho con mi vestido!
Normalmente el chico no puede hablar todavía. Habla un poco después. Y habla de forma distinta. Antes, podían sonreír, después actúan como si fueran más altos, como si hubieran crecido.
─Joder, que a gusto me he quedado, tía.
─Pero mira el vestido.
─¡Je, je, je!, qué tío soy yo, eh. Parecía una fuente, ¿verdad?
Maricarmen se lo limpia, se lo limpia, se lo limpia, pero siempre queda algo, como un resto, una mancha parda. Lo mejor es el agua y restregar, aunque la madre le pregunte:
─¿Te has mojado, niña?
─En la fuente, madre.
Y la madre suspira, pero está tan asustada con padre, tan cansada, que se le olvida y las dos se ponen a ver la televisión, esperando que esa noche tampoco venga padre.
A veces, madre le pasa la mano por el cabello de oro y le sonríe.
─Qué bonita eres, niña, qué guapa.
Ella, a veces, está tentada de preguntarle qué es eso de ser una mujer, en qué consiste, porque la Mariloli se lo dijo hace tiempo, en la plaza, sentada en un banco.
─Tienes que dejar que te la metan y tú los abrazas por detrás y les dices cosas en el oído.
─¿Y ya está?
─Sí, ya está.
─No puede ser, eso tan grande no puede caber dentro. Es imposible.
─Sí que cabe. Me lo ha dicho mi hermana. Lo que tenemos nosotras es más grande todavía. ¿No cabe un niño?
─Es verdad, ¿entonces?
─A los hombres les gusta que les abraces por detrás y les digas cosas.
─¿Qué cosas?
Mariloli se encogió de hombros.
─No sé, dice mi hermana que da igual lo que digas, el caso es decir algo. Pero parece que lo mejor es gritar bajito. Muy alto, no, porque entonces se creen que eres puta. ¿Entiendes?
Luego, Mariloli le dijo que las mujeres cambian cuando le meten eso tan grande dentro, se vuelven diferentes. Pero Maricarmen no notó nunca nada fuera de su sitio. Era la misma antes y después.
Bueno, eso fue así hasta que comenzó a crecerle la barriga y se puso gorda y gorda como su madre. “Ya está”, pensó ella, “te pones gorda y ya está, ya eres una mujer”.
La madre lloró, claro, y los chicos del barrio empezaron a reírse y a decir que de quién era. Se reían torciendo mucho la boca y se daban codazos. También se reía la gente del barrio, los tíos del barrio. Aunque ésos procuraban que no se les notara. Caminaban más deprisa hacia sus casas, pensando en lo que tendrían que decir si a la chica se le ocurría echarles a ellos el muerto.
Uno de ellos dijo en el quiosco de Paco:
─Eso es de todos, ¿no? Vamos, me parece a mí.
Pero nadie contestó, ni hizo ningún chiste. La barriga de Maricarmen sobresalía cada vez más y su padre acababa de entrar a echarse su medio botellín.
Los caballitos de la verbena que han puesto en la plaza se mueven en círculo y Maricarmen está tan embobada que apenas escucha a la mujer, a doña Úrsula, que le pone la mano en el hombro.
─No lo pienses más, guapita.
─Ya lo tengo pensado, doña Úrsula. ¿Cuánto me va a dar usted?
─Mira, hija, piensa que lo va a tener una familia de posibles, muy buena, ¿sabes? Él está muy bien colocado en una oficina y ella, la pobre, no puede tener hijos. Lo cuidarán muy bien.
─¿Pero cuánto?
─Ay, hija, no sé. ¿Cuánto crees tú?
─Doscientos billetes. Mi madre dice que por menos de doscientos, nada.
─Dile a tu madre que…, bueno, verás, te doy cien y te pago todos los gastos de la clínica. Una clínica de lujo, hija. ¿Qué dices?
Maricarmen dijo que sí y siguió mirando los caballitos de la verbena de la plaza.








