Pablo Neruda viajó por primera vez a la Unión Soviética en 1949. Sus posiciones políticas y su poesía eran difundidas en aquella nación desde 1937, cuando la revista Internatsionalnaia literatura incluyó un resumen del discurso que había pronunciado en febrero en París en memoria de Federico García Lorca. En 1939, el periodista Iliá Ehrenburg tradujo al ruso España en el corazón, su homenaje épico a la resistencia republicana, y ya en 1949, con el título de Stiji (Versos), apareció su primera antología en este idioma, con un capítulo introductorio de Ehrenburg.
El 8 de junio de 1949 Neruda llegó a Leningrado. Hacía tan solo un mes y medio que había aparecido de manera sorpresiva en París, en la clausura del primer Congreso del Movimiento Mundial de Partidarios de la Paz, celebrado en la Sala Pleyel, en el que participaron casi tres mil delegados de los cinco continentes, entre ellos Charles Chaplin, Pablo Picasso, el general Lázaro Cárdenas y Diego Rivera. Después de haber sido desaforado como senador por la justicia chilena por sus críticas al presidente Gabriel González Videla y de vivir un año en la clandestinidad (periodo en el que concluyó su monumental Canto general), logró burlar la persecución policial y salir a Argentina a través de los Andes. Había sido invitado a la URSS para asistir a los actos de conmemoración del 150º aniversario del nacimiento de Alexander Pushkin, considerado el fundador de la literatura rusa moderna.
El 15 de junio, en la ciudad que acogió las jornadas decisivas de la Revolución de Octubre, el poeta, militante comunista desde el 9 de julio de 1945, se entrevistó con el subdirector de la Sociedad para las Relaciones Culturales con el Exterior, E. P. Mitskevich. Un funcionario de apellido Ermolaev tomó nota de la conversación y preparó un informe que fue elevado al Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Este valioso documento histórico forma parte del amplio dossier en ruso sobre Neruda que se conserva en el Archivo Estatal de Historia Política y Social de Moscú. Allí habló en representación de la dirección del Partido Comunista de Chile y, en tono autocrítico, señaló que el viraje represivo de González Videla (elegido presidente en 1946 con el apoyo decisivo del PC) les había tomado por sorpresa y transmitió una valoración negativa de la larga década de alianza con el centro político, representado por el Partido Radical.
El 25 de junio llegó a Moscú, donde dos días después la Unión de Escritores Soviéticos celebró una velada en su honor en la Gran Sala del Conservatorio. Fue presidida por Alexander Fadieiev, autor del himno revolucionario La joven guardia, y participaron escritores como Semión Kirsánov (discípulo de Maiakovski), Nikolai Tíjonov, Constantín Símonov y Ehrenburg, quien pronunció el discurso principal. También visitó la ciudad a orillas del Volga que no pudo conquistar Hitler en 1942-1943, a cuya reconstrucción dedicaría su “Tercer canto de amor a Stalingrado”. Y en el libro de visitas del Museo de la Defensa anotó: “Nací para cantar a Stalingrado”. Allí pidió que depositaran, en su nombre y en el de su partido, una corona de flores en la tumba de Rubén Ruiz Ibárruri (hijo de Pasionaria), teniente del Ejército Rojo que cayó en septiembre de 1942.
En abril de 1950 en Ciudad de Guatemala, en la lectura pública del que sería cuarto texto de su libro Viajes (1955), titulado “El esplendor de la tierra”, evocó su estancia en Leningrado, Moscú, Stalingrado y Púshkino, la ciudad natal de Pushkin: “Venid conmigo, poetas, a los bordes de las ciudades que renacen: venid conmigo a las orillas de la paz y del Volga, o a vuestros propios ríos y a vuestra propia paz. Si no tenéis que cantar las reconstrucciones de esta época, cantad las construcciones que nos esperan. Que se oiga en vuestro canto un rumor de ríos y un rumor de martillos”. En la que fue su segunda visita al bello país centroamericano relató también sus impresiones de Polonia y Hungría, ya que llegó a Budapest el 23 de julio de 1949, invitado por el Gobierno para participar en los actos por el centenario del gran poeta nacional Sandor Petöffi. En aquellos días apareció una antología de su poesía traducida al húngaro.
“En las naciones del continente mandan los representantes más rapaces y salvajes del imperialismo estadounidense. Dominan de facto todas las riquezas de la región” (Neruda 1949).
Visitó, asimismo, Checoslovaquia, a propuesta de la Unión de Escritores, y el 15 de agosto ofreció una conferencia de prensa en Praga. “Soy originario y ciudadano de América, un continente al que muchos por error siguen llamando el Nuevo Mundo. Este nombre no se corresponde con la realidad. El nuevo mundo comienza con la Unión Soviética y se expande por los países de democracia popular. América es un lugar de incendiarios de la guerra, un mundo de naciones oprimidas”, proclamó ante los periodistas checos y los corresponsales extranjeros, en declaraciones recogidas por la Agencia Tass. “En las naciones del continente mandan los representantes más rapaces y salvajes del imperialismo estadounidense. Todas las riquezas naturales de América Latina, el petróleo, el cobre, el hierro… no pertenecen a los pueblos, sino a los imperialistas de Estados Unidos. Ellos dominan de facto todas las riquezas de la región. El hambre y la pésima situación material, la injusticia y las persecuciones, son el verdadero patrimonio de los pueblos de nuestro continente”.
Pablo Neruda fue “el más grande poeta del siglo XX”, según las tantas veces citadas palabras de Gabriel García Márquez, pronunciadas ante las cámaras de Televisión Nacional de Chile el 23 de octubre de 1971 en la Embajada chilena en Francia, dos días después de obtener el premio Nobel de Literatura.
También fue uno de los grandes intelectuales comunistas de su tiempo. Durante más de dos décadas formó parte del Comité Central del Partido Comunista de Chile, que le eligió candidato presidencial el 30 de septiembre de 1969, hasta que en enero de 1970 renunció en favor de Salvador Allende. Desde junio de 1949 y hasta su última estancia en abril de 1972, el autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada visitó prácticamente cada año la Unión Soviética. Fue parte del jurado del Premio Stalin por el Fortalecimiento de la Paz entre los Pueblos (posteriormente, rebautizado como Premio Lenin), instaurado en 1950 y que él mismo recibió en su edición de 1953, y uno de los principales representantes del Movimiento Mundial de Partidarios de la Paz.
Las revelaciones del XX Congreso del PCUS, en febrero y marzo de 1956, sobre los crímenes del estalinismo no alteraron su compromiso político, que reafirmó de manera crítica, pero solemne, en 1964 en el largo poema “El Episodio”, de Memorial de Isla Negra. Sin embargo, como escribió el profesor Hernán Loyola en el prólogo al cuarto volumen de la última edición de sus obras completas, “fue su poesía la que cambió”, ya que desapareció el “utópico horizonte político” que había impregnado su visión del mundo en Las uvas y el viento y en las Odas elementales.
En 1958, Estravagario inauguró una nueva época en su escritura poética y delineó las direcciones esenciales que sus versos asumirían en el otoño de su existencia. En su obra posterior encontramos sonoras críticas al estalinismo, como el durísimo perfil de Stalin que trazó en el poema “El culto (II)”, o el rechazo a la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia que expresó en el poema “1968”, ambos incluidos en su libro Fin de mundo (1969). Pero jamás desmayó en su defensa pública de la Unión Soviética y del papel que creía que desempeñaba en aquel mundo que se derrumbaría a partir de 1989.
Neruda adquirió su compromiso en la España entre 1934 y 1936, de la II República a los bombardeos de Madrid. Aquí cambió su vida y su poesía
Y manifestó siempre el orgullo más hondo por su militancia en las filas de un partido de masas hegemónico en la clase obrera y en el mundo de las artes y la cultura. Así lo expresó el 13 de diciembre de 1971 en el bellísimo discurso que pronunció en Estocolmo, cuando proclamó que había llegado hasta allí, para recoger la mayor distinción literaria, después de una larga y azarosa existencia, “con mi poesía y también con mi bandera”. Señaló entonces los “deberes del poeta” y afirmó su fe en la profecía formulada cien años atrás por Arthur Rimbaud: “Solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres…”.
Aquel compromiso lo había asumido, para siempre, en España entre 1934 y 1936. La luz y la sangre de la II República marcaron la evolución de su vida y su poesía.







