Bajo el fuego

La corresponsalía de guerra, un sacerdocio cívico comprometido con la sociedad mediante la información

La misión primordial del periodista es despejar la incertidumbre sobre un hecho noticioso mediante la información. La guerra es el escenario más incierto
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Foto: Federación Internacional de Periodistas – www.ifj.org/es/

Corresponsal de guerra es un profesional del periodismo que arriesga su vida para informar desde un conflicto bélico. Los hay de dos tipos, literario y gráfico. Plumilla, redactor o lamparilla, fotógrafo o camarógrafo, en la jerga usual. Además, los hay adscritos salarialmente a un medio y otros, freelance, que van por libre. Se trata de la misión más visiblemente peligrosa de un periodista, por razones obvias; si bien otros cometidos periodísticos, por ejemplo, los relativos a la investigación, encierran asimismo peligros directos y riesgos seguros sobre la integridad. Con todo, la posibilidad de muerte acompaña siempre al reportero de guerra. No podrá olvidar que el periodista muerto no sirve ya para nada, lo cual le hará observar normas de contención y prudencia, sin abandonar nunca el compromiso social de informar.

La misión primordial del periodista es despejar la incertidumbre sobre un hecho noticioso, interesante. Y ese despeje ha de hacerlo mediante la información. Mas la guerra es quizá el escenario más incierto que quepa concebir, donde obtener información resulta extremadamente difícil. Por eso, su tarea será enormemente ardua, lo que le exigirá equilibrios psicológicos y conocimientos sobre sí mismo y sobre los demás capaces de mantener su entereza.

¿Qué puedo contar, si apenas me van a dejar ver lo que no quieren que vea? Pero la gente suele pensar que hay una colina desde la cual el reportero lo puede ver todo

¿Qué puedo contar?

El principal desafío que el/la corresponsal afronta es la soledad. Cuando aterriza en un escenario de guerra, la pregunta que suele acudir a su mente es esta: “¿qué hago yo aquí, a miles de kilómetros de mi casa, de mi familia y mis amigos…? ¿Qué puedo contar, si apenas me van a dejar ver lo que no quieren que vea? Además”, prosigue en su reflexión, “voy empotrado dentro de uno de los ejércitos combatientes, por lo cual solo podré contar una parte de la realidad”. Y su mente divaga aún porque sabe que la gente suele pensar que hay una colina desde la cual el reportero ve la evolución de los combates de ambos bandos; pero él/ella sabe que eso no existe. Nunca se da. Además, desconoce si el material que envía va a ser utilizado o desechado, pues su percepción noticiosa es muy distinta de la que suele regir en la redacción de origen, donde el editor del material enviado siempre emplea una lógica propia y distinta de la del que la envía.

Otra cuestión, que nunca abandona al corresponsal sensato: el miedo. En primera línea y desgraciadamente también en retaguardia, la posibilidad de que un bombazo, una ráfaga de arma automática o un dron le arrebate la vida, en cualquier momento, es alta. Depende del azar, azar que mide nuestra ignorancia. Cuanto más elevado es lo azaroso, menos sabemos de nuestro destino. Hay algunos tópicos como el que dice que nunca una bomba cae sobre el cráter formado por otra anterior… Lo más razonable es alejarse al máximo del boquete recién abierto. La prudencia ha de acompañar al profesional siempre, pero los excesos en este terreno salen noticiosamente muy caros, porque se suelen perder oportunidades informativas sustanciosas. En ocasiones, los peligros en el frente se exageran ya que, por ejemplo, tomar un taxi en El Cairo o en Bagdad, resulta, en ocasiones, más arriesgado que desplazarse por primera línea: los taxistas de esas urbes, parece que cabalgan, más que conducir. Por cierto, dotarse de un buen guía es tarea recomendable para el corresponsal de guerra, pues conocen bien los trámites burocráticos a seguir para dotarse de los malditos permisos necesarios para visitar los frentes.

 Altamente recomendable es contar con una persona seria que traduzca y utilice sus conocimientos para abrir las puertas imprescindibles que permiten al informador poder actuar. El riesgo de los traductores es muy alto porque las autoridades locales les atribuyen los contenidos de la información barajada por el reportero, lo cual no es cierto. Los contenidos informativos son los que imprime el reportero, no quien le ayuda traduciendo. Estos profesionales son en ocasiones decisivos pues ayudan enormemente a contextualizar la información.

Otro reto encara el/la corresponsal en el asunto de las transmisiones. Los formatos para radio o televisión son mortificantes. ¿Cómo puedo resumir una batalla, con miles de combatientes en liza, en dos minutos, como máximo tres, para un informativo que pueden estar viendo o escuchando millones de telespectadores?  Cuando se informaba exclusivamente por teléfono, la obtención, en el campo de batalla, de una línea telefónica era casi siempre un milagro. Bien, pues una vez milagrosamente obtenida tal línea, no era raro que en la redacción quien debía recibir la crónica estuviera comiendo, por ejemplo, de modo que la disposición de la línea irremisiblemente minutada, irremisiblemente se perdía. En muchas ocasiones había que esperar plazos de emisión de acuerdo con las disponibilidades satelitales. Con la revolución tecnológica, algunos problemas de antaño se han resuelto.

Pobre de aquel reportero de guerra que se atreva a señalar sobre un mapa un punto, un cruz o una muesca. La sospecha de espionaje recaerá inmediatamente sobre él si su mapa es descubierto. Y el espionaje, en el campo de batalla, se castiga con la muerte. En cuanto al temple, le será necesario y vital mantener los nervios sujetos, pues la furia de los combatientes se desborda en la batalla como elemento imprescindible para seguir combatiendo. Cada impacto de artillería o ráfaga del enemigo es respondida con gestos y actitudes furibundas y contagiosas entre los combatientes, sobre todo si el impacto ha hecho mella segando una vida o hiriendo a varios de ellos. La guerra coincide con el más elevado grado de caos de las actividades humanas. Si a la vida le corresponde un grado de organización de la materia, a la guerra le corresponde su plena desorganización. Es la principal metáfora de la muerte.

¿Con qué armas cuenta el/la corresponsal de guerra? Jamás las de fuego. Incluso en su atuendo, no está de más evitar el caqui, portar algo de color blanco, dispuesto siempre a demostrar que uno, pese a estar empotrado en uno de los bandos combatientes, uno, digo, es neutral, es un observador. Hay reporteros, alguno bien conocido, que acostumbran vestirse de rambos, botas, atuendos de camuflaje, cinchas, vistosos/chistosos cascos… mayormente para vacilar ante las cámaras. Pero esa es una conducta irresponsable: si la unidad en la que va empotrado el periodista cae en manos del enemigo y es sorprendido con atuendo de combate, su suerte estará echada y recibiría el mismo trato, quizá la muerte, que el recibido por los combatientes apresados con él.

La mejor arma de defensa es la información.

Antes de emprender el viaje al frente, el reportero de guerra deberá zambullirse en la escena que va a visitar. Ha de conocer el terreno y, sobre todo, la historia local, las costumbres, los hábitos y el mayor número de personas posibles, de las cuales habrá de extraer con habilidad todo tipo de noticia. Si conoce el lenguaje local, tendrá la mitad el trabajo hecho. Manu Leguineche, quien fuera el auténtico  patriarca de la que él denominaba La tribu, el grupo de reporteros de guerra y enviados especiales, consagraba más de la mitad de su tiempo a documentarse. Una vez obtenida la información libresca, más la consulta de mapas, la visita a los archivos, ya en el campo de batalla, la contrastaba en vivo, mediante una técnica extraordinariamente propia para sonsacar información a los lugareños que buscaba y casi siempre, encontraba. Si en alguna ocasión, su simpatía le llevaba a una jaima donde era invitado a comer el manjar más exquisito del carnero: los ojos, Manu se sentaba de moritos y se comía el viscoso manjar, eludiendo la arcada. Otros reporteros solían llevar consigo medicinas presuntamente de uso personal, pero en verdad destinadas a regalarlas a combatientes. Cada cual tenía sus tretas para hacer amigos en medio del caos de la contienda. Los novatos, acudían prestos a entrevistar a prisioneros de guerra capturados por el bando en el cual se hallaban insertos. Pero los veteranos les comentaban: “si los prisioneros te dicen la verdad, les castigarán, sin duda. Y si, por temor a sus captores, te mienten, la información que te dan no vale nada”. Por consiguiente, esas fuentes informativas no existen.

Es frecuente que cuando se obtiene una fuente oficial que pide el off the record, el anonimato de la fuente informativa, tal exigencia le complica mucho las cosas. Las noticias más valiosas son las que surgen acreditadas personalmente por alguien con nombre y apellidos. Siempre mejor dos personas que una sola. Pero pocas veces las informaciones de peso encuentran valientes que se arriesguen a emitirlas por temor a ser represaliados, sobre todo, en tiempos de guerra. No puede entonces el periodista atribuir lo sabido a nadie. De ahí la existencia de latiguillos: fuentes bien informadas, fuentes concernidas en el asunto, círculos próximos al alto mandos… y otras semejantes, son fórmulas empleadas para ello por los reporteros.

La función informativa de los corresponsales de guerra es todo un sacerdocio cívico basado en el compromiso social de informar: honestidad; objetividad; inteligencia; sensibilidad; agilidad; reflejos; tesón; entusiasmo informativo y competitividad, jamás reñida ésta con el compañerismo. Tales son las cualidades de las que debe adornarse el reportero de guerra, cualidades que coinciden con las de todo profesional que sea buena persona.

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