La salud mental es política

Debemos exigir que la salud mental se considere un derecho humano y no un negocio
Salud mental
Foto: who.int / Ami Vitale, courtesy of Hand-in-Hand, Georgia

La salud mental, esencial para nuestro bienestar, ha sido profundamente afectada por las dinámicas del liberalismo económico que predominan en los gobiernos de la derecha. Estos gobiernos muestran cómo el liberalismo económico desregularizado, con su énfasis en el individualismo y la debilitación del Estado, ha transformado la salud mental en una mercancía más en el mercado de bienes y servicios. En este contexto, el éxito y la felicidad son vistos como responsabilidades individuales, erosionando las relaciones humanas y el sentido de solidaridad, con un impacto negativo en nuestra salud mental colectiva e individual. Bajo el yugo del liberalismo más salvaje promovido por la derecha, la salud mental se considera un bien de consumo, algo externo al individuo, en lugar de un derecho humano y un estado interno de bienestar. Al transformarse en una mercancía y ser progresivamente desregularizados, la provisión de servicios de salud mental comienza a regirse por la ley de la oferta y la demanda, con un enfoque en terapias a corto plazo y medicamentos que resultan más lucrativos para el mercado, en lugar de priorizar soluciones preventivas y de largo plazo enfocadas en el bienestar humano.

El liberalismo económico, surgido históricamente como respuesta a las restricciones mercantiles del feudalismo, promueve la libre competencia y la minimización de la intervención estatal en la economía. Esta concepción se basa en una visión individualista y atomista de las relaciones humanas, donde cada individuo es visto como un agente independiente en busca de maximizar su propio bienestar. La ideología liberal económica enfatiza el papel del individuo como principal actor en la sociedad, relegando al Estado, y a la protección de los que más lo necesitan, a un papel secundario. Esto resulta en una erosión de la solidaridad social y un aumento de la desigualdad, ya que el acceso a bienes y servicios, incluida la salud mental, se ve determinado por el poder adquisitivo del individuo, en lugar de ser garantizado como un derecho fundamental por el Estado.

En este modelo, el Estado se retira de su papel como proveedor de bienestar social, dejando a los individuos a merced de las fuerzas del mercado. Esto está en la base de la percepción distorsionada por parte de muchos jóvenes, quienes pueden ver al Estado no como un protector de los desfavorecidos, sino como una entidad que favorece los intereses de las elites y las corporaciones.

La salud mental es un aspecto fundamental del bienestar humano y debe ser considerada un derecho humano inalienable. Tener una buena salud mental permite a las personas desarrollar su potencial, trabajar de manera productiva, establecer relaciones significativas y contribuir a sus comunidades.

La medicalización de las emociones

Las grandes corporaciones y empresas farmacéuticas han desempeñado un papel crucial en el proceso de mercantilización de la salud mental, utilizando agresivas estrategias de marketing y publicidad para promover medicamentos y tratamientos como soluciones rápidas, fomentando así la medicalización de las emociones.

La medicalización tiene como consecuencia una patologización excesiva de respuestas emocionales normales, contribuyendo a una percepción distorsionada de lo “normal” y “saludable”. Transforma las emociones y experiencias humanas en diagnósticos médicos, llevando, en muchos casos, a una patologización masiva de respuestas humanas normales Esto a su vez refuerza un modelo biomédico que ignora los determinantes sociales de la salud mental. Desde la perspectiva comunista, este proceso oculta las causas estructurales y de clase de las desigualdades en salud mental. La medicalización despolitiza los problemas de salud mental, presentándolos como trastornos individuales en lugar de efectos de un sistema socioeconómico injusto. Así, la medicalización perpetúa estas desigualdades, ya que quienes tienen mayores recursos pueden acceder a diagnósticos y tratamientos, mientras que los sectores empobrecidos quedan excluidos o sobremedicados. Se requiere, por tanto, un enfoque social proactivo y preventivo, no exclusivamente medicalizante.

En el contexto del capitalismo más salvaje, la salud mental mercantilizada refuerza la alienación y al cosificarla en un bien de consumo, se genera una desconexión entre los individuos y su propio bienestar psicológico y emocional. La alienación se manifiesta en una visión fragmentada de las relaciones humanas, donde las necesidades afectivas se subordinan a la lógica mercantil. Esto resulta en una profunda despersonalización y en la pérdida de vínculos sociales significativos, exacerbando los sentimientos de soledad y aislamiento y erosionando el sentido de clase. Así, la mercantilización de la salud mental agrava la alienación connatural al sistema capitalista, al orientar la atención de los problemas emocionales hacia una lógica de consumo individualista en lugar de colectiva.

La publicidad impulsa la percepción de problemas de salud mental como de origen biológico/individual y crea necesidades de consumo de fármacos. Esta medicalización y patologización promovidas por la publicidad conducen a sobrediagnóstico y sobretratamiento con medicamentos, generando dependencia a fármacos que alivian, pero no curan.

Además, la mercantilización y medicalización refuerzan estigmas asociados a los trastornos mentales, al difundir una visión de anormalidad e incluso peligrosidad mediante la producción cultural (cine, literatura, etc.). Esta percepción estigmatizante, influida por intereses corporativos, dificulta la integración social de quienes sufren trastornos mentales, percibidos como enfermos o inhábiles, en lugar de como sujetos con derechos y necesidades particulares. Debemos contrarrestar esta visión distorsionada mediante campañas y acción social.

Es clave abordar los determinantes sociales de la salud mental, como desigualdad, desempleo y discriminación que requieren soluciones colectivas y cambios estructurales, no individuales. Se necesita implementar políticas públicas para asegurar acceso universal a salud mental, regular publicidad y marketing de tratamientos, y promover modelos de intervención no medicalizados.

Es fundamental fomentar la solidaridad y el apoyo mutuo frente a los problemas de salud mental, entendiéndolos como resultado de inequidades sociales y no fallos individuales. Debemos reivindicar la salud mental como un derecho humano colectivo.

Debemos exigir que la salud mental se considere un derecho humano y no un negocio. Es imprescindible luchar por políticas públicas universales, regulación del mercado farmacéutico e iniciativas que aborden las causas estructurales desde una visión no individualista. Solo la acción colectiva y organizada puede generar un cambio real. La transformación debe ser, pues, estructural.

(*) Psicólogo y profesor universitario. Núcleo de Sanidad del PCPV

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