Entre el martes 30 y el miércoles 31 se han dado a conocer las cuentas de 2023 de los grandes bancos españoles. Durante el pasado año, tanto el Banco Santander como el BBVA han batido su récord de beneficios. En esta ocasión el BBVA ha obtenido 8.019 millones de euros, un 26 % más del ejercicio anterior en el que también batió su récord. Respecto al Santander, ha conseguido unos beneficios de 11.076 millones de euros, mejorando en un 15,3 % la cifra histórica para la entidad de 2022. Todo esto, a pesar de un impuesto a la banca que ha demostrado ser una piedrecita en el camino de estos gigantes.
Al comprobar las causas de estos resultados de vértigo nos encontramos con un panorama complejo. La tendencia hacia el oligopolio ya descrita hace tiempo por numerosos economistas marxistas se cumple también en el sector bancario. Este proceso se aceleró de manera determinante tras la crisis financiera de 2008. Un proceso que, más allá del duro resultado para el empleo en el sector con numerosos despidos, ha provocado un impulso a la situación de especial vulnerabilidad de los consumidores respecto a la banca.
Ya teníamos evidencia de esta vulnerabilidad durante la burbuja inmobiliaria. Muchos son los casos que se han ido comprobando de cláusulas abusivas, de presiones a los clientes o de aprovechar el desconocimiento de algunas personas como en el caso de las «preferentes».
Todo esto se ha combinado con la situación actual. Los Bancos Centrales de los principales centros de poder económico capitalista han establecido la necesidad de elevar los tipos de interés, usando la falsa excusa de la inflación. Falsa no por la inexistencia de inflación, que es evidente para todas las familias trabajadoras a fin de mes, sino porque, para la actual inflación de oferta, la política de aumento de tipos no ayuda e incluso perjudica.
Esta política monetaria ha sido aprovechada por los bancos para aumentar los intereses de las hipotecas, obtener mayor remuneración del préstamo de dinero o mejorar la rentabilidad de algunos productos financieros. Pero, mientras que el «coste» de obtener aumentaba sin parar para la clase trabajadora, los bancos no solo no nos remuneran el dinero que guardamos en nuestras cuentas corrientes (que al fin y al cabo es dinero que dejamos al banco para que este lo utilice) sino que nos cobran comisiones por ello. Imagínese el lector que acude a una casa de empeños con unas joyas y este, en vez de darle una cantidad de dinero por ellas le obliga a pagar, y aún así el empeñista tiene libertad de vender las joyas cuando considere.







