Trinidad Arroyo, primera oftalmóloga española y comprometida militante antifascista

Fue una de las primeras mujeres en ejercer la medicina, además de Presidenta Honoraria de la Asociación Española de Mujeres Médicos y socia del Lyceum Club Femenino
Trinidad Arroyo. Primera oftalmóloga española

“Don Benito, ve”. Así titulaba El País, el 11 de julio de 1912, un artículo en primera plana donde contaba la enorme satisfacción de Don Benito Pérez Galdós por recobrar la vista gracias a Trinidad Arroyo y su marido, Manuel Márquez.

Pero ¿quién era Trinidad Arroyo, la mujer pionera en oftalmología en nuestro país y que operó de cataratas al mismísimo Galdós?

Trinidad nació en Palencia en 1872 y no sin pocos problemas consiguió estudiar Bachillerato y, posteriormente, ingresar en la Facultad de Medicina de Valladolid. La suerte estaba de su lado: en ambos casos, Disposiciones Reales permitieron justo a tiempo que pudiera matricularse.

Después de superar sus estudios universitarios emprende camino a Madrid, como tantas durante tantos años, para iniciar los estudios de doctorado y la especialización en oftalmología. En 1896 defendió su tesis, Los músculos intrínsecos del ojo en estado normal y patológico y la acción que los medicamentos ejercen sobre aquellos. Y con su sobresaliente cum laude a cuestas se convertía en la tercera mujer doctora en España y la primera oftalmóloga.

Si han sufrido alguna vez de dolor de ojos, que puede ser realmente molesto y desesperante, entenderán la importancia de su línea de investigación. Trinidad investigó sobre los efectos analgésicos del clorhidrato de codeína y diodina y, posteriormente, del uso de la atropina en las úlcera corneales (la atropina les sonará si tienen miopía o les han tenido que dilatar las pupilas, entre otras cosas). También le dedicó un tiempo de estudio e investigación a la tuberculosis ocular, variante poco frecuente de la tuberculosis.

La doctora Arroyo fue muy activa en lo académico: participó en el XIV Congreso Internacional de Medicina, celebrado en Budapest, con una comunicación; fue socia del Lyceum Club Femenino, vicepresidenta del Comité Femenino de Higiene Popular en Madrid, Presidenta Honoraria de la Asociación Española de Mujeres Médicos y colaboradora de la revista Medicina Social Española en su sección «Notas feministas. De mujer a Mujer», miembro de la comisión seleccionadora que creó la Junta para Ampliación de Estudios, y participó en el XV Congreso Internacional de Fisiología presidido por Iván Pavlov (sí, el del perro) en Leningrado junto a otros médicos como Juan Negrín. Y esta no sería la única visita a la URSS.

Sin olvidar, por supuesto, la práctica médica: tuvo una consulta oftalmológica en Palencia con su hermano, hasta el fallecimiento de este y, posteriormente, con su marido (consulta donde trató a Don Benito de su ceguera con el éxito con el que comienza este artículo). Háganse una idea de los tiempos en que estamos y entenderán la importancia de estas consultas: Trinidad Arroyo fue una de las primeras mujeres en ejercer la medicina en nuestro país con pleno reconocimiento.

Además de su consulta privada, también se comprometió con el Consultorio de Niños de Pecho, el Instituto Rubio, el asilo de Vallehermoso o el Asilo de Santa Lucía, donde fue, además Directora médica.

Y si la vida profesional estuvo llena de compromisos, la vida social y política de Trinidad fue, directamente, fascinante: para empezar, fue una de las primeras mujeres en España en votar en unas elecciones, ya que en 1916 pudo hacerlo por pertenecer al claustro universitario de la Facultad de Medicina de San Carlos, hecho que le valió la portada del ABC de ese día ¡las mujeres no alcanzaron el derecho al voto hasta 1931, aquello debía parecerles toda una excentricidad!; participó activamente en la Asociación de Amigos de la Enseñanza Popular junto a Pio del Río o Victoria Kent; se involucró en la atención a heridos en la Guerra, especialmente mujeres y niños, desde su militancia en la Asociación de Mujeres Antifascistas y fue socia fundadora de la Asociación Española de Relaciones Culturales con al URSS. Para Trinidad y su marido, junto al resto de miembros de la asociación, “la cultura en el país de los Soviets reviste un carácter general, radicalmente opuesto al carácter particular de la cultura y la educación burguesa. En el país soviético la cultura está a disposición de las masas populares” (extraído del primer número de la revista Cultura Soviética, órgano de expresión de la asociación).

Y junto a Machado firmaron también el Manifiesto de los intelectuales españoles con motivo del segundo aniversario de la guerra.

Con esta intensa implicación con la República y sus valores, acusados de comunistas y afines a las URSS, era previsible que la victoria de los sublevados franquistas implicara para Trinidad y su marido el exilio después de haber acompañado al Gobierno de la República, primero en Valencia y luego en Barcelona. Después llegó la salida a Francia, un breve paso por Nueva York y, finalmente, la llegada a México en 1939, donde Trinidad seguirá ejerciendo la medicina y relacionándose con otros exiliados republicanos como León Felipe o Max Aub. No fue fácil el exilio.

Ya septuagenaria Trinidad Arroyo retomó su actividad en la Asociación de Mujeres Antifascistas de España, de la que fue vicepresidenta, y en la Unión de Mujeres Españolas en México, de la que fue presidenta. Una mujer tremendamente inquieta hasta el final.

Defendió la emancipación de las mujeres y la clase trabajadora a través de la educación. Su intensa implicación con la defensa de la República la llevó al exilio en Méjico.

Volvió dos veces a España después del exilio: una, en 1955, para arreglar su testamento y legar todos sus bienes al Instituto de Enseñanza Media Jorge Manrique de Palencia, donde estudió y fue acogida como primera alumna. Su testamento preveía que estos fondos sirvieran para becar a quien lo necesitase y, si fuera el caso, continuar los estudios en la Facultad de Medicina de Valladolid.

La segunda vez fue en 2010, un 25 de noviembre, cuando a instancias de su mismo instituto se pudieron repatriar los restos de Trinidad y Manuel para ser enterrados en el panteón familiar.

Trinidad Arroyo defendió la emancipación de las mujeres y la clase trabajadora a través de la educación. El feminismo, la cultura, la laicidad y la emancipación social, recogidos en su apoyo incontestable a la República, fueron, junto a la ciencia, sus pasiones.

Recuperar su memoria es, también, una forma de luchar por aquello que defendió.