Ya llevamos unos años contemplando el espectáculo de gentuza que se hizo rica en pandemia, a través de venta a la Administración de mascarillas y otros suministros médicos. Aristócratas inmundos, hermano de Ayuso, gente del PSOE (Koldo y lo que venga), y ahora el novio de la líder.
¿Qué pasó? ¿Está el Estado tan corrompido? Pues si repasamos los decretos sobre la protección contra el COVID, parece que hay matices importantes.
Desde el “Real Decreto-ley 8/2020, de 17 de marzo, de medidas urgentes extraordinarias para hacer frente al impacto económico y social del COVID-19”, se plantea la emergencia y la necesidad de adquirir urgentemente material médico en España y en el extranjero. Y que es esa urgencia la que dejaba sin efecto los controles administrativos obligatorios en cualquier contrato o adjudicación.
Un Estado de Emergencia que se aprobaba en el Congreso de los Diputados. Y unas prórrogas a las que sólo Bildu se fue absteniendo. Y los votos en contra de Vox, a partir de la 2ª prórroga, no venían marcados por la oposición a estas medidas de emergencia, sino a su particular “negacionismo” y con la intención de pescar en la situación de un país en el que estábamos encerrados en casa.
Desde fuera del Congreso, éramos muchas las que se nos ponían los pelos como escarpias cuando pensábamos en qué podía ser aquello de la adjudicación de un dinero público sin el control que impone la administración en situaciones normales. Lo cierto es que todos estos casos que nos escandalizan pueden resultar absueltos de irregularidades en la adjudicación, dejándonos cara de tontos y tontas.
Hoy, la Junta de Andalucía intenta justificar la adjudicación a dedo de contratos con la sanidad privada hasta 2.025 (120 millones de euros), recurriendo a los contratos COVID para hacerlo por la cara (1).
Pero debe ser el Congreso de Diputados, que apoyó unánimemente la declaración del Estado de Emergencia y la comprensión de la urgencia en conseguir el material médico. Es el conjunto del Congreso quien debe mirar de forma autocrítica qué significa en este país la relajación de los controles. No sé si el Derecho Administrativo prevé alguna forma de control más estricto en caso de emergencia. Pero debería ser un tema político para legislar.
Nos arriesgamos a vivir una retahíla de casos de trinconeo, siempre referente a los casos de mascarillas u otro material médico. Porque es seguro que hay más.
El problema es que cualquier medida sin un estricto control de la adjudicación y el gasto, se hace en un país donde sobran los tiburones acostumbrados a vivir de las tetas del Estado.
Es una cuestión moral y una falta de desarrollo democrático. El sentido moderno y republicano del Estado, proyecta en él una obligación de ser la plasmación de la moral ciudadana, un ejemplo en su actuación, que marca la vida del común.
No es un hecho cualquiera que España sea un Estado en el que su jefatura la tiene en propiedad los Borbones. Si los Borbones nos borbonean desde hace siglos, ¿qué mandato moral puede surgir de este Estado?
Alrededor del poder, existe una burguesía rentista, cuyo principal beneficio procede de exprimir al Estado. Que para eso, sí que lo quieren. Y algunos políticos (malditos conseguidores) que han llegado a esto para llenarse los bolsillos. Gente sin vergüenza que, si pagan judicialmente, ya lo tienen compensado con el dinero que no aparece. Y una parte del pueblo que termina diciendo: “si yo pudiera, me lo quedaría también.”
Esta es la cuestión de fondo, la necesidad de profundizar en los controles democráticos, hacer transparentes las paredes de la Administración, que es el tipo de Estado que necesita la clase trabajadora. Ahora, en demasiadas ocasiones, es un Estado que se deja meter mano por los rentistas, lo cual es más grave en los casos de privatizaciones o colaboración público-privada.
Sin embargo, estos días venimos asistiendo a un espectáculo en que el PP grita contra Koldo, y el PSOE contra Ayuso. Ambos se lo merecen. Pero es un espectáculo largo en el que el pueblo, mero espectador, asiste a un guirigay que no hay quien entienda.
Esta mañana, un grupo de señoras que venían de ver la Basílica de la Macarena, iban comentando que “fíjate, se le ha quitado la sonrisa que tenía siempre. Pobre.” Y ya está. Cada espectador en su burbuja justificando a los propios y atacando al contrario.
Vengo defendiendo que la principal victoria de la batalla cultural de la derecha es la de fijar en la sociedad los temas importantes, marcando el tono y el tema. Y que la principal batalla se da en torno a la democracia. Saben cómo desprestigiar a la democracia, cómo agotar el debate sin sentido, cómo alejar al pueblo-espectador de la política.
La democracia, y el mismo Estado están en el objetivo de la derecha. O con motosierra o con corrupción. En España vemos que el Estado sigue sirviendo a esta capa parásita y a los grandes intereses empresariales que quieren quedarse con el negocio.
Para la clase trabajadora, el Estado es la mejor forma de redistribución de la riqueza y la única forma de aspirar a dirigir la economía con criterios racionales y sostenibles, no como el caos y la depredación del mercado. Por ello, la derecha está interesada en la descomposición de la estructura estatal, no vaya a ser que el pueblo se haga con ésta.
Para la inquieta izquierda española, la defensa de la democracia y del Estado debería ser un mínimo común. Esta defensa no puede hacerse desde una postura partidista, del “y tú más”, y la casa sin barrer. Somos la izquierda la que deberíamos estar interesada en la reforma del Estado, en ponerlo al servicio de la mayoría social. ¿Qué pasaría si reconociéramos que los decretos de emergencia, la situación sanitaria y la urgencia llevó a este tipo de adjudicaciones? ¿No es más adecuada la denuncia de esta situación y la exigencia de reformas? La costra de parásitos que rondan las adjudicaciones de cualquier administración debe ser denunciada y desenmascarada.
Ayuso puede hacer lo que quiera sin que disminuya su apoyo porque está el caso Koldo, y lo que seguramente saldrá. Pero ese es el terreno de batalla de la derecha. Su votante admite de forma natural una corrupción que procede nuestra propia historia (fundamentalmente de la Restauración borbónica, pero practicada sin pudor durante la dictadura de Primo de Rivera y sobre todo durante el franquismo). Salgamos de este bucle, determinemos en esta ocasión cuáles son las prioridades políticas. Esto es parte de la lucha ideológica, no dejemos la iniciativa a la batalla cultural derechista.







