Antes de que los capitanes se alzasen en abril y de que las bocas de los fusiles reventasen de claveles, muchos portugueses, hombres y mujeres, habían tenido que abandonar su país y emprender la ruta de una emigración forzada. De esta historia hecha carne nos habla Los portugueses, excepcional libro de historietas creado por el guionista Olivier Afonso y por el dibujante Aurélien Ottenwaelter, alias Chico, con la colaboración de la colorista Émilie Rouge.
La acción de Los portugueses da comienzo en agosto de 1973, cuando dos jóvenes, Mario y Nel, de caracteres completamente diferentes pero marcados por una misma necesidad, se encuentran en el paso clandestino de la frontera franco-española. A partir de aquí se inicia una azarosa peripecia que los acabará situando en los arrabales de París, destino soñado que en primera instancia apenas llegarán a pisar.
El libro abre una primera ventana de explicación del contexto social de la emigración portuguesa, en la que se nos indica que «entre 1957 y 1974, 700.000 portugueses emigran a Francia, más de la mitad clandestinamente, para huir de la miseria y el régimen autoritario de Antonio Salazar, que asumió plenos poderes en 1933». Hasta aquí, un panorama muy similar al de la emigración española de los años sesenta, tan bien reflejada en el cómic por una obra como Nieve en los bolsillos, de Kim. Pero existía una diferencia fundamental que atenazaba a los varones portugueses: la posibilidad de que fuesen enviados a la guerra en los diferentes conflictos coloniales abiertos en Angola, Mozambique, Guinea-Bissau o Timor. Más de 14.000 portugueses murieron en la batalla y alrededor de 20.000 volvieron a sus casas mutilados o padeciendo alguna otra discapacidad.
De esta manera, cuando Mario y Nel llegan a París no están solos, se encuentran formando parte de un inmenso ejército de reserva de mano de obra, empleada principalmente en la construcción. El cómic nos informa de que «en 1973, 40.000 portugueses viven desde hace años en las cientos de chabolas repartidas por toda Francia que también “acogen” a inmigrantes magrebíes, italianos y españoles». Los protagonistas de la historieta se ven, pues, forzados a malvivir en un bidonville erigido en las inmediaciones de su tajo y sometidos a duras condiciones materiales de vida y todavía peores padecimientos psicológicos.
Dos hombres jóvenes sienten una lógica pulsión sexual que, dado el hacinamiento y la falta de intimidad del poblado chabolista, subliman simbólicamente acudiendo al consuelo de un calendario erótico, Paris Coquin. Hay tres páginas viñeta destinadas a ilustrar ese oscuro objeto de deseo.
Sin embargo, en medio de un ambiente tan enrarecido, se abren algunas puertas a la esperanza, principalmente a través de la introducción de un personaje femenino, Eva, que representa el papel de una mujer firme y decidida, dispuesta a seguir adelante por encima de todas las dificultades.
El tercer momento explicativo del libro nos entrega la narración de los hechos del 25 de abril y la reacción esperanzada con que la población emigrante en Francia los recibe. Algunos portugueses regresarán entonces a su país, al tiempo que otros muchos, entre los que se encuentran Mario, Nel y Eva, optarán por permanecer en la tierra de acogida, ingrata a veces, pero cuajada de promesas de futuro.
Los portugueses es un ajuste de cuentas del guionista Olivier Afonso con la historia de su padre, el Mario de la narración, un verdadero ejercicio de posmemoria que permite entender los padecimientos de una generación anterior. Unos extranjeros repudiados porque «huelen a sardinas» y cuyo destino es ser albañiles «porque lo llevan en la sangre».
Al servicio de este potente relato, los pinceles de Chico dibujan unos personajes reconocibles y llenos de matices, cuyo estilo recuerda al empleado por el español Sagar Forniés en sus obras publicadas directamente en Francia, como Miles et Juliette o Brel: une vie à mil temps. Destacan poderosamente también las páginas viñeta con que Chico nos obsequia para ilustrar los paisajes de la huida a través de Francia, el aspecto de la obra de construcción en la que trabajan los protagonistas o un Moulin Rouge concebido como el paraíso del placer.
Mención muy especial merece la doble página final del libro, en la que podemos escuchar las voces en off de Mario y Eva, desde la habitación del hospital en que acaba de nacer su hijo Olivier, cuando se interrogan acerca de qué le quedará de Portugal al niño, dado que ni siquiera tienen fotos de su país de origen. Cierra la obra esta sentencia de la madre: «Yo tampoco tengo fotos… Pero historias… Muchas. Espero que le gusten las historias…».







