De la caricatura a la etopeya

Vázquez de Sola ha creado una forma de figuración que aúna a la persona y al personaje en una sola imagen, desarrollando al mismo tiempo un depurado estilo y una iconografía original
Etopeya de Juan Domingo de Mena. Andrés Vázquez de Sola (2004). Óleo sobre tela, 114 x 146 cm
Etopeya de Juan Domingo de Mena. Andrés
Vázquez de Sola (2004). Óleo sobre tela, 114 x 146 cm

Cuando se conoce bien a un creador y llega la hora de trasmitir lo que sobre él se ha ido aprendiendo con los años, las ideas se arremolinan, se atropellan —las unas interceptando el paso a las otras— y eso me está ocurriendo desde que me propuse escribir esta modesta reflexión. Por eso pido disculpas por anticipado si, al final, no logro una exposición de motivos suficientemente organizada, articulada y comprensible, aunque albergo la esperanza de que, al menos a grandes rasgos, terminada la lectura, pueda vislumbrarse lo que ha sido un viaje que aspiro a definir como “tránsito artístico” en la vida de Vázquez de Sola.

El título puede ayudarme a conseguir el propósito de contar cuál ha sido la evolución de este peculiar “escritor de cuadros”, que comenzara su carrera periodística escribiendo una nota necrológica por el fallecimiento de un tío muy querido, ante la cual su padre, el poeta Vázquez de Sola, exclamara al leerla recién salida de su mano: (…) hijo mío, está maravillosamente mal escrito (…). O también podría contar cómo, despertando al arte con muy pocos años, viese trabajar a un escultor vecino suyo, Luis Ortega Bru, el inefable imaginero sanroqueño, creador de afamadas obras de carácter religioso, pero que guardaba en su interior inquietudes que expresaría, por ejemplo, con aproximaciones al Cubismo, al Abstracto, al Informalismo y a otras manifestaciones de las vanguardias europeas para comenzar a explorar primero con la escultura —logrando un precoz premio con su obra Los Viejos, desafortunadamente perdida— siguiendo con el teatro y después con el dibujo, estación que ha recorrido de arriba abajo durante más de ochenta años.

Y es en el dibujo donde Vázquez de Sola halló el hilo que le permitiría tirar de la madeja: al inicio fue un “juego” hacer caricaturas de las personas del pueblo, para “decorar” el estudio de modelado en barro, instalado en la casa familiar. Luego, se fue abriendo camino hacia distintas temáticas, hasta llegar a la tauromaquia, pero sin demasiada confianza —inseguridad en sí mismo que mantiene incluso hoy, aunque parezca imposible de creer— hasta que otro tío, Juan Domingo de Mena, quien fuera escenógrafo del teatro de la gran María Guerrero, viendo un toro dibujado por él —y dudando que fuese suyo— le preguntó de quién lo había copiado; Andrés, entre asustado y confuso le respondió que era suyo y de nadie más. Ante eso, tío Juan, “el de América” —que así le llamaban los niños de la familia— sentenció: (…) si es verdad que es tuyo, entonces eres un gran dibujante (…), y a partir de entonces le llamaría cariñosamente “Lasita”, en alusión al excepcional dibujante filipino Luis Lasa, aunque Andrés, entonces, no lo sabía. Tenía muy corta edad, pero una gran fuerza interior y casi puedo decir que visualizo la escena, y también que puedo asir el momento justo en el que apareció la decisión que adoptó en ese momento, intuitiva y no del todo consciente, de continuar andando por la azarosa vereda del humorismo gráfico.

La caricatura le llevó al retrato realista. Viviendo en Granada y de la mano del maestro Gabriel Morcillo, con quien tomara sus primeras clases de Artes Plásticas, demostró una gran facilidad para detectar el rasgo físico que materializaba el parecido entre la obra y el modelo; a menudo, cuando un compañero no lograba el “toque”, Morcillo le decía: (…) Andresito, haz que se parezca (…) y él, con una pincelada aquí y otra allá, obraba el milagro. Sin embargo, quería profundizar, ahondar en el alma, en el pensamiento, llegar al ser intangible y por eso seguía buscando, huyendo de las fronteras de la realidad palpable. Por eso su brújula fue cada vez más la caricatura, no en su modo tradicional, deformadora de fisionomías, sino otra muy personal, inventada por él mismo. Morcillo consideraba que aquel empecinamiento era un desperdicio de talento, intentaba hacerlo desistir comentando con el resto de sus alumnos, de forma que él lo oyera: “la caricatura es un arte menor…”. Todo cambió con su primera exposición, a la que asistió el maestro con su cohorte de alumnos y, una vez la hubo recorrido, les reunió en la propia sala para dictaminar: (…) siempre os he dicho que la caricatura es un arte menor, menos cuando la hace Andrés (…). Otro escalón salvado.

No era fácil que la caricatura fuese aceptada como lo eran sus dibujos satíricos y sus retratos realistas. Pasaron muchos años y ya, trabajando en Francia, siendo uno de los dibujantes más afamados, habiendo ganado premios y obtenido el reconocimiento del gran público, ocurrió algo triste para él, la muerte de George Brassens, a quien admiraba y al que, por esa razón, le había hecho una caricatura, un homenaje —que fue siempre su manera de entenderla— pero para la ocasión, en su periódico le pidieron un retrato. Él lo hizo y a todos les encantó, se deshicieron en alabanzas y, cuando el redactor lo tuvo entre sus manos, se lo arrebató, lo rompió en pedazos y le dijo: (…) eso es una m…, publica esto (…), entregándole la caricatura de Brassens, que había llevado también consigo. No había tiempo para cambiar la plana, así que se fue a la imprenta y salió publicada. Fue un acto arriesgado pero que le salió bien. La aceptación que tuvo le permitió, en este giro, seguir rindiendo homenajes —a personas merecedoras de ello— en la prensa francesa, en sus libros, en sus exposiciones y ya nadie nunca más dudó de la noble naturaleza de esta personal forma de caricaturizar homenajeando, amando, analizando, enseñando.

Desde entonces, el espíritu, la intención, se han mantenido inalterables; parafraseando al psiquiatra Carlos Castilla del Pino —su paisano, aunque para muchos era cordobés— Vázquez de Sola ha creado una forma de figuración que aúna a la persona y al personaje en una sola imagen. A lo que añado: ha ido desarrollando, al mismo tiempo, un depurado estilo, una iconografía original, surgida a partes iguales de su intelecto y de su sentimiento más profundo, indagando hasta dónde puede llegar demasiado lejos —son sus palabras— a fuer de ser todo lo honesto que pueda ser, aunque vaya a veces contra sí mismo. Y he aquí otro rasgo que no le abandonará jamás, tanto en su vida profesional como en la cotidiana: la honestidad, que practica siempre, desde dentro y de forma indefectible.

El espíritu se ha mantenido imperturbable pero la forma ha ido cambiando, abandonando cada vez más la línea que define al dibujante, avanzando hacia la mancha que caracteriza al pintor y es en esa deriva, resultado de experimentar nuevas formas de ser libre de cualquier atadura —intelectual, ideológica, formal, cultural— a cualquier precio, que la caricatura de Vázquez de Sola se convirtió en etopeya. Hacía tiempo que sosteníamos una polémica cuasi doméstica —es el caso— sobre cómo llamar a sus obras, empecinado y reivindicador, sostenía que no había un nombre mejor que caricatura y que, a diferencia de otros, que denostaban de esta forma de humor satírico, él se había empeñado en demostrar cómo lejos de ser un “arte menor”, es una forma mucho más libre y sincera de mostrar quién es quién, no solo por lo que se dice sino por lo que se hace, que de “menor”, nada. Yo —que tampoco soy muy dúctil— ripostaba que, sin ser “menor”, para la mayor parte del público, cuando se habla de caricatura, ya hay un corsé imaginario, un concepto que resulta desbordado cuando se analizan sus cuadros… Y así nos enfrascamos muchas veces en una noria que no hacía sino dar vueltas sobre su eje hasta que, llegado 2017, centenario de la Revolución de Octubre, surgió la idea de un libro —1917-2017. Desde que noviembre se llama octubre— realizado al alimón entre Vázquez de Sola y Felipe Alcaraz. ¡Albricias!

Culto, perspicaz, asertivo, hábil comunicador, muchas veces finamente mordaz —(…) padre, eso es pecado (…)— es sin dudas Felipe y, con aquella facilidad que el talento y el mucho estudio le han dado, le dijo: (…) Andrés, lo que tú haces son etopeyas (…). Fue un momento mágico, al fin habíamos encontrado —más bien, nos lo había dado Felipe— el término justo que solucionaba para siempre nuestras discrepancias: Etopeya.

En estos momentos, el impenitente artista que será siempre Vázquez de Sola, se encuentra en plena efervescencia creativa, trabajando a destajo sobre muchas etopeyas que no le satisfacen aún —el eterno dilema— cuyo destino próximo es el Centro de Arte Contemporáneo de San Roque, su pueblo, inaugurado con una colección suya integrada por quinientos cuadros, que permanecerán allí por espacio de veinticinco años. Su función será la que su autor siempre quiso para ellas: que fuesen vehículo de conocimiento, amor, disfrute; que constituyan un medio para acceder a la plenitud del ser humano, poniendo en práctica la máxima que a él le ha servido para mantenerse experimentadamente joven: ¡A la Libertad por la Cultura! ¡A la Cultura por el Humor!



AMIGO
Tengo un amigo que nació en España
en tiempos del gran piojo carnicero,
y, armado con un simple lapicero,
lanzose a denunciar su loca saña.

Andaluz, liberal, dicharachero,
capaz de dar por otro hasta la entraña,
en los labios sonrisa que no engaña,
en la mano su patria: el mundo entero.

Derrocha humor, saber, melancolía
en Triunfo, Le Canard o El Cocodrilo,
muleta en Ruedo Ibérico enarbola.

De la caricatura hace poesía,
ese amigo genial de alegre estilo
a quien llaman Andrés Vázquez de Sola.

Póllux Hernúñez
Bruselas, 7/9/2001

(*) Historiadora del Arte

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.