Y sobre todo a ese presente continuo, sajón, que solo sabe vivir en el azogue: ir yendo, ir viniendo, ir estando, pero no estar, no permanecer a la espera, no adoptar esa ternura del tiempo llamada lentitud. El presente sajón nos convoca al paisaje neoliberal más agudo, a ese que ha inventado el capitalismo tardío, a través de la ideología posmoderna; esa capitalismo que tiene terror a que se vea su sinsentido y que entonces se descompone algo menos en la medida en que logra descomponer algo más a las gentes en su vida diaria y a los proyecto que podrían organizarlos para una respuesta de cambio real.
Y en este panorama rabioso, saturado de noticias, se impone el imperio del miedo a través de las estrategias de las grandes corporaciones de la novedad y la economía de la presencia gritada, donde una mentira bien dicha, sobre todo si se expande en horas de máxima audiencia, equivale a la verdad, incluso consigue muchas veces ser irrefutable y, por tanto, acuñar su “mensaje” en el inconsciente de las ciudadanas/os.
“Levántate-y-anda” de IU habla de organización, de programa participativo, frente amplio, voz propia, reencuentro de la gente, fin de los hiperliderazgos personales y de periferia anticentralista y de unidad frente a los avances del fascismo renovado…
A esta luz está claro que no cabe la respuesta organizativa: no tiene espacio ni justificación filosófica. Y las organizaciones van decayendo, tornándose aéreas, convirtiéndose en un fluido digital, donde no hay ya militantes en presencia y nadie, a través de las pantallas y los pantallazos, sabe muy bien de lo que discute y mucho menos qué es lo que se aprueba, y nunca sabrá nada de lo que se ejecuta o por qué, excepto ese mensajito (“totalito” televisivo, o “corte”) que llega desde arriba, a través de las televisiones, como una lluvia que empapa al personal y los va curtiendo en el dogmatismo de la resignación.
Por eso ha sonado tan bien en el proceso “levántate-y-anda” de IU ese discurso donde, desde el poder amable de la razón se ha hablado de organización, de programa participativo, de frente amplio, de tener voz propia, de unidad compartida y equilibrada, de carretera y manta al encuentro de la gente (reencuentro, mejor), de complicidad ideológica y hasta emocional, de fin de la etapa de los hiperliderazgos personales, de periferia anticentralista, de unidad frente a los avances del fascismo renovado…
Nos lo había dejado dicho no hace mucho Fernández Buey: ojo a sustituir, por antiguas, algunas formas y costumbres y maneras de ser de izquierdas, no vayamos a que no estén caducadas y en todo caso las sustituyamos por alternativas peores.
Frente al sálvese quien pueda, la alegría de la solidaridad y la compasión, mirarnos a los ojos y pensar que vale la pena seguir, que nos derrotarán, pero que no podrán con nosotros, porque no queremos parecernos a ellos
Lo que quiere decir, perdonadme la síntesis plebeya, que hay partido. No hablo ya en abstracto de esperanza, esa vieja herramienta oxidada en los versos de Ángel González, sino de recuperar el no-miedo a encontrarse, a pensar con otros, a decirle no a la radicalidad atosigante de un presente que lo intenta convertir todo, sobre todo después de los encierros de la pandemia, en entretenimiento, en gasto superfluo, en “a vivir que son dos días”, en sálvese quien pueda, consiguiendo que arrojemos por la ventana el encanto de las pequeñas cosas y reivindicaciones, la alegría de la solidaridad y la compasión, que son las verdades que logran tirarnos de la cama cada mañana para encontrarnos con los otros, mirarnos en sus ojos, como ellos en los nuestros, y pensar que hay que seguir, que vale la pena seguir, que nos derrotarán, y nos seguirán derrotando, pero que no podrán con nosotros, que no podrán vencernos nunca, porque no nos vamos a rendir, porque no queremos parecernos a ellos, ser como ellos.
Vale la pena pensar que vale la pena luchar. Ganaremos, te lo prometo. Convertiremos el presente en futuro.








