Pese a que ya era de sobra conocido que la enorme fortuna de Musk procedía de un origen más que turbio —nada menos que la propiedad y explotación de minas de esmeralda en Zambia, entre otras tantas— y que además no le temblaba el pulso en aplicar prácticas antisindicales casi matonistas en su compañía de coches eléctricos Tesla, el magnate había sido capaz de cosechar la simpatía de un amplio sector de la desclasada progresía occidental, deslumbrada por su desparpajo rebelde (fumaba marihuana en las entrevistas), una planificada campaña de greenwashing (coches eléctricos), incursiones en el territorio pop (su relación sentimental con la artista Grimes) y una tecnofilia acrítica que aplaudía cada ingenio exitoso enviado al espacio por su compañía Space X. En definitiva, el relato del geniecillo inconformista anti-stablishment hecho a sí mismo había calado, y con él unas buenas dosis de neoliberalismo de rostro juvenil y ‘cool’.
Con esta percepción favorable, X, antiguamente conocida como Twitter, fue adquirida por el magnate Elon Musk en abril de 2022, seguramente causando menos preocupación de la que debería. Desde entonces, las polémicas no han dejado de sucederse. Si bien las primeras semanas estuvieron centradas en lo relativo a su reestructuración, que propició el despido de casi el 70% de la plantilla y una incógnita sobre su correcto funcionamiento, los usuarios de la red pronto comenzamos a observar comportamientos y estrategias de un claro sesgo ideológico.
La batalla cultural
Debemos reconocer que el oligarca no se escondió en este sentido: en la resaca del sonado asalto al Capitolio de 2021 por parte de ultraderechistas en la órbita de Trump y otros grupos de supremacía blanca, Musk ya se había posicionado en contra del cierre de cuentas propagandistas difusoras de bulos y odio bajo el estandarte de la «libertad de expresión». Una vez tomó el control, devolvió todos esos altavoces a sus dueños originales, empezando por el propio Donald Trump, y garantizó su impunidad a la hora de tratar de establecer una hegemonía ultraconservadora de nuevo cuño en la más pura acepción gramsciana. Recordemos que Twitter tiene la capacidad de alcanzar nada menos que a 300 millones de cuentas.
A su vez, señaló a lo «woke» o al «marxismo cultural», esos enemigos ficticios gestados en los laboratorios ultras estadounidenses, como el verdadero enemigo de la libertad. Es decir, el hecho de que colectivos LGTBI, personas racialidazas, ecologistas o nociones y prácticas feministas ganasen fuerza y visibilidad molestaban a un sector tradicionalmente beneficiado por la jerarquía apuntalada por el capital. Esta nueva cruzada reaccionaria tiene algo de personal —su propia hija, de la que ha abjurado públicamente, es trans y de izquierdas— y mucho de distracción: se fabrica un antagonista con el objetivo de que las clases trabajadoras desvíen la atención del verdadero problema de base (y de clase). En fin, una estrategia con la que ya estamos demasiados familiarizados en las filas comunistas. En este caso, paradójicamente, el citado problema a encubrir es el mismísimo Musk y todo lo que representa.
No debemos tampoco pecar de ingenuidad y considerar al antiguo Twitter como un lugar sano de comunicación y debate neutros. A pesar de que Twitter proporcionó valiosas herramientas de comunicación y organización durante los días de sentido común progresista (15M, Occuppy Wall Street…), ya antes de la irrupción de Musk existían estudios, admitidos por la propia compañía, que advertían de que el algoritmo de la plataforma beneficia a la derecha. X no ha hecho más que potenciar y exacerbar esa condición preexistente favorable a los intereses del magnate y el establishment que lo respalda. Pongamos tres ejemplos de la agudización de esas condiciones: se han introducido restricciones a términos «woke» como «cis» (utilizado para definir a personas conformes con su género y sexualidad dadas al ser concebidas); los controles de moderación han descendido bajo mínimos, hasta el punto de que amenazas directas a usuarios habitualmente de izquierda quedan impunes; y el nuevo sistema de cuentas de pago, que favorece y prácticamente garantiza difusión e impunidad a los que están dispuestos a dar dinero recurrentemente a este conglomerado, la nada desdeñable cifra de 8 euros al mes. Un estudio de la NBC logro probar que decenas de cuentas neonazis tuvieron un alcance mucho mayor gracias a estos planes.
Agitación geopolítica
Esta nueva realidad es ya lo suficientemente preocupante, pero las recientes incursiones de X y Musk en la arena geopolítica agravan aún más las tensiones a escala internacional, poniendo en riesgo la seguridad y la convivencia de las naciones y sus ciudadanos.
Elon Musk ya tenía experiencia en este sentido. La participación confesa en la desestabilización de Bolivia es patente en el video anterior, pero en esta nueva era X sus acciones y posiciones están quedando mucho más en evidencia. La guerra en Ucrania le llevó a tomar partido con el envío de material de apoyo bélico en forma de satélites StarLink, pero sus titubeos y pasos en falso desconcertaron y debieron cabrear a algunos poderes. Lección aprendida.
Lo que siguió fue un apoyo explícito y sin medias tintas en prácticamente todo conflicto internacional a la reacción, el imperialismo y la opresión de los pueblos. Los ejemplos, que violan sistemáticamente sus supuestos altos estándares en pro de la «libertad de expresión», dependiendo del territorio y la causa, son ya demasiados como para extendernos con detalle, por lo que procederé a la enumeración cronológica de algunos de los más sonados:
- Marzo de 2023: a petición del gobierno indio de Modi, X censura numerosas cuentas opositores y enlaces a un documental crítico con su gestión. Poco después, la India rebajaba aranceles para los automóviles de marca Tesla.
- Noviembre de 2023 (hasta hoy): cesión total a los intereses sionistas. Censura expresiones como «desde el río hasta el mar» y elimina cuentas pro-palestinas. Israel también adquiere satélites StarLink como refuerzo al genocidio continuado.
- Diciembre de 2023: Milei deroga la Ley de tierras, que ponía límites a la propiedad de terrenos y recursos por el capital extranjero. Era una clara concesión a la explotación salvaje del litio por parte de los conglomerados liderados por Musk. El oligarca le devuelve el favor elogiando el devastador régimen anarcoliberal del argentino.
- Julio de 2024: como no podía ser de otra forma, en lo relativo a las recientes elecciones en Venezuela Musk apoyó decididamente a la oposición venezolana, desconociendo después los resultados, eliminando la insignia gris (identificativa de los mandatarios) a Maduro e incluso encarándose directamente con el presidente de la República en la propia plataforma.
- Agosto de 2024: Musk toma partido por los causantes de los disturbios de claro tinte racial y filofascista en el Reino Unido, difundiendo bulos, incitando a la violencia e incluso enfrentándose al propio primer ministro de la nación.
- Septiembre de 2024: se niega a acatar las resoluciones del Tribunal Supremo de Brasil y propicia el cierre de sus servicios en ese país. Actualmente está llevando una guerra personal (con el apoyo de USA) contra Lula y el juez que dictó sentencia.
En lo referente a su propio país, Estados Unidos, el inequívoco y continuado apoyo a la campaña de Donald Trump y consecuente demonización de Kamala Harris, le ha granjeado ya una promesa de participación directa en asuntos de Estado en forma de cargo institucional. De llegar a ocurrir esto, entraríamos en una nueva preocupante fase de simbiosis del capitalismo oligopólico y el ente público en la que el milmillonario ya no sólo poseería plataformas comunicativas de largo alcance y de tecnología punta capaz de sembrar la exosfera terrestre de satélites; ahora accedería directamente a los resortes de poder del gobierno de la nación más poderosa en términos militares.







