Habla mal…

Se habla de M.E.N.A.S. como si fueran casi una banda juvenil de las series norteamericanas, en lugar de “menores no acompañados”, esto es, niños y niñas expulsados de sus hogares por el hambre o la guerra y que están solos

“Habla mal, que algo queda”, dice nuestro refranero, conocedor inigualable de la estupidez humana. Y añade también, para rematar el asunto, aquello de, “Cuando el río suena, agua lleva”.

De eso saben mucho todos los charlatanes y pseudoperiodistas que inundan tertulias televisivas o radiofónicas con el único propósito de amenizar encuentros de taberna y barra de bar, alimentar bajezas y profundizar en la desinformación y el chalaneo.

Lo de las redes sociales, eso ya es punto y aparte. La adicción que crea la inmediatez, la necesidad de sentirse parte de la manada, hace que las mentiras se conviertan en verdad con la misma facilidad con la que se chasquean los dedos. No importa que, al poco se desvele su falsedad. La siguiente noticia, el comentario envenenado, la destrucción sistemática de una persona o grupo en concreto, serán aceptados como ciertos sin certificar su veracidad. No hay tiempo para ello.

La mentira continuada, además de buscar la aniquilación de la víctima del bulo, consigue que al final la gente no crea en nada

El objetivo es claro. La mentira continuada no sólo busca la aniquilación de la víctima del bulo, sino que, gracias a la abundancia de éstos, al final, la gente acaba por no creer en nada. Algo así como sucede con el mantra, tantas veces repetido, acerca de que todos los políticos son iguales, lo que viene a querer decir que de nada vale interesarse por la política, esto es, que hay que darse por vencido.

La información o, mejor dicho, la desinformación, son armas tan mortíferas como las pistolas. Si se controlan unas, ¿por qué no hacerlo con las otras?

Pero con todo, lo peor, más dañino aún que la profusión de libelos y falsedades, es la perversión del lenguaje que se está llevando a cabo con una precisión digna de relojero suizo. Contra la mentira, contra los ataques destructivos, al fin y al cabo, existen leyes que tendrán que ponerse al día más temprano que tarde. Hay códigos penales que tendrán que modernizarse y aumentar las penas, no sólo para quien cree o difunda noticias falsas sino también para quienes, desde las plataformas digitales y grandes compañías de comunicación, las permitan. Y habrá que hacerlo. Igual que una ley de control de medios, a pesar que desde las profundidades de la caverna reaccionaria surjan las voces de sus bufones clamando contra el comunismo represor. La información o, mejor dicho, la desinformación, son armas tan mortíferas como las pistolas. Si se controlan unas, ¿por qué no hacerlo con las otras?

Pero insisto, lo peor, y eso sí que es difícil de controlar, está en el uso inadecuado y a veces espurio de las palabras.

Cuando se habla de M.E.N.A.S. se hace dentro de un contexto de conflicto. Se les considera como si fueran un grupo social, casi una banda juvenil de esas que tanto aparecen en las series norteamericanas, casi siempre de origen latino o afroamericano, o sea, diferentes de los rubios anglosajones: en una palabra, pobres.

Y se hace así porque se les miraría de otra manera si, en vez del acrónimo, se usara el término correcto de “menores no acompañados”, esto es, niños y niñas, que han sido expulsados de sus hogares por el hambre o la guerra y están solos en medio de nuestra sociedad opulenta. Niños y niñas que ahora habitan en un mundo en el que se hacen cinco comidas al día y no la única a la que, con suerte, estaban acostumbrados a realizar.

Y lo mismo sucede cuando se habla de “su reparto” entre Comunidades Autónomas, como si fueran mercancías defectuosas que podemos devolver al fabricante.

Acogerles, brindarles una vida y un futuro digno, no es sino la obligación que, como seres humanos sociales, tenemos para con nuestra especie.