“No dudemos jamás de la capacidad de tan sólo un grupo de ciudadanos insistentes y comprometidos para cambiar el mundo”
Margaret Mead
Si nombramos a Margaret Mead es inevitable recordar una de sus más conocidas anécdotas: preguntada una vez por cuál creía que era el primer signo de civilización, esta antropóloga norteamericana contestó que fue un fémur fracturado y luego sanado. ¿Y por qué?¿Por qué este fémur fracturado y luego sanado y no el arte o los enterramientos? Porque en la naturaleza, si te rompes una pierna y no puedes huir del peligro, o ir al río a beber o buscar comida, sin remedio estás condenado a morir. Así, si un hueso se ha roto y se ha sanado, quiere decir que alguien te ha ayudado a curarte, te ha ayudado a alimentarte y ha alejado los peligros de ti.
Para la Sra. Mead este hecho, la ayuda y el cuidado, es el hecho fundacional de la civilización. No me digan que no empiezan a tener muchísimas ganas de saber más de esta mujer fascinante que nos ayudó a cambiar el paradigma de lo que conocemos como civilización.
Fue un mujer fascinante en muchos sentidos y, aunque aquí apenas podré exponer unas pinceladas de su vida, les invito encarecidamente a que busquen sobre ella, lean sus libros y escuchen sus entrevistas. Resulta, sin duda, curiosa su explicación de la prepotencia de algunos países (en concreto cuando habla del suyo propio, dado su rancio abolengo, como veremos): EE.UU. se forma por personas que venían de muchas culturas y países diferentes a un país que, les decían, era el mejor país del mundo. Y “cuando llegaron aquí, estaban demasiado ocupados explicando a sus primos que dejaron atrás cuán mejor les fue. Y así, gradualmente, construimos la imagen del mejor de todos los mundo posibles”, decía en una entrevista realizada en 1959.
Margaret Mead nació en Filadelfia en 1901, en una familia culta y progresista de Old Americans de 10 generaciones, procedentes de Inglaterra. Su propia madre era activista social, abolicionista y sufragista. Se graduó en el Barnard College en 1923, donde estudió con los reconocidos antropólogos Franz Boas y Ruth Benedict. Antes de obtener su doctorado de la Universidad de Columbia en 1929, Margaret ya había entrado a trabajar como conservadora en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, a instancias de Boas, y había viajado a la Polinesia a hacer su primer trabajo de campo, completamente sola y sin hablar otras lenguas, además de publicar su primer libro: Adolescencia, sexo y cultura en Samoa.
Viajó, estudió y escribió sobre 7 culturas distintas del Pacífico Sur y puso patas arriba lo que se proponía como paradigma en cuanto al sexo
Margaret viajó, estudió y escribió sobre 7 culturas distintas del Pacífico Sur, como las Arapesh, Mundugumor y Tchambuli, y entre 1920 y 1930 puso patas arriba lo que se proponía como paradigma en cuanto al sexo. Mead no compartía la visión biologicista que, en aquellos tiempos, servía para justificar el racismo y, muy especialmente, la división sexual del trabajo sustentada en que había una diferencia innata entre hombres y mujeres que explicaba el tratamiento diferenciado que recibían unos y otras.
Margaret revolucionó, con su estudio Sex and Temperament in Three Primitive Societies, la relación sexo-género y planteaba que los contextos socioculturales eran los responsables de los distintos roles y conductas sexuales de hombres y mujeres en las distintas culturas. Estamos en 1935 cuando Mead escribió que “Los rasgos de la personalidad, que llamamos masculinos o femeninos, se hallan tan débilmente unidos al sexo como lo está la vestimenta, las maneras y la forma de peinado que se asigna a cada sexo según la sociedad y la época”. Ojo que no sería hasta 1949 cuando Simone de Beauvoir nos dijo que no se nace mujer sino que se llega a serlo.
Mead introduce el concepto de género como construcción social que empezaría a ser utilizado en psicología y sexología a partir de los años 50, cuestionando así las posturas biologicistas que fundamentaban el racismo y el machismo imperante en su sociedad.
Es considerada la primera antropóloga en estudiar la educación y la crianza, concluyendo que el carácter de un individuo está conformado por la educación y socialización que recibe
Dentro de lo novedoso de sus estudios y enfoques, cabe resaltar que Margaret es considerada la primera antropóloga en estudiar la educación y la crianza, presentando públicamente el planeamiento de que el carácter de un individuo esta conformado por la educación y socialización que recibe y que, por tanto, es fruto de las necesidades específicas de la sociedad en que se desarrolla.
Pero no se quedó aquí: cuestionó el racismo, belicismo y explotación ambiental, entendiendo que se trataba de costumbres adquiridas y que, por tanto, la sociedad era perfectamente capaz de abandonarlas y construir una civilización basada en principios muy diferentes, garantizando la pluralidad y diversidad de comportamientos y de identidad. Y a este fin dedicó parte de su vida y su lucha. Recordamos, aquí, su famosa frase “No dudemos jamás de la capacidad de tan sólo un grupo de ciudadanos insistentes y comprometidos para cambiar el mundo”.
Y si les digo que harían bien en leerla y leer lo que caiga en sus manos sobre ella, porque es increíble no sólo su obra sino también su vida, es por dos pinceladas que les doy: No se reconoció nunca feminista. Y de hecho generó mucha controversia en las feministas de la época: desde las que consideraron que era una precursora del feminismo por sus explicaciones sobre el género y el sexo, hasta las que consideraron que atacaba el mismo feminismo por determinadas posiciones más o menos públicas.
Y nunca se consideró homosexual, a pesar de tener numerosas parejas mujeres entre las que brillan con luz propia Ruth Benedict y Rhoda Métraux.
Margaret Mead murió en Nueva York en 1978, después de una intensa vida de trabajo no exenta de contradicciones, pero dejando un legado maravilloso. No se lo pierdan.








