Alarma: el drama es que el emigrante se coma la mascota, no que muera de hambre

Una organización de investigación médica británica demostró que la gente donaba más dinero a salvar mascotas que a la investigación para luchar contra enfermedades de los niños

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Peluquería de mascotas | Foto: Daveynin / CC BY 2.0
Foto: Daveynin / CC BY 2.0

Artículo de Pascual Serrano publicado en Mundo Obrero, en el que aborda lo que llama «mascotismo».

Fue objeto de chanza la ocurrencia de Donald Trump en su debate con Kamala Harris, de que los emigrantes haitianos se estaban comiendo las mascotas de los estadounidenses. Es evidente que es un bulo, pero yo me voy a parar en un detalle.

El hecho de que un candidato presidencial, por muy descabellado que sea, haya comentado eso es porque considera que a la gente le puede resultar alarmante la posibilidad de que un emigrante hambriento se coma su gato o su perro. Obsérvese que lo que impacta y convulsiona a la potencial audiencia, no es que haya unos seres humanos hambrientos en la ciudad, sino que estos se puedan comer tu gato. Nadie se está preocupando porque sus congéneres no tengan para comer, se inquietan y angustian porque puedan saciar su hambre con tu gato. Y eso sí les parece un tremendo drama.

El mascotismo exacerbado que estamos viviendo, uno de los fenómenos del primer mundo, nos está llevando a esta situación de indiferencia hacia las personas y desvelo hacia los animales domésticos.

Hace ya unos años, una organización benéfica de investigación médica británica demostró, con un anuncio trampa, que las fundaciones de mascotas recogían más ayudas solidarias que fondos recaudaban ellos para luchar contra enfermedades de los niños.

Lo hizo con un experimento audaz e inquietante. Publicaron dos anuncios digitales idénticos durante una semana, uno con una foto de un perro que encontraron en internet y otro con la foto de un niño, concretamente la foto del niño que da nombre a la Fundación y que sufría una distrofia muscular. Ambos con el texto: “¿Darías 5 libras para salvar a Harrison de una muerte lenta y dolorosa?”. Lógicamente, las audiencias de los anuncios deducían que Harrison eran un niño o un perro, según la foto que se adjuntara en el anuncio. El resultado es que los lectores pincharon en el anuncio del perro dos veces más que en el que mostraba al niño.

Estudios señalan que el 40% de los encuestados salvaría la vida de su mascota antes que la de un extraño. Extraños son todos los que te atenderán si mañana te da un infarto en la calle.

Son numerosas las encuestas que han preguntado, en caso de tener que elegir, a quién salvarías la vida antes, a tu mascota o un desconocido. La mayoría arrojan un resultado en torno a un 40% que eligen a su mascota. Según argumentan no le deben nada a ningún extraño ni sienten ninguna debilidad por él y, en cambio, a su mascota la consideran parte de su familia.

A muchos les parece que esto es un signo de amor a los animales, pero no es así, porque la prioridad siempre es por “su” mascota, no por algún otro animal.

A mí me parece preocupante una sociedad que se desvincula tanto de sus congéneres como para preferir salvar la vida de su gato o su perro antes que la de un ser humano. Habría que recordarles que si, por ejemplo, sufrimos un infarto en la calle, probablemente sea un desconocido el que llame a una ambulancia o nos aplique los primeros auxilios, será un extraño el que conduzca esa ambulancia, igual que los sanitarios que nos atiendan y los miles de personas que, con sus impuestos, han permitido que esa asistencia se nos pueda dar. Todos son extraños, ninguno nos conoce ni los conocemos de nada.

Mientras tanto, ante ese infarto, nuestro perro o gato poco hará. Suponiendo que, si nos morimos, el perro, encerrado en casa, no nos coma cuando se le acabe el pienso.

Parece una obviedad, pero nuestra sociedad, nuestra humanidad y nuestro futuro se fundamenta en que sobrevivimos gracias a los extraños, no gracias a nuestras mascotas.

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